Gilberto Aceves Navarro: divertimentos en bulto y en plano

[El presente escrito será leído por su autor durante el homenaje a Gilberto Aceves Navarro, el cual se llevará a cabo dentro de unas horas más en el Palacio de Bellas Artes; Luis Ignacio Sáinz, a...

[El presente escrito será leído por su autor durante el homenaje a Gilberto Aceves Navarro, el cual se llevará a cabo dentro de unas horas más en el Palacio de Bellas Artes; Luis Ignacio Sáinz, amablemente ha decidido compartirnos este texto para ser publicado en la sección de Cultura de Notimex...]

Homenaje en Bellas Artes

Luis Ignacio Sáinz

Gilberto Aceves Navarro cumple a rajatabla el verso del poeta luminoso que fuera su tocayo Owen: “Si he de vivir, que sea sin timón y en delirio”. Ochenta y ocho años de intensa y vigorosa vida y trayectoria lo avalan. Nunca se propuso una ruta, tampoco eligió la tranquilidad del status quo; jamás claudicó, insistió en fatigar los senderos de la creación escuchando sus voces interiores. Fue un clásico en vida, un auténtico tesoro viviente.       Nuestro Tesoro Viviente, de tan serio, no cejaba en divertirse: jugando nos convida su imaginario. Como si se tratara de una mera distracción amasa el barro o la cera, dobla, tortura y exprime el material hasta ordeñar una especie de caricatura verosímil. Inconsciente de que está creando, se entretiene y festeja. No se lo toma a pecho o no tanto, puesto que incluso suele desdeñar el volumen, a menos que se proponga formatos públicos, urbanos (Avenida Chapultepec, UAM-Xochimilco, UAM-Azcapotzalco, Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México; Paseo Bolívar en Chihuahua, o las maravillas de Querétaro o Torreón, como botones de muestra), favoreciendo las siluetas, los relieves, las sombras. Y esto ocurre de esta manera, el desdén por los bultos, esas aglomeraciones de la tridimensión, porque lo suyo por origen y destino fueron y serán siempre los soportes planos, esos que hizo vibrar hasta hartarse. Genial y arbitrario, pasaba de una a otra técnica con naturalidad y desparpajo.       Sin embargo…       Más empeño encontramos en su dibujo y su pintura; dado que, obsesionado con los retos, se afanó en extraer de las superficies lisas, masas y contornos, pesos, densidades y profundidades. Infante longevo, diseñó sus artilugios para olvidar la circunstancia que lo engullera, y que no solía gustarle, polemizó con ella, la transgredió por vocación libertaria. ¿Cómo? Ridiculizándola, mellando su seriedad e hieratismo: retozando, entreteniéndose, burlándose. El arte, forma de vida; credo y liturgia. Porque sí, ausentes los conceptos, volátiles los preceptos del oficio. Innovador permanente, fiel sólo a su trabajo y al compromiso con la crítica, la justicia, la dignidad.       Ser para hacer. Refocilarse, escribiría Gonzalo de Berceo: fajarse con el asunto, medirse con el tópico, mondar las cáscaras que envuelven al mundo. Nuestro artista jamás pretende convencer, agota su energía en el cortejo del espectador, al que, contra viento y marea, venciendo sus resistencias, añora cómplice. No apela, entonces, a la razón sino a la vitalidad mediante el artificio de las cosicosas que va pariendo en sus ratos de molicie, esos seres de placer de las cortes del barroco, la emoción fatigada a golpes de humor y ocurrencias del dadaísmo. A grado tal que personifica a otros en esa su actitud que reconoce el mérito y por eso se le vuelve tributario: a ratos de Velázquez en los deambulatorios del Alcázar madrileño, en otros momentos se transforma en circo y palestra, en todos los pinceles del mundo para fatigar las posibilidades expresivas de un rostro inerte, el del amargo derrotado en mar abierto con su Armada otrora invencible, o también disfrazado en ese predicador sin sentido llamado Hugo Ball, siendo su propio Cabaret Voltaire que sentara sus reales en Zurich o en un girón de la colonia Roma.       Enemigo de la solemnidad, resuelve las piezas en raptos de azar e irrupciones de ingenio, como cuando la “inspiración”, díscola y subversiva, se le negara en la representación del más broncíneo de nuestros héroes en la magna exposición Mi Juárez de todos los días (Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec, 2006) donde terminó por exhumar al de Guelatao de entre los cajones de una cómoda, coronando el mueble con su descomunal cabeza y agregándole unos zapatones, como de mimo o bufón, a los pies del chiffonier, “lugar para guardar trapos”; y lo emprendió o clonó por cientos, en minúsculas esculturas, legiones de zapotecos blanqueados por el caolín y los feldespatos, en porcelana sin bruñir, homenajeando a la cerámica inventada durante la dinastía Han del Este por allá del siglo II de nuestra era. Si inventariáramos su prolija fábrica de anécdotas inverosímiles y constelaciones imposibles, miles y miles de piezas, es probable que ningún tema de la agenda contemporánea estuviese ausente. Inagotable fantasía, dueña de singular tino, pocas veces erraba el blanco.       