Javier Cercas: la ambigua condena al fascismo

[Javier Cercas resultó el ganador de la 68 edición del Premio Planeta 2019 con el libro Terra Alta, llevándose consigo la insólita cantidad de alrededor de 12 millones de pesos (601,000 euros), ac...

[Javier Cercas resultó el ganador de la 68 edición del Premio Planeta 2019 con el libro Terra Alta, llevándose consigo la insólita cantidad de alrededor de 12 millones de pesos (601,000 euros), acaso el galardón más cotizado en lengua hispana ambicionado por las agencias y promotores literarios. Este es el comentario de dos de sus novelas que giran en torno de la vida de los opresores en las sociedades contemporáneas. La primera novela es la más conocida del galardonado autor nacido en 1962 en la provincia española de Cáceres.]

Por Guadalupe Flores Liera

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Desde el momento en que se puso sobre la mesa el tema de la recuperación de la memoria histórica, cobró fuerza especial la corriente contraria: aquella que niega su existencia con el argumento de que la memoria es únicamente individual.      De forma organizada y con la participación de escritores destacados, casas editoriales y medios masivos de comunicación poderosos, comenzó la desarticulación del esfuerzo de muchas sociedades por realizar un examen de su pasado reciente, con el propósito de analizar los hechos, sacar a la luz la acción de los protagonistas y reparar las injusticias históricas. Es decir, el derecho a reflexionar e indagar sobre lo relacionado con los vencedores que escribieron la Historia y con sus actos.      En el marco de esta contienda y “como preparado desde hace tiempo” el español Javier Cercas dio un paso al frente y en 2001 dio a la publicación su ya famosa novela Soldados de Salamina (Tusquets Editores, Barcelona, 209 páginas). En esta obra, de hecho, el escritor propone al lector superar la aversión que eventualmente produce un golpista para meterse en su piel y observar los hechos con una visión distinta y, en general, indulgente. Al mismo tiempo, le propone observar con mirada más estricta a los republicanos que supuestamente subvirtieron el orden, obligaron a los primeros a despertar de su letargo y los obligaron a reaccionar.      De acuerdo con su aproximación, en un enfrentamiento no hay buenos o malos, víctimas o victimarios. Sin excepción, todos son igualmente culpables. Quienes se levantaron en contra de la Segunda República y provocaron un baño de sangre en España son iguales a quienes se apresuraron a defender la legitimidad. Porque el simple intento de combatir el mal despabila a la bestia... Los supuestos garantes de la, en otros tiempos, clase rectora y los republicanos “agitadores” que la “subvirtieron” no sólo se asimilan en su obra, sino intercambian papeles con el propósito de enfrentar en común el tribunal popular.      En repetidas ocasiones Cercas afirma que lo único que pretende es “comprender el fenómeno del fascismo”. ¿Es que Rafael Sánchez Mazas -el protagonista de su novela, uno de los fundadores de la fascista Falange española y el inspirador de la dictadura que mantuvo cautivos los destinos de los españoles durante 40 años- necesitaba de comprensión o reparación? ¿Por qué razón su vida y obras se presentan idealizadas?      Para contribuir a la “comprensión” de su personaje histórico, Cercas señala las diferencias de grado entre Falange y Nazismo y, de esta forma, intenta librar al movimiento que fundó Sánchez Mazas junto con José Antonio Primo de Rivera -dos aristócratas ociosos que odiaban la intromisión del pueblo en la política- de los crímenes que cometieron sus correligionarios. Defiende la idea de que la ideología que nutrió y dio coartada a los golpistas que derribaron a la Segunda República en 1936 fue distorsionada...      Si bien acepta que los falangistas trabajaron para limpiar a su país de los “rojos” y sumergieron a España en una salvaje orgía de sangre, no deja de presentarlos como partidarios de una mística y sacerdotes de una causa que fueron sorprendidos en un sueño de beatitud y que, arrastrados por un entusiasmo inocente, pretendieron evitar la catástrofe, salvar a la patria y, con ello, su concepto de civilización por un “deber moral”. Sólo por esto, parece afirmar entrelíneas, merecen ser juzgados con atenuantes.      