LITORAL

TOKARCZUK Y HANDKE, RECUPERAR EL ESPÍRITU DEL NOBEL

TOKARCZUK Y HANDKE, RECUPERAR EL ESPÍRITU DEL NOBEL

Como ocurre con todo tipo de pronósticos, el del Nobel no ha sido la excepción y ha defraudado a quienes daban por ganadoras a dos mujeres y, sobre todo a quienes apostaban por premiar literaturas de diferentes latitudes; el Nobel sigue siendo predominantemente europeo y políticamente correcto, aunque sí hay un ánimo de recuperación del espíritu del galardón que hay que agradecer a la Academia Sueca, luego del escándalo que pospuso la entrega del año pasado.

El premio 2018 se otorgó a la polaca Olga Tokarczuk, intelectual y activista de 57 años, psicóloga de profesión, maestra del relato breve, a quien entre otras cualidades se le destaca por emparentar con el realismo mágico. Autora de poesía, novela, ensayo y hasta adaptaciones escénicas, la de Tokarczuk es una trayectoria consolidada, que combina con fortuna el desarrollo de un proyecto literario propositivo y grandes ventas en Polonia, aunque no sea tan mediática, de ahí quizá la sorpresa en algunos círculos en torno a su galardón.

Luego de los dimes y diretes del año pasado, la Academia vio con buenos ojos premiar a una mujer, para sacudirse la inequidad que ha privado desde la creación de los premios, con 115 distinciones para hombres y sólo 15 para mujeres, incluyendo a la polaca.

Reconoció una trayectoria, de una y muchas formas, incuestionable, y sobre todo una personalidad alejada de la polémica, e incluso de los reflectores, aunque eso cambió desde el anuncio, según la propia autora, quien dijo haberse enterado del premio viajando por carreteras alemanas y vivir una conmoción con las miles de llamadas que ha recibido de todas partes para felicitarla y saber de ella.

Desde el anuncio también se han disparado las cifras de los buscadores en internet, que tratan de localizar información sobre ella y sus libros, que en el mercado literario de habla hispana tiene títulos como Los errantes, En un lugar llamado antaño y Sobre los huesos de los muertos, que en 2017 fue llevada al cine.

Para la autora, su premio y el de Handke (1942), ambos de Europa Central, también es un mensaje optimista para la región, que vive problemas de democracia, y están tratando de encontrar su propia forma de lidiar con ello, y de alguna forma estos premios les dan esperanza a su gente, pues les habla de esperanza, de vida, de que siguen activos y tiene mucho que decir.

En el caso del escritor austriaco, con un medio centenar de obras en su haber, entre las que destacan Carta breve para un largo adiós, Desgracia impeorable y El miedo del portero al panalti, su premio deja clara la intención de la Academia de recuperar el prestigio del galardón más allá de su pasado, particularmente del escándalo que involucró a Jean-Claude Arnault y que provocó la dimisión de ocho de sus miembros, tras las 18 denuncias por agresiones sexuales. Esto es claro reconociendo a Handke, de una sólida trayectoria literaria, más allá de la polémica suscitada por el resto de su actuación pública, ámbito en el que particularmente se le criticó por su postura en torno al conflicto serbocroata y su apoyo al militar Slobodan Milosevic.

Ello le valió estar vetado por muchos años de este premio, sin embargo, hoy finalmente se le reconoce su aporte literario, por realizar “un trabajo influyente que con ingenio lingüístico ha explotado la periferia y la especificidad de la experiencia humana”; de ahí que en los sectores literarios y académicos, sobre todo, se le considere un fallo justo, que vuelve a poner en el centro a la calidad literaria, y en ese contexto, también es un veredicto políticamente correcto, que reconcilia al Nobel al menos con algunos de sus detractores; aunque siga habiendo quienes no perdonan a Handke lo que en su momento consideraron una afrenta.

EQUILIBRIO, EQUIDAD Y JUSTICIA…

Al margen de las reacciones suscitadas con el anuncio de los dos premios Nobel de Literatura que se fallaron este 10 de octubre, queda la derrota de quienes aparecieron en la lista y se ilusionaron con ser parte del show que se vive cada año, el 10 de diciembre en Estocolmo, en la afamada recepción del prestigiado galardón, instituido en 1895 y que se entrega cada año desde 1901.

