EL PLACER CONTEMPLATIVO DE KAWABATA Y DE GARCÍA MÁRQUEZ

Más de dos siglos de aislamiento japonés, transcurridos de principios del siglo XVII a mediados del XIX, no hicieron mella en la influencia que la cultura nipona ha tenido en occidente, especialment...

Más de dos siglos de aislamiento japonés, transcurridos de principios del siglo XVII a mediados del XIX, no hicieron mella en la influencia que la cultura nipona ha tenido en occidente, especialmente en materia literaria, como lo evidencia el hecho de que autores como Yasunari Kawabata (1899-1972) haya inspirado ensayos, estudios y hasta literatura de autores varios, entre ellos el Premio Nobel de Literatura 1982, Gabriel García Márquez (1927-2014).

La del precursor del realismo mágico es de las más importantes, quizá porque además es la más evidente, pues él mismo se encargó en diversas oportunidades en pregonar su admiración por el autor japonés. “Estoy convencido: las novelas japonesas tienen algo en común con las mías”, dijo en alguna ocasión, sin poder explicar qué le daba esa sensación.

“Algo que no podría explicar, que no sentí en la vida del país durante mi única visita al Japón, pero que a mí me parece más que evidente”, expresó en uno de los artículos que integran su producción periodística, en el que reconoce que “la única (novela japonesa) que me hubiera gustado escribir es La casa de las bellas durmientes, de Kawabata”.

La historia se desarrolla en una mansión de los suburbios de Kyoto, donde los ancianos burgueses pagan enormes sumas de dinero para disfrutar de una refinada forma de amor: pasar la noche contemplando a las muchachas más bellas de la ciudad, que yacen desnudas y narcotizadas en la misma cama, sin poder despertarlas o tocarlas, y donde la satisfacción más pura de ese placer senil es soñar a su lado.

Según el crítico literario Christopher Domínguez Michael, en un artículo publicado en el 2004, fue a principios de los años 80 cuando García Márquez leyó la mencionada obra del escritor japonés y, como muchos, sucumbió a los encantos del que es considerado uno de los relatos eróticos más perturbadores de la literatura universal; antes de ello no tenía referente alguno sobre la literatura de aquel país.

En 1982 escribió un primer artículo sobre el autor, una década después de que éste se hubiera suicidado, en el que admite que en esa época se había obsesionado a tal grado con la literatura japonesa que no había leído otra cosa en un año. El texto acabó convertido en (El avión de la Bella Durmiente) uno de los 12 Cuentos Peregrinos, publicados sin mayor gloria en 1992.

En esos años, García Márquez empieza a juguetear con la idea de acabar sus días como un viejo novelista japonés y, en ese sentido, Memoria de mis putas tristes (2004) es una especie de testamento, aunque no el único, dado que otros guiños de su literatura con el espíritu del nipón se hallan en novelas como El amor en los tiempos del cólera (1985) y Del amor y otros demonios (1992), acota el crítico.

Sobre el tema abunda Francisco González Flores, un investigador de la Universidad de Standford, en su artículo: Gabriel García Márquez y Yasunari Kawabata: El Bel vivir y el Bel morir, donde analiza las actitudes opuestas adoptadas por los protagonistas de ambas obras al final de sus días y el papel central de los personajes femeninos, quienes conducirán a cada anciano a su destino final: una buena muerte para Eguchi y una bella vida para el sabio sin nombre de García Márquez.

Eguchi recuerda una vida de amores y desamores, rememora a sus hijas y a su madre, para luego sumergirse en un sueño artificial inducido por los narcóticos que lo esperan cada noche en su almohada. La juventud, la belleza y la supuesta virginidad de las jóvenes durmientes son la única reminiscencia de vida en este lugar. Todo lo demás, incluido el ambiente, el clima y desde luego la agresividad de los pensamientos del viejo hacia las muchachas dormidas, sólo habla de muerte.

En Memoria de mis putas tristes, García Márquez también realiza un ejercicio de rememoración de un pasado ya lejano ante la proximidad lógica de la muerte. El protagonista es un periodista que en su cumpleaños 90 quiere darse el placer de una noche de amor con una prostituta virgen de 14 años, quien toma un calmante y se queda dormida. El periodista no quiere despertarla y permanece toda la noche a su lado, disfrutando del desconocido placer de la mera contemplación, gozo que seguirá buscando en noches sucesivas.

La premisa en ambas historias, explica González, es la misma; lo que las distingue es la actitud de los ancianos ante la cercanía física de la juventud y la proximidad temporal de la muerte. El viejo sabio de García Márquez escribe sus memorias no por nostalgia del pasado, sino, a modo confesional, como “alivio de mi conciencia” y “glorificación de la vejez”.

Otros rasgos son la muerte y la violencia que tienen lugar en ambas ficciones, aunque en Memoria… éstas aparecen desprovistas del carácter lúgubre y demoníaco de la historia de Kawabata.

Pero, la obra de García Márquez es un homenaje, una inspiración o un abierto plagio, se pregunta por su parte la revista de crítica literaria Alhamar, para responderse que: si bien Kawabata toca todas las obsesiones sexuales de la mente oriental, que en el fondo son las mismas de la mente occidental y caribeña de García Márquez, unas son trastocadas de sutileza y mesura, las otras de exuberancia y exageración, y que no podría hablarse de plagio ni inspiración porque, en su opinión, se trata de dos obras que tratan el mismo tema de sensualidad y muerte, el círculo de la vida cerrándose sobre sí mismo. Tema que García Márquez había tratado varias veces en su obra.

Tampoco encuentra punto de comparación por considerar la de Kawabata, unas de sus obras cumbre, y la otra, una obra menor de García Márquez (la crítica no gustó especialmente de este libro). Lo que es un hecho, dice, es el sentimiento común de soledad ante la vejez que todos los humanos tenemos y de la idea de vitalidad que deriva de la sensualidad en ambos relatos.