Cercas intenta que el lector observe los hechos con los anteojos del golpista que no pudo asimilar la idea de que el dictador Franco marginó a los aristócratas que lo inspiraron y los sustituyó por los uniformados. Así, señala repetidamente con el dedo a quienes obligaron a “aquel hombre culto, refinado, melancólico y conservador, huérfano de coraje físico y alérgico a la violencia” (página 51) a actuar contra su naturaleza: la “barbarie igualitaria”, la “vulgaridad democrática y republicana que acechaba más allá de las paredes” y que lo despertó de golpe. Con falsos dilemas incrimina a la izquierda, ya que con las reformas sociales y estructurales que aplicó la República se vio socavada la tranquilidad de la tradicional clase rectora y fueron sacudidos los cimientos del sistema político hasta entonces preponderante.      El argumento del escritor es que todos merecen ser recordados por igual, cualquier cosa que hayan hecho, si lo que se busca es la verdad, así sea subjetiva y, en el último de los casos, la única factible pues, además, se trata del derecho inalienable del hijo de recordar a su padre (carnal o ideológico). Porque, defiende, lo que en el fondo se persigue es la libre expresión de las ideas: “[...] vindicar a un escritor falangista era sólo vindicar a un escritor”. Y no aquello que afirmaban “algunos ingenuos, como algunos guardianes de la ortodoxia de izquierdas, y también algunos necios, [que] denunciaron que vindicar a un escritor falangista era vindicar (o preparar el terreno para vindicar) el falangismo” (página 22).      Cercas enlaza su idea con la insinuación de que el ascenso de la izquierda en la escena política contrae censura y opresión en el ejercicio de los derechos de los simpatizantes de la derecha. Porque, dice, abundan los testimonios de la formación de izquierda mientras que las contrarias han sido acalladas. Conforme a esta opinión, las cosas se revirtieron con la llamada Transición, la democracia languidece y las víctimas se transformaron en victimarios. Alguien, pues, debía atreverse a actuar en contra de esa censura y defender el derecho de las nuevas generaciones a conocer aspectos ocultos de los acontecimientos que continúan afectando a la sociedad. Y Cercas recogió el guante. De la primera vez que oyó hablar de Sánchez Mazas (en 1994), dice: “Su nombre no era para mí más que el nombre brumoso de uno más de los muchos políticos y escritores falangistas que los últimos años de la historia de España habían enterrado aceleradamente, como si los enterradores temiesen que no estuvieran del todo muertos” (página 21). Con lo cual se suma a la tenaz tarea de revivirlo para que su memoria y la de sus correligionarios no se pierdan... “aunque hace sesenta años que fallecieron todavía no están muertos precisamente porque [alguien] se acuerda de ellos” (página 201).      Los intentos de Cercas de encontrar atenuantes a personajes como Sánchez Mazas y sus correligionarios de menos jerarquía podrían calificarse de deprimentes. Porque causa inquietud que, para “restablecer la verdad” y demostrar la objetividad de su posición, Cercas anteponga a algunos personajes reales -como Sánchez Mazas- un héroe imaginario, el supuesto republicano Antoni Miralles, es decir una mentira. Porque este último personaje es una creación del autor.      Cercas no convence cuando, para presentarse como un escritor de ideas democráticas, califica al dictador Franco de “militarote gordezuelo, afeminado, incompetente, astuto y conservador” (página 86) que usurpó las ideas de la Falange y con ellas se hizo del control de la guerra. Incluso siendo pintoresco (“La Culona”, por ejemplo, era el calificativo sexista que le aplicaron los republicanos a Franco), el dictador demostró ser un hábil administrador de su victoria y un implacable e inexorable imán de fuerzas retrógradas. Mantuvo el poder por 40 años y sus actos lo único que no provocan es la risa. Y sí es verdad que tuvo a la mitad de la población de su parte. Sin embargo, Cercas no consigue ocultar que sus simpatías no se encuentran incondicionalmente del lado de los vencidos, quienes, se colige, “provocaron su suerte”.      Haciendo muestra de indudable capacidad para la confrontación y para adelantarse a cualquier objeción a sus afirmaciones, Cercas hace uso de un polémico alter ego narrador con el cual comparte también el mismo nombre. Así, se cura en salud para poder calificar a sus críticos de necios o ingenuos y así aprovecha para también defender su afirmación de que la verdad es algo que sólo puede expresarse en la literatura y no en otra parte.      