Tendrán que esperar otra oportunidad para figurar entre los ganadores de un premio que desde hace tiempo está cuestionado, sobre todo por su inequidad de género, pero también en ocasiones por su racismo y/o su regionalismo; pues a lo largo de su historia en todas sus categorías acusan la superioridad masculina de los ganadores, que hasta 2017 sumaban 844 hombres, 49 mujeres y 24 organizaciones las que han obtenido el premio.

Por países, la supremacía la tiene Estados Unidos con 377 galardones, seguido por un amplio bloque de países europeos como el Reino Unido (130), Alemania (108), Francia (69), Suecia (32), Suiza (26), Rusia (25), Austria (21) y así, mientras son escasos para países de África, Asia y el resto de América.

En torno a esos cuestionamientos, Anders Olsson, quien preside el Comité del Premio Nobel que falló el de Literatura doble de este año, asegura que los criterios se han ido haciendo más estrictos y buscan ser equitativos, pues se reconoce que hoy en día hay mucha literatura hecha por mujeres que debe ser reconocida.

La empresa no es fácil, dice, pues cada año reciben unas 200 propuestas que van depurando de modo que este año se redujeron a ocho antes de las vacaciones del verano, para a partir de entonces comenzar el conocimiento y las deliberaciones que dieron como resultado los ganadores anunciados. Según él, se optó por premiar una literatura de rasgos más globales. Lo difícil es elegir sólo uno y eso se debería entender antes de satanizar los premios.

Este año, por ejemplo, han quedado en las ternas nombres interesantes como el de la guadalupeña Maryse Condé, versátil escritora en lengua francesa, activista, difusora de la historia y la cultura africanas, quien tiene una obra amplia centrada en asuntos raciales y de género, y que aunque ha sido objeto de múltiples reconocimientos, entre ellos el Nobel alternativo que editores y libreros otorgaron el año pasado ante la suspensión del premio sueco, quizá nunca llegue a Estocolmo, pues a veces se impone el equilibrio y la equidad a la justicia.

Así que seguramente seguirán repitiendo, como lo había hecho Handke, el italiano Claudio Magris, la canadiense Margaret Atwood o el británico Julian Barnes; se sumarán a la lista plumas frescas y punzantes que cautivan en los foros internacionales como la de Chimamanda Ngozi, y se colaran los candidatos lanzados a la puja por el mercado literario, como parece ser el caso del japonés Haruki Murakami.

LA APUESTA LATINOAMERICANA

Para algunos, pensar en la parcialidad del Nobel puede ser ocioso en el continente donde más que más premios se requiere de un mayor nivel de exigencia que el impuesto por el mercado, porque lo que exhiben países de América Latina con una gran tradición literaria, incluido México, es falta de calidad, de escritores con oficio, talento y facultades, que sean capaces de crear obras más ambiciosas, provocadoras, con un aporte no sólo temático sino estético.

En las ternas de este año, por ahí se colaron nombres como el del argentino César Aira y el del colombiano Juan Gabriel Vázquez, pero nada más, eso habla de un vacío en cuanto a ese tipo de obras que configuren un proyecto estético sólido, exigente, sofisticado, que nos rete como lectores.

Coincidimos con el crítico literario Héctor Orestes Aguilar, en el sentido de que “más que premios necesitamos escritores sobresalientes y lectores exigentes que acepten los retos que le impongan escrituras más consolidadas”. Es necesario, opina, que los escritores y las escritoras se impongan mayor rigor, que no cedan a publicar con la premura que dicta el mercado, que sean capaces de generar no sólo proyectos narrativos sino literarios de gran calado, de mucha intensidad, con voces y proyectos singulares, eso sería lo deseable para nuestra lengua.

Para él, el último novelista mexicano con esas características de calidad fue Fernando del Paso, pero ya murió, eso no quiere decir que México no tenga opciones, aclara, porque sí se están escribiendo libros interesantes, atractivos e importantes, y por ahí deberían mantener su línea, más allá de la aspiración a premios, con una apuesta personal por una obra más consistente, audaz, propositiva.

“Esperamos más libros de Fernanda Melchor, Ana García Bergua, Cristina Rivera Garza, Álvaro Enrigue, Juan Pablo Villalobos, Emiliano Monge, que están aportando cosas importante y pueden ir creciendo más, por ahí pueden encontrarse proyectos consistentes que nos den obras de otro orden, a Guadalupe Nettel podemos pedirle mucho más, a la misma Mónica Lavín, creo que son autoras que todavía tienen algunos recursos por explotar y por ahí hay que esperar obras de mayor calado, son escritores que tienen un oficio innegable, que tienen libros interesantes y en la medida que sigan optando por una literatura singular tendrán mejores obras”.