Los devoramientos humanos y animales

[El día de hoy en punto de las 17 horas, J. M. Coetzee ?ganador del Premio Nobel de Literatura 2003? sostendrá un diálogo con la investigadora y académica Raquer Serur, el cual se llevará a cab...

[El día de hoy en punto de las 17 horas, J. M. Coetzee ?ganador del Premio Nobel de Literatura 2003? sostendrá un diálogo con la investigadora y académica Raquer Serur, el cual se llevará a cabo en la Sala Nezahualcóyotl del Centro Cultural Universitario de la Universidad Nacional Autónoma de México. Con motivo de la visita del novelista sudafricano a nuestro país, Víctor Roura ?subdirector de la sección de Cultura de Notimex? nos presenta el siguiente texto desde donde produce una reflexión a tres voces: la propia, sumando a ella la del personaje ficticio llamado Elizabeth Costello y la del inventor de dicha personalidad literaria, el entrañable escritor Coetzee, quien es un defensor a ultranza de los derechos de los animales y se ha posicionado en contra de la ganadería industrial...]

Coetzee en México

Los devoramientos humanos y animales

Víctor Roura

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“Estar vivo equivale a ser un alma viva ?dice la novelista Elizabeth Costello en su conferencia magistral?. Un animal, todos lo somos, es un alma corporeizada. Esto es precisamente lo que comprendió Descartes, lo que, por sus propias razones, prefirió denegar. Un animal vive, dice Descartes, como lo hace una máquina. Un animal no es más que el mecanismo que lo constituye; si tiene alma, la tiene del mismo modo que tiene batería una máquina determinada; esto es, algo que le dé chispa, que la pone en marcha y que garantiza su funcionamiento. Sin embargo, el animal no es alma corporeizada, y la cualidad de su ser no es la alegría”.       A Costello le incomoda la célebre frase de Descartes (Cogito, ergo sum) porque “implica que un ser vivo que carezca de lo que llamamos pensamiento es, por así decir, de segunda categoría. Al pensamiento, a la cogitación, opongo yo la plenitud, la corporeidad, la sensación de ser; no una conciencia de uno mismo como una especie de máquina fantasmagórica de razonar que genera pensamientos, sino al contrario: la sensación (una sensación de honda carga afectiva) de ser un cuerpo con extremidades que se prolongan en el espacio, una sensación de estar vivo para el mundo”.       Por lo tanto, prosigue la novelista ecológica, “la plenitud de ser es un estado difícil de mantener en cautiverio. El cautiverio, el encierro en una prisión, es la forma de castigo por la que se decanta Occidente, que de hecho hace todo lo posible por imponerla en el resto del mundo mediante la repulsa de otras formas de castigo (las palizas, la tortura, la mutilación o la pena capital) consideradas crueles y antinaturales”.

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¿Qué nos sugiere esto sobre nosotros mismos?       Que la libertad que tiene el cuerpo para moverse en el espacio, se responde Costello, “es escogido como el punto en el cual la razón puede perjudicar de manera más dolorosa y eficaz al ser del otro. Desde luego, en aquellas criaturas menos capaces de soportar el confinamiento (las criaturas que menos se conforman al retrato que del alma da Descartes, como si fuera una bolita aprisionada en una cascarilla a la que cualquier otro aprisionamiento le es irrelevante) vemos los efectos más devastadores: en los zoológicos, en los laboratorios, en las instituciones en las que no tiene lugar el flujo de la alegría que proviene de vivir no en un cuerpo ni como un cuerpo, sino lisa y llanamente como un ser corporeizado”.       Elizabeth Costello, por supuesto, es un personaje ficticio del sudafricano J. M. Coetzee (1940), quien la ha inventado para poner en su boca algunas de sus ideas sobre la crueldad humana contra los animales. Dicho artificio literario le sirvió para dictar la Cátedra Tanner del curso 1997-1998 en la Universidad de Princeton, que luego se convirtiera en libro, intitulado Las vidas de los animales (Mondadori, en una traducción de Miguel Martínez-Lage, 2001), que, con la obtención en 2003 del Nobel de Literatura, empezó por fin a mirarse visiblemente en las librerías en aquel año.       “La pregunta que hemos de formularnos no debe ser si tenemos algo en común con los demás animales ?continúa Costello que es Coetzee?, sea la razón, la conciencia de uno mismo o el alma (con el corolario de que, si la respuesta es negativa, tenemos todo el derecho a tratarlos como queramos, apresándolos, matándolos, deshonrando sus cadáveres). Regreso a los campos de exterminio. El muy especial horror de los campos, el horror que nos convence de que lo que allí sucedió fue un crimen contra la humanidad, no estriba en que a pesar de la humanidad que compartían con sus víctimas los verdugos las tratasen como a piojos. Eso es demasiado abstracto. El horror estriba en que los verdugos se negaron a imaginarse en el lugar de las víctimas, del mismo modo que lo hicieron todos los demás. Se dijeron: ‘Son ellos los que van en esos vagones para el ganado que pasan traqueteando’. No se dijeron: ‘¿Qué ocurriría si fuera yo quien va en ese vagón para transportar ganado?’ No se dijeron: ‘Soy yo quien va en ese vagón para transportar ganado’. Dijeron: ‘Deben de ser los muertos que incineran hoy los responsables de que el aire apeste y de que caigan las cenizas sobre mis coles’. No se dijeron: ‘¿Qué ocurriría si yo fuera quemado?’ No se dijeron: ‘Soy yo quien se quema, son mis cenizas las que se esparcen por los campos’. Dicho de otro modo, cerraron sus corazones”.