De acuerdo con sus alusiones, en la vida real no existen personalidades de izquierda intachables que pudieran resistir una comparación con Sánchez Mazas, quien, en el último de los casos “no mató nunca” (página 148). Con atrevimiento sugiere que el poeta republicano Antonio Machado, en quien afirma encontrar “extraños paralelismos” con Sánchez (página 23), bien podría haber cambiado de bando si se hubiera encontrado en zona nacionalista al momento de estallar la guerra (página 25), ya que los “amigos del bosque”, que protegieron a Sánchez Mazas cuando se libró de una muerte segura a manos de los republicanos, desertaron a la primera oportunidad, pues servían a un ejército, el republicano, en el cual no creían, pero en cuya zona se habían encontrado al momento de comenzar la guerra. La tormenta que desató la guerra civil, de acuerdo con las afirmaciones de Cercas, obligó a todo el mundo a usar una máscara y empuñar un fusil. Este tipo de afirmaciones lo ayudan a suprimir todo rasgo de moralidad en la generalidad de los implicados en la guerra.      Los esfuerzos del escritor por eximir de responsabilidades a los fascistas son notables, una vez que los “comprende” insinúa que no hicieron más que defender su personal Paraíso, tal y como habría hecho cualquiera que sintiera amenazada a la “civilización” (páginas 77-89). Como quiera que sea, ni la España peregrina, ni los exiliados, ni siquiera el llamado exilio interior, merecieron un par de líneas en este libro.      Soldados de Salamina es un volumen tramposo, no sólo hace una velada apología del fascismo sino se ampara en una portada engañadora, igual que el título. La carga ideológica que da Cercas a sus soldados de Salamina no tiene nada que ver con la histórica batalla de los griegos contra los persas, lo tergiversa. Sus “soldados de Salamina” -correlativos en la Historia al papel de los persas en la famosa batalla- son los falangistas que se lanzaron a la guerra para salvar su idea de civilización y se opusieron a los cambios que emprendió la República. Aun cuando más adelante intenta despistar desarrollando la contraparte al hacer referencia a los hechos imaginarios de “Miralles”. Equiparar a las víctimas republicanas, pues, con quienes desataron una guerra civil y resultaron muertos o asesinados al levantarse contra la legitimidad es malévolo. El autor se apoya en la verosimilitud para hacerla pasar por verdad. Intencionadamente desorienta al lector, se apoya en paralelismos malintencionados para eximir al fascismo de toda culpa.      Un elemento que sorprende es su insistencia en el uso de un famoso pasodoble: “Suspiros de España”, para tratar de demostrar la homogeneidad de los españoles que, acaso, no se hubieran lanzado a la guerra de haberse consagrado más al baile (páginas 49, 122, 163, 207). No hay, al parecer, español que no se hermane con otro al escuchar este tema...      ¿Verdaderamente Javier Cercas no es capaz de comprender qué tolerante se muestra en relación con el fascismo y los criminales de guerra que, literalmente, acabaron con su país y es capaz de encontrar atenuantes a sus acciones con el argumento de que lo que busca es comprensión en nombre de la objetividad y de la restitución de la verdad histórica?      No sé si lo que intentó el escritor fue prevenir de una amenaza. Es decir, que las cosas estaban bien como estaban: el dictador había muerto, la guerra había sido olvidada, la Transición se había instalado en la realidad, la democracia reinaba, los muertos bien estaban allí donde estaban... ¿Qué necesidad había de remover el pasado y de rendir tributo a héroes dudosos? El Sánchez Mazas de hoy podría despertar de su letargo y esgrimir argumentos capaces de aglutinar a los verdaderos buenos patriotas de la sociedad... ¡Como ocurrió en la realidad!      El resultado de ese intento, el rescate de la memoria histórica, no fue sólo la insistencia de una buena parte de la ciudadanía de poner la verdad al descubierto como una manera de poner fin a las escisiones que produjo la guerra civil española en la sociedad, de forma que se cerraran las heridas que causaron aquellos hechos y de atribuir responsabilidades. Lo peor fue el resurgimiento del fascismo. Hay quienes creen que a nadie conviene rascar las heridas y mucho menos que las bocas y los archivos se abran.      Obras como esta novela de Cercas ofrecen coartada y dan voz a los golpistas irredentos y a sus descendientes ideológicos. La supuesta comprensión de protagonistas concretos, selectivamente útiles, deriva en la justificación de la tragedia nacional. Y la manipulación de determinados razonamientos se convierte en falsificación de la Historia.      Tal vez Soldados de Salamina no fue sino una advertencia. Si fue así, han pasado 18 años desde el momento en que circuló por primera vez y los acontecimientos no desmienten al autor: el fascismo retornó con toda su fuerza. Y lo que hay por parte de Javier Cercas es una confusa y dudosa condena a los crímenes que cometió y continúa cometiendo esa ideología en detrimento de la sociedad. Un “Sí” saturado de parciales “pero es que...”.

