LITORAL

POESÍA DE ELIZABETH BISHOP

POESÍA DE ELIZABETH BISHOP

Un arte

El arte de perder se domina fácilmente;

tantas cosas parecen decididas a extraviarse

que su pérdida no es ningún desastre.

Pierde algo cada día. Acepta la angustia

de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano.

El arte de perder se domina fácilmente.

Después entrénate en perder más lejos, en perder más rápido:

lugares y nombres, los sitios a los que pensabas viajar.

Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre.

Perdí el reloj de mi madre. Y mira, se me fue

la última o la penúltima de mis tres casas amadas.

El arte de perder se domina fácilmente.

Perdí dos ciudades, dos hermosas ciudades. Y aun más:

algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente.

Los extraño, pero no fue un desastre.

Incluso al perderte (la voz bromista, el gesto

que amo) no habré mentido. Es indudable

que el arte de perder se domina fácilmente,

así parezca (¡escríbelo!) un desastre.

Visita a St. Elizabeths *

Esta es la casa de Bedlam.

Este es el hombre

que está en la casa de Bedlam.

Esta es la hora

del hombre trágico

que está en la casa de Bedlam.

Este es el reloj pulsera

que da la hora

del hombre tan locuaz

que está en la casa de Bedlam.

Este es un marinero

que usa el reloj

que da la hora

del hombre tan enaltecido

que está en la casa de Bedlam.

Esta es la rada, toda de tablas

adonde llega el marinero

que usa el reloj

que da la hora

del admirable viejo

que está en la casa de Bedlam.

Estos son los años y los muros de la sala,

los vientos y las nubes del mar de tablas

surcado por el marinero

que usa el reloj

que da la hora

del maníaco

que está en la casa de Bedlam.

Este es un judío con un gorro de papel periódico

que baila llorando por la sala

sobre el rechinante mar de tablas

del chiflado marinero

que da cuerda al reloj

que da la hora

de ese hombre atareado

que está en la casa de Bedlam.

Este es un muchacho que golpea contra el piso

por ver si el mundo sigue allí y es plano,

para el judío viudo con su gorro de papel

que baila llorando por la sala

un vals a lo largo de una tabla ondulante

junto al callado marinero

que escucha en su reloj

el tic tac de la hora

del hombre exasperante

que está en la casa de Bedlam.

Estos son los años y los muros y la puerta

que se cierra sobre un muchacho que golpea contra el piso

para sentir que el mundo sigue allí y es plano.

Este es un judío con un gorro de papel periódico

que baila alegremente por la sala

hacia los entablados mares que se van

más allá del marinero de ojos fijos

que sacude el reloj

que da la hora,

del poeta, del hombre

que está en la casa de Bedlam.

Este es el soldado que vuelve a casa de la guerra.

Estos son los años y los muros y la puerta

que se cierra sobre un muchacho que golpea contra el piso

para saber si el mundo es redondo o plano.

Este es un judío con un gorro de papel periódico

que baila con cuidado por la sala

avanzando sobre el tablón de un ataúd

con el chiflado marinero

que muestra su reloj

que da la hora

del desdichado

que está en la casa de Bedlam.

* Manicomio en el que estuvo internado Ezra Pound

Un Milagro Para el Desayuno

A la seis estuvimos esperando por el café;

esperando por el café y por la caridad de las migajas

que como a los viejos reyes o como un milagro

iban a servirse desde el inevitable balcón.

Estaba aún oscuro. Un pie del sol

se estabilizaba a sí mismo en la larga fluctuación del río

El primer ferry del día había cruzado el río.

Estaba tan frío que confiamos que el café

estuviera bien caliente pues veíamos que el sol

no vendría a calentarnos y que por milagro

las migajas podían ser cada una un pan enmantecado.

A las siete un hombre salió al balcón

Permaneció por solo un minuto en el balcón

mirando hacia el río por sobre nuestras cabezas.

Un sirviente le manejo la realización de un milagro

consistente en una sola taza de café y un panecillo

al que empezó a desmenuzar;

su cabeza, por así decirlo, en las nubes, acompañando al sol.

¿Estaba loco? ¡ Qué trataba de hacer

allá arriba, en su balcón, debajo del sol!

Otro hombre recibió otro poco de las duras migajas

las que golpearon desdeñosamente el interior del río

y , en una copa, cayó una gota de café.

Algunos de nosotros permanecimos en los alrededores, esperando por el milagro.

Puedo decirte que lo próximo que vi no fue un milagro.

Una hermosa villa permanecía al sol

y de sus puertas venía el olor del café caliente.

Enfrente, un blanco balcón barroco de yeso

con pájaros adicionados, que anidaban a lo largo del río,

--Los vi con un ojo cerrado por las migajas –

y las cámaras de mármol y las galerías. Mi migaja,

mi mansión, a través de las edades,

hecha para mí por un milagro; por insectos, pájaros y por el río

al trabajar en las piedras. Todos los días, en el sol,

hacia el desayuno me siento en mi balcón

con los pies arriba, y bebo litros de café

Lamemos las migas y tragamos el café.

Al otro lado del río una ventana atrapa el sol

como si el milagro se hubiese conseguido en el balcón equivocado.