3

El corazón es sede de una facultad: la empatía, “que nos permite compartir en ciertas ocasiones el ser del otro ?dice Coetzee que dice Costello?. La empatía tiene muchísimo, o todo, que ver con el sujeto, y poco o nada con el objeto, el ‘otro’, tal como apreciamos de inmediato cuando pensamos en el objeto no como un murciélago (‘¿puedo compartir el ser de un murciélago?’), sino como otro ser humano. Hay personas que gozan de la capacidad de imaginar que son otras; hay personas que carecen de esa capacidad (y cuando esa carencia es extrema, los llamamos psicópatas) y hay otras personas que disponen de esa capacidad, pero optan por no ejercerla”.       Costello es, evidentemente, vegetariana, de ahí que, a la hora de la comida, su nuera haga comer a sus hijos, los nietos de la respetable señora Costello, en otro sitio, dada la repugnancia que le produce a la novelista (respetada en todos los ámbitos académicos, menos en la casa de su hijo) mirar que delante de ella se coma carne de animal, de cualquier animal.       La nuera no la soporta ni tantito, recurso que utiliza el propio Coetzee para poder rebatirse a sí mismo: si bien está en contra de la aniquilación de los animales, él mismo, por boca de Norma Bernard ?la nuera de Costello?, se cuestiona esta férrea disciplina gastronómica: finalmente, dice Norma, comemos lo que nos educan a comer en el seno familiar.       “Vuelvo por última vez a los lugares de muerte que nos rodean ?dice Costello?, los lugares donde tiene lugar la matanza ante la cual, con un desmesurado esfuerzo común, cerramos nuestros corazones. A diario se produce un nuevo Holocausto, a pesar de lo cual, por lo que puedo constatar, nuestra moral sigue intacta. No nos sentimos afectados, ensuciados por ello. Parece ser que podemos hacer lo que sea y salirnos con la nuestra. Señalamos con el dedo a los alemanes, a los polacos y a los ucranianos que supieron y no supieron de las atrocidades que tenían lugar a su alrededor. Nos agrada pensar que se vieron interiormente marcados por los efectos secundarios de esa particular forma de ignorancia. Nos agrada pensar que en sus pesadillas volvían a obsesionarles aquellos seres en cuyos sufrimientos se negaron a entrar. Nos agrada pensar que despertarían demacrados y ojerosos por la mañana, o que terminaron por morir de un cáncer corrosivo. Probablemente no fue así. Las pruebas apuntan justo en la dirección contraria: señalan que podemos hacer cualquier cosa y salirnos con la nuestra, que no hay castigo”.       Del mismo modo en que los hombres matan a los animales para degustarlos en la mesa y nadie, previene Costello, levanta un dedo para protestar por la matanza. No hay un solo castigo por ello.

4

En la segunda parte de su cavilación, Elizabeth Costello debate con un profesor de filosofía, Thomas O’Hearne, quien dice que ya se ha demostrado que los animales no pueden pensar en términos estratégicos, ni manejar conceptos generales o comunicarse por medio de un lenguaje simbólico, de modo que, así las cosas, “¿no es adecuado considerar a los animales, incluso a los animales superiores, como seres que pertenecen por completo a otro terreno ético y legal, en vez de colocarlos en esa deprimente subcategoría humana? [Y aquí O’Hearne se refiere a ese simio superior del que habló la novelista en su primera ponencia, aludiendo a Pedro el Rojo, el mono protagonista del cuento ‘Informe para una academia’ de Franz Kafka.] ¿No existe una cierta sabiduría inherente al planteamiento tradicional, según el cual los animales no pueden disfrutar de derechos legales por cuanto no son personas, ni siquiera personas en potencia, como sí son los fetos? Al idear una serie de reglas que definan nuestra manera de tratar a los animales, ¿no sería más sensato que tales reglas se aplicasen a nosotros y al tratamiento que les damos en la actualidad, en vez de predicar una serie de derechos que los animales no pueden reclamar, ni poner en práctica, ni tan siquiera entender en toda la extensión del concepto?”       Coetzee, luego de cuestionarse a sí mismo utilizando al filósofo O’Hearne, responde en la voz de Costello: “El programa de experimentaciones científicas que le lleva a la conclusión de que los animales son unos perfectos imbéciles es profundamente antropocéntrico. Valora, por ejemplo, la destreza que uno tenga a la hora de hallar la salida de un laberinto esterilizado, sin tener en cuenta el hecho de que si el investigador, tanto en el caso de ser hombre como de ser mujer, que ha diseñado el laberinto fuera lanzado en paracaídas sobre la selva de Borneo, es altamente probable que muriese de hambre en el plazo de una semana. A decir verdad, voy a dar un paso más. En calidad de ser humano, si me dijeran que los criterios en aplicación de los cuales se evalúa a los animales dentro del marco de tales experimentos son en efecto humanos, me sentiría insultada. Son los propios experimentos los que rayan en la imbecilidad. Los conductistas que los diseñan sostienen que entendemos sólo mediante un proceso consistente en crear modelos abstractos para probar después esos modelos sobre la realidad misma. Qué estupidez.”