2

En 2001, con Soldados de Salamina, el escritor español Javier Cercas se consagró como “genio de la literatura”. En 2016 añadió, a su ya entonces larga obra, una “novela sin ficción” más: El impostor (Editorial Debolsillo, Penguin Randon House, 450 páginas). Ambos títulos, de acuerdo con la declaración del escritor, conforman correlativamente el principio y el final del ciclo de la reivindicación de la memoria histórica colectiva de España.      Fiel a la receta de la primera novela -centrada en la figura de Rafael Sánchez Mazas, fundador de la fascista Falange española-, en El impostor el escritor propone al lector superar el malestar que eventualmente produce un desdichado -Enric Marco-, transformado en archimitificador, para ser visto sin ningún tipo de atenuante como la absoluta personificación del mal y como la metáfora de un embuste mayor: el fracaso de la Izquierda que busca desesperadamente una coartada para cubrir su desnudez como solución alternativa a los problemas sociales.      El argumento de Cercas es que la memoria colectiva surgió porque la gente necesitaba conocer la verdad sobre su pasado reciente. Sin embargo, cuando “conoció” que los hechos no la favorecían volvió a colocar a la memoria bajo tierra. Por esta razón y, “superando su resistencia”, se propone ofrecer a los lectores este compuesto narrativo con el cual espera poder cerrar definitivamente la empresa del rescate de la memoria colectiva con el fin de que vuelva a reinar el silencio sepulcral.      Durante 40 años la dictadura de Franco, junto con sus incondicionales, es decir sus correligionarios y los intelectuales devotos al régimen fascista, trabajó intensivamente para imponer el olvido en todo lo relacionado con la guerra civil española, no sólo encubriendo determinados hechos sino imponiendo el miedo. Nadie se atrevía a pronunciar la palabra “República”, sobre todo en relación, concretamente, con el gobierno de la Segunda República, que fue depuesto mediante sanguinario golpe de Estado militar en 1936. Muchas generaciones crecieron aprendiendo las “razones” que “impusieron” el “alzamiento” y se formaron con la ideología del “movimiento nacional”.      Para Javier Cercas la excepción confirma siempre la regla. Por esta razón se entrega con fervor al “restablecimiento” de la “verdad histórica”. Y sin ocultar la alegría que le producen los dos personajes reales que, mitificados, le aseguraron dos éxitos comerciales, construye una obra no con el fin de indagar en el alma de sus protagonistas sino, supuestamente, en el alma de su país. A través de relatos verdaderos -como afirma- se dispone a restituir la única e incuestionable verdad.      La primera “verdad”, conforme a la primera novela, es que los republicanos y los fascistas “rebeldes” son una y la misma cosa. La segunda “verdad” es que la biografía de Marco “era un reflejo exacto de la biografía colectiva de España” (página 27).      Cercas ofrece su versión de la Historia. Con lujo de detalles anota sus fuentes, los archivos, los documentos, los nombres de los testigos a que recurrió. Descose y cose a la medida de su necesidad y bautiza como Historia a su interpretación de los hechos y como Verdad al resultado de su investigación tendenciosa. Sin embargo, la verdad y la verosimilitud son cosas distintas.      El mismo escritor nos ha predispuesto con el motivo que recorre a El impostor: que “la realidad mata, la ficción salva”. Sugiere, asimismo, que a nadie le conviene intentar desmentir esta afirmación para defender su inocencia, porque todos esconden cadáveres en sus armarios. En consecuencia, la responsabilidad es común.      