Procedió, claro está, con rigor, concentrándose hasta el tuétano, pero sin despeinarse: gozando, se procuraba sus dosis de placer, sin recato ni santurronería. Onanismo de la belleza, en ocasiones perturbadora. Es –en presente histórico– un compositor de formas desafiantes a toda lógica, no un apóstol (en griego: ?p?st????, “enviado”); ya que se atiene a su evangelio personalísimo, no hace caso a nadie y sin embargo todo lo sabe y escruta, por eso se dedicó a trabajar en series que glosan los modos de otros, frecuentaciones, podría afirmarse. Empero, los pinceles, las espátulas y los grafitos o carbones de vez en cuando lo aburrían; y se daba a la licencia de idear objetos para afrontar los deleites del delito como quería ese teórico del barroco, el maestro Piñuela.       Y para cumplir tales desplazamientos, nada mejor que reinventar-diseñar-metamorfosear un medio de transporte amigable con el ambiente, de arresto mecánico, al viento: la bicicleta, ese ente locomotor propio de niños, panaderos y mensajeros. Vehículo ágil, barato, popular y, sobre todo, sano. Dispositivo de propulsión humana que copara la atención de Leonardo da Vinci en eso que hoy conocemos como el Codex Atlanticus (pluma y tinta sobre papel; 61 x 44 centímetros; armado y reunido por el escultor Pompeo Leoni a fines del siglo XVI; Biblioteca de la Academia Ambrosiana de Milán), en su folio 133v2, donde aparece el diseño de un antecesor de este velocípedo fechable hacia 1490. Dispositivo que produjera en variantes delirantes, distinguidas por su estamina, capaces de asentarse en Nueva York, Washington, la escalinata y vestíbulo de este Palacio de Bellas Artes o en las islas de Ciudad Universitaria, su casa de trabajo durante más de cuatro décadas.       Admito que la reinvención de esos pares de ruedas articulados, dotados hasta de manubrio, fueron una auténtica provocación para los sedentarios. Subrayo que en honor a la verdad nuestro fabulador nunca fue muy dado al ejercicio, prefirió la contemplación, de tal suerte que se delectaba en la apreciación sublime de los entes armoniosos, y en especial de las figuras femeninas, recostadas cual si fueran chac-moles, o de pie y, con el rostro girado y la mano en la entrepierna, pensando en Pablo Neruda: “He ido marcando con cruces de fuego el atlas blanco de tu cuerpo”, aunque se tratara de mujeres baqueta, de bronce, del color de la tierra. Sin mengua de que fueran gordas y retozaran en la playa, bañistas querendonas, o fueran trenzudas como su novia primigenia, o emergiesen de la mitología griega, como ledas apetitosas con sus cisnes voraces. El eterno femenino, sacudido de los prejuicios, dueño de sí allende los estereotipos, pues al maestro Aceves Navarro le encantaban las mujeres fuertes, brillantes, desafiantes que para serlo no requieren proferir gritos y aullidos… como evidencia, su esposa Raquel, elegante y refinada, pensante y solidaria de tiempo completo.       Y el desfile de los patinadores, lo invitante de las sillas, el saludo de las manos o las cabezas cercenadas. Entre sonrisas y carcajadas brotan sus obras en despliegue festivo de una sensibilidad que, pese a lo desbordado de su espíritu crítico, se refugia en la fuerza de la alegría. Para Gilberto Aceves Navarro el taller fue su celda y su aposento regio, allí se encontró con su razón de ser: componer objetos fantásticos, de un realismo deformado por la ironía y la inteligencia.       Cautivo de su propio talento, este contador de cuentos, incontinente, demostró que siempre estuvo en plenitud de forma gracias a que supo darse una vuelta en bicicleta, cuando no echarse un taco de ojo, dolerse por la decapitación del mensajero llamado Juan El Bautista, regodearse en la concupiscencia y el pecado como premio del más terrible de los Habsburgo, Felipe II, el contra-reformista enamorado de los autos de fe y sus hogueras purificadoras, que adquiriese para ornato de sus aposentos en El Escorial ni más ni menos que un par de desvaríos de El Bosco: El Jardín de las delicias con su miscelánea de perversiones, amén del censo de las caídas del creyente en la mesa en madera de chopo que registra Los pecados capitales: lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia. Sin tregua alguna nuestro cronista de ilusiones también se detuvo en los caciques gordos de Zempoala, esos que soborna Hernán Cortés, y, sobre todo, en los ciervos –gigantes, pero sin astas, de Moctezuma, los caballos de esos conquistadores fanfarrones, chapuceros y feroces.       Y todavía, en el último año, Gilberto Aceves Navarro parió tres exposiciones luminosas: dos de ellas curadas amorosamente por Arnaldo Coen, una en la Galería de Lourdes Sosa, la otra en el Seminario de Cultura Mexicana, ambas de corte prehispanista, dedicadas a las piedras sagradas: Cabezas olmecas. Caricia y materia; y apenas hace unos cuantos meses, se apoderó del Palacio de los Condes de Santiago de Calimaya, ese inmueble barroco impar, creación dieciochesca de Francisco Guerrero y Torres, donde al pasar acostumbrado del tiempo, levantase taller Joaquín Clausell, para deleitarnos con algunas de las mejores piezas de su inventario pasado más un conjunto de lienzos enormes, en tamaño, color y arrobamiento, evidencias de que continuaba extenuando su forja… Por fin callo, porque resulta imposible reseñar, así sea a trompicones, las aventuras plásticas de un Tesoro Viviente que emprendió viaje en aras de convertirse en presencia fantasmal, protectora de nosotros, sus devotos espectadores… Nuestro fabulador visual es y será un pájaro solitario, ejemplar único, a pesar de que hizo verano en muchos de sus discípulos y después colegas.       Descansa en paz Gilberto Aceves Navarro