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En cuanto a que los animales sean demasiado idiotas para hablar por sí mismos, dice Costello, “considérese la siguiente secuencia de acontecimientos. Cuando Albert Camus era un joven muchacho en Argelia, su madre le dijo que le llevase una de las gallinas que tenía en una jaula en el patio. Obedeció, vio a su madre degollar a la gallina con un cuchillo de cocina y recoger la sangre en un cuenco, de modo que el suelo no se ensuciase. El grito mortal de la gallina quedó impreso de modo tan obsesivo en la memoria del muchacho que en 1958 escribió un apasionado ataque contra la guillotina. A resultas en buena parte de la polémica suscitada, la pena capital fue abolida en Francia. ¿Quién puede sostener, así las cosas, que la gallina no habló?”       El filósofo O’Hearne no cedió terreno en la batalla verbal: “No creo que la vida sea tan importante para los animales como lo es para nosotros ?sostuvo?. No cabe duda de que en los animales existe un instintivo afán de lucha contra la muerte, que de hecho comparten con nosotros. Sin embargo, los animales no entienden la muerte como nosotros o, mejor dicho, como fracasamos nosotros a la hora de entenderla. En la mente del ser humano se produce un total desmoronamiento de la imaginación ante la muerte, y ese desmoronamiento de la imaginación es la base misma de nuestro miedo a la muerte. Ese miedo no existe en los animales y no podría existir en ellos, ya que el esfuerzo por comprender la propia extinción, y el fracaso de ese empeño, el fracaso a la hora de dominar ese miedo, lisa y llanamente ni ha tenido ni puede tener lugar”.       Por tal motivo, la muerte, para un animal, “es algo que sencillamente sucede, algo contra lo cual puede producirse una revuelta del organismo, pero no una revuelta del alma”.       La conclusión de O’Hearne es escueta, sin vacilaciones, ni teorías en busca de una consecuente prosecución: “Los animales viven y luego mueren, eso es todo. Por eso, equiparar a un carnicero que mata a una gallina con un verdugo que mata a un ser humano es cometer un gravísimo error. Son dos acontecimientos que no tienen punto de comparación. No pertenecen a la misma escala, no están en la misma balanza”.       La contestación de Costello, y ya aquí uno no sabe si Coetzee, pese a su persistente alegato en contra de la crueldad humana, tiene sus severas dudas (no en balde, digo, hace intervenir en su libro a estos feroces detractores de la novelista Costello, tales como O’Hearne, su nuera Norma e incluso su propio hijo, John Bernard, que no entiende los procedimientos ecologistas de su famosa madre) acerca del irracional maltrato de la fauna. Pero, por lo menos, trata de mantener a su personaje Costello en ecuánime posición: “Todo el que diga que a los animales les importa la vida menos que a nosotros es que no ha tenido en sus manos a un animal que lucha por no perderla. La totalidad del ser del animal se implica en esa lucha sin reservas. Cuando se dice que a esa lucha le falta la dimensión del horror intelectual o imaginativo, no me queda más remedio que estar de acuerdo. No es propio del ser animal disfrutar del horror intelectual, ya que todo su ser se encuentra en su carne viviente”.

6

Las charlas, ya en la intimidad de su hogar, dejaron furiosa a Norma, la esposa de John Bernard, el hijo de Elizabeth Costello. “Todo esto no son más que modas alimentarias defendidas con un punto de fanatismo ?dice la irascible mujer de John, que la escucha con estoicismo?, y las modas alimentarias, máxime entre fanáticos, siempre serán un ejercicio de poder. Se me agota la paciencia cuando llega ella y se pone a intentar que la gente, sobre todo los niños, modifiquen sus hábitos alimentarios”.       El hombre no quiere proseguir con la plática, pero “tampoco puede traicionar del todo a su madre”. Quizás no está de acuerdo con sus planteamientos, pero no por ello deja de ser su madre.       ?Es absolutamente sincera ?la disculpa ante su enfurecida esposa.       ?Esto no tiene nada que ver con la sinceridad ?dice Norma?. Carece del más mínimo conocimiento de sí misma y de sus motivos. Y precisamente por eso parece sincera. Los locos también son sinceros.       La mujer está verdaderamente incontenible. Odia a la suegra, pero el hijo la quiere, a su mujer, y también a su madre. Y tiene que aguantar el alud ofensivo de su esposa.

7

La madre, la famosa conferencista ecológica, se habrá marchado al otro día y la familia Bernard podrá volver a la normalidad. Vaya ironía cruel de Coetzee: a diferencia de los animales, que no saben por qué se aniquilan entre sí, los humanos conscientemente no se soportan y se devoran a sí mismos.