Tal como refiere el alter ego de Cercas -su narrador novelesco recurrente del mismo nombre-, el Enric Marco real y no el impostor imaginario acostumbraba decir de sí mismo que él “no era un farsante ni un impostor [...], simplemente había alterado un poco los hechos”, porque “todo estaba documentado” (página 39). También que no había mentido “por vanidad sino por altruismo”, había modificado o maquillado un poco la verdad “para recuperar la memoria histórica de aquel país amnésico” (página 39). Y pregunta “el impostor” sobre qué diferencia había si se alteraban los hechos para llegar al mismo resultado, y responder él mismo a su reflexión con la pregunta de cómo iban a transmitir su mensaje los testigos y los supervivientes cuando habían muerto o estaban viejos y acabados o cuando se quedaban mudos o carecían de voz (páginas 38-41). No es Marco en sí mismo quien interesa a Cercas, sino el marco más extenso. Y utilizó a Marco como lente de aumento para transmitir mejor sus ideas.      Declara el escritor, apoyado en un artículo suyo publicado en un diario en 2005 que reproduce íntegro: “[...] el peor enemigo de la izquierda es la propia izquierda [...] la conversión del discurso de la izquierda en una cáscara hueca, en el sentimentalismo hipócrita y ornamental que la derecha ha dado en llamar buenismo” (página 43). Aclara que su impostor “supo encarnar con maestría esa prostitución o esa derrota de la izquierda” (página 44). Por esto, de acuerdo con el escritor, la recuperación de la memoria histórica, que ilustran las mentiras de Marco, no es otra cosa que la satisfacción de “una masiva demanda vacuamente izquierdista de venenoso forraje sentimental aderezado de buena conciencia histórica” (página 44).      Al afirmar Cercas, pues, que “es imposible contar [la historia del mentiroso] sin mentir” (página 42) muy bien podría concluirse que es igualmente imposible no mentir descaradamente cuando la mentira es colectiva y, además, de dimensiones nacionales, como insinúa el escritor (páginas 41-42). Puesto que “determinadas flaquezas colectivas habilitaron el triunfo de la farsa de Marco”, farsa sinónima a la de la memoria histórica, porque “nadie se atreve a poner en duda la autoridad de la víctima y el prestigio del testigo” (página 43). A esto Cercas lo llama “doble soborno”, el primero de orden moral y el segundo de orden intelectual. Todo lo anterior tomando en cuenta que, para Cercas, “los héroes están todos muertos” -que es la idea central de Soldados de Salamina. Lo que significa que los vivos no hacen más que “dárselas de héroes”.      Las historias del fascista Rafael Sánchez Mazas -fundador de Falange española, quien se salvó de una muerte segura siendo prisionero del ejército republicano en el momento en que éste abandonaba España, cuando ya habían ganado la guerra los golpistas de Franco-, y ésta del impostor Enric Marco -que por muchos años de forma inexcusable se hizo pasar por sobreviviente de un campo de concentración en Alemania, cuando no era sino un pobre diablo sobreviviente del hambre y de las injusticias sociales que puso en primer plano e intentó reparar la Segunda República, y quien fue, más adelante, sobreviviente de la dilatada dictadura de Franco que la derribó-, cimbraron e inspiraron a Cercas. Desde el primer momento ambos personajes se le descubrieron como el medio ideal para llevar a cabo su propia representación de la guerra civil española y de sus consecuencias, no sólo en el plano local sino en el más amplio de Europa.      Con verdadero celo Cercas intenta, primero, presentar en continua correspondencia a los golpistas y a sus víctimas y, a continuación, demostrar que la memoria colectiva no es otra cosa que una impostura nacional. Por esta razón, en El impostor confronta a víctimas reales del fascismo con un mitómano, Marco. De esta forma, un mentiroso se ve convertido en el espejo de la sociedad y en una propuesta de reflexión que tiene por propósito demostrar que todo el mundo es lo mismo y que todos son igualmente responsables en las tragedias nacionales. Pero lo cierto es que Marco sólo se hizo daño a sí mismo y que no representa a la totalidad de la humanidad.      