Al chile...

Por Fernando de Ita

Por Fernando de Ita

El filósofo Jorge Portilla, autor de La fenomenología del relajo (1986), habría disfrutado a pierna suelta Desvenar, el espectáculo de Richard Viqueira que ocupa un lugar especial en la amplia cartografía escénica del kamikaze del teatro: porque lo suyo es la acción, el riesgo, la expectación, el vuelo, y si bien estos atributos están presentes en la obra que el martes 22 de este mes lunático cumplió las 100 representaciones en la sala Xavier Villaurrutia, lo están de otra manera. A partir del chile, ese fruto singular no sólo de la tierra sino de la cultura mexicana, Viqueira expone sus sentimientos sobre el picante misterio de ser, literalmente, hijos de la venuda.       Digo sentimientos y no consideraciones porque, “el Richard”, esa mole de carne y músculo tiene el corazón de un niño asombrado con el mundo que le tocó vivir y como la suerte quiso que naciera en chilangolandia, su pasmo nos muestra en vivencia escénica lo que Portilla filosofó en los años 50: nuestra tragedia es tan honda que sólo se diluye en el desmadre, la risa, el humor no sólo negro sino turbio. En esa década tan importante para la indagación de “lo mexicano”, Octavio Paz concluyó que la máscara es el verdadero rostro de nuestro mestizaje porque oculta la vergüenza de ser hijos de la tiznada. 70 años más tarde es un orgullo ser hijos de la violada, la traidora, la execrable, la maldita, la chingada. Tanto que el ciudadano presidente le puso ese nombre a su finca de descanso.       En sus inicios, Desvenar provocó entusiasmos inusitados. Álvaro de la Cueva, el gurú de la crítica televisiva declaró que el espectáculo le cambió la vida y refrendó esta sentencia durante la noche de las 101 representaciones en las que se develó la placa conmemorativa. Creo que Braulio Peralta no publicaba una reseña tan elogiosa desde, Lo que calan son los filos, el memorable espectáculo de Mauricio Jiménez en los años 80. Si la memoria me es fiel, el espectáculo se estrenó en La Gruta del Teatro Helénico en 2015, luego de dos años y medio de trabajo de investigación, composición y montaje. Para esa fecha ya había sucedido la matanza de Iguala y se iniciaba el declive de Peña Nieto. Como el espectáculo tiene rasgos de revista musical, supongo que algunas de las burlas que acompañan a dicho formato eran para la copetuda corrupción de su gobierno. Ahora le toca muy por encimita al "Peje".       La fábula es sencilla: Un cholo, un pachuco y una Adelita forman un triángulo amoroso que les permite a los actores explotar el estereotipo pero superándolo, sobre todo en el caso de los varones (Ángel Luna y Richard Viqueira), porque más que un personaje, la Adelita (Valentina Garibay) es un emblema y un símbolo. Por eso sus senos son dos calaveras, porque los mexicanos vivimos mamando muerte. El planteamiento de la trama es pausado y se apoya básicamente en la parodia musical compuesta por los tres intérpretes y ejecutada por Ángel Luna.       La música evita el rollo discursivo y hace síntesis argumental. Lo extraño es que con lo obsesivo que es "el Richard" para que sus actores dominen sus herramientas al máximo, no se haya atrevido a cantar mal. Me explico: Ángel Luna tiene virtudes musicales que no comparten ni Valentina ni Viqueira, de manera que ambos procuran no desentonar y en tal afán se nota más que la cantada no es su fuerte. Si fuera un concierto se entiende, pero en una burleta como Desvenar se podría hacer lo contrario, soltar el chorro de voz y culpar del estropicio a la miserable educación musical que imparten en las escuelas públicas y privadas del país. Para comprobarlo basta escuchar el himno nacional en un estadio.       Sin embargo, cuando este trio suelta su energía, cuando los tres se conectan en el escenario el regocijo es inmenso y el público se rinde a la visión chilanga de los vencidos, a la indagación del chile, dicho sea sin albur porque el mérito mayor del espectáculo es precisamente la disección, la autopsia realizada del fruto que nos da patria gastronómica y simbólica. Sin duda somos hijos del chile y en su morfología biológica y lingüística sustentamos parte de nuestra identidad, aquella en la que rescatamos la idiosincrasia de nuestros abuelos anahuacas y derrotamos a los conquistadores, ojetes, blancos y barbados.       A ver, hijos de puta, cómanse un chile habanero a boca limpia, como lo hace Valentina, como lo hace "el Richard", y si lo logran, enseguida úntenselo en la cara como hace el delirante de Viqueira. Si no duele, no es teatro, sostiene "el Richard", ¡y de qué manera lo cumple...!       En la develación de la placa que tuve el gusto de compartir con Mariana Giménez y Zaide Silvia Gutiérrez —dos actrices insólitas—, Viqueira evitó tocarme con el rostro y aun así salí del teatro con la cara ardiendo y el corazón bombeando gratitud, por que hay histriones que se juegan la vida en el escenario. Al respecto, la dura y emotiva interpretación a capela que hace Ángel Luna del himno nacional para cerrar el espectáculo, le habría provocado la muerte en 1968.