La descalificación del testigo y del sobreviviente como fuente fidedigna de información, que supuestamente pone al descubierto el caso de Marco; la afirmación de que la memoria traiciona porque es por naturaleza sospechosa, una vez que todos tienen pecados inconfesados que ocultar; la idea de que el tiempo, la edad, la enfermedad adulteran la impresión de los hechos; la aseveración de que la verdad es inasequible a priori, etcétera, llevan a pensar -por el tratamiento insistente y concatenado supuestamente a la misma indefectible y natural conclusión-, que el objetivo último y encubierto del escritor es el derribamiento de la llamada prerrogativa moral de la Izquierda que tanto subleva a la Derecha, que está convencida de que la ética es su propiedad exclusiva o, peor, nadie es mejor que nadie moralmente.      Ambos títulos se enmarcan en este contexto. Las novelas de Cercas se apoderan de los esfuerzos de la Izquierda por el restablecimiento de la verdad de hechos históricos concretos y del derecho del testigo y de la víctima a aportar su versión personal, intransferible e incondicional de los hechos que vivió. Intentan, de manera astuta, convertir esos argumentos y esos esfuerzos en inalcanzables y sospechosos, cuando no ridículos. Cercas no toma en cuenta los años de represión, el luto, el dolor, el trauma que impiden a la víctima expresarse; por el contrario, los subestima. Menosprecia el shock que producen no solamente las pérdidas sino, sobre todo, las bestialidades que en detrimento de la víctima o de su país cometieron no ciertos individuos en abstracto sino los mismos amigos, conocidos y familiares de ideología distinta.      En España, además de Cercas, podría mencionarse también a Arturo Pérez Reverte o a Andrés Trapiello, entre una larga lista de escritores que arrasan en ventas y traducciones y que centran su producción en una revisión apisonadora de la historia pasada o reciente y que por “simple obligación” señalan las debilidades de la Izquierda.      Sólo que los inexcusables e innegables errores de la Izquierda, ya sean de corrupción, de desengaño en el alcance de los objetivos, de evasión a afrontar ante la justicia las consecuencias de acciones fraudulentas y demás etcéteras que con razón exasperan a Cercas no pueden colocarse en la misma balanza con los horrendos crímenes contra la humanidad que cometió y comete el fascismo. (¿Es que un escándalo de prevaricación es igual de grave que el genocidio?) Se trata de un falso dilema. Igual que los falsos paralelismos que forja para asimilar a los actores de las tragedias históricas y que sólo sirven para exculpar a los victimarios (afirmar, por ejemplo, que las vidas de Sánchez Mazas y de Antonio Machado son paralelas). Porque de lo que se trata es del reforzamiento de las instituciones democráticas y no de humanizar a las bestias. La empresa de buscar atenuantes a los verdaderos e injustificables criminales al tratar de comprender los motivos de sus actos les ofrece coartadas.      Por esta razón las novelas de Cercas son engañosas, su temática, su desarrollo, las portadas mismas llevan fácilmente al lector a creer que el contenido depara otra cosa. Por no hablar de la prosa redundante y de las muchas páginas prescindibles sin las cuales sus novelas hábil e ingeniosamente construidas ganarían en contundencia.                En cuanto a Enric Marco, Javier Cercas no solamente no consigue echar luz en los “laberintos morales” de su naturaleza, tampoco ayuda a comprender mejor el fenómeno del mal, que se supone era su objetivo primordial. Por el contrario, en nombre de la objetividad y de la restitución de la “verdad histórica” contribuye a reforzar el clima viciado que beneficia al neofascismo y ofrece un subterfugio a los argumentos de éste acerca de un generalizado y total desmoronamiento de la ética y de las instituciones democráticas.