FRAGMENTO DE YASUNARI KAWABATA

La bailarina de Izu (1926)

La bailarina de Izu (1926)

…Apenas habría transcurrido una hora, cuando, por el ruido, comprendí que los músicos se disponían a partir. ¿Cómo podía yo permanecer allí tranquilamente? El corazón me latía con fuerza, pero sentía tanta ansiedad que no tenía el coraje para ponerme de pie. Aunque eran avezados viajeros, caminaban lentamente, así que sin duda podría alcanzarlos aun cuando saliera con un par de kilómetros de desventaja. De todos modos, sentado junto al brasero, me impacienté. Una vez que los artistas se hubieron marchado, mis ensueños comenzaron una vívida e imprudente danza. La anciana regresó cuando hubo despedido a los actores.

-- ¿Dónde piensan quedarse esta noche? --pregunté.

-- No hay manera de saber dónde va a quedarse gente como ésa, ¿no es cierto, joven? Donde sea que puedan atraer una audiencia, allí es donde se quedan. No importa el lugar. No creo que gente de esa clase haya pensado en uno.

El desdén que se ocultaba en las palabras de la mujer me afectó de tal manera que pensé: “Si eso es verdad, entonces haré que la bailarina se quede conmigo esta noche en mi habitación”.

La lluvia cesó y la cima de la montaña se despejó. La vieja intentó demorarme más tiempo, diciéndome que el cielo estaría limpio por completo si tan sólo esperaba diez minutos. Pero yo no podía quedarme sentado allí.

-- Por favor, cuídese -- le dije al anciano--. Hará más frío. -- Le hablaba con sinceridad mientras me ponía de pie. Volvió hacia mí sus ojos amarillentos y asintió levemente con la cabeza.

-- ¡Señor! ¡Señor! --La vieja me siguió hasta afuera--. Esto es demasiado dinero. No puedo aceptarlo.

Agarró mi bolso con ambas manos y se negaba a entregármelo. No escuchaba, no importaba cuánto intentara yo disuadirla. La mujer dijo que me acompañaría un rato por el camino. Repetía las mismas palabras mientras se revolvía detrás de mí a lo largo de unos cien metros.

-- Es demasiada generosidad. Disculpe que no lo hayamos atendido mejor. Me aseguraré de no olvidar su rostro. Cuando pase por aquí nuevamente, haremos algo especial para usted. Asegúrese de parar aquí la próxima vez. No lo olvidaré.

Parecía muy trastornada, como si estuviera al borde de las lágrimas, simplemente porque le había dejado un billete de cincuenta yenes. Pero yo sentía impaciencia por alcanzar a los bailarines, y el ritmo de la vieja me estorbaba. Por fin, llegamos al túnel del desfiladero.

-- Muchas gracias –dije--. Ahora es mejor que vuelva. Su esposo está completamente solo. -- La anciana finalmente soltó el bolso.

Frías gotas de agua se desplomaban dentro del túnel, oscuro. Enfrente, el diminuto portal que conduce al sur de Izu se volvía cada vez más brillante.

El camino de montaña, salpicado a uno de los costados de estacas pintadas con cal, bajaba desde la boca del túnel como un relámpago dentado. La escena parecía un paisaje en miniatura. Podía distinguir a los actores itinerantes allá abajo. No tardé ni un kilómetro en alcanzarlos. Hubiera sido demasiado obvio disminuir el paso abruptamente, así que con aire despreocupado adelanté a las mujeres. Cuando el hombre que caminaba a unos veinte metros de los demás notó mi presencia, se detuvo.

-- Usted camina rápido… Tenemos suerte de que haya escampado --dijo.

Aliviado, seguí al paso del hombre. Me hizo todo tipo de preguntas. Al ver que hablábamos, las mujeres se apuraron para unirse a nosotros.

El hombre cargaba un gran baúl de mimbre en la espalda. La mujer de unos cuarenta años llevaba un cachorro en brazos. La muchacha mayor sujetaba un atado de ropa. La joven del medio también tenía un baúl de mimbre. Cada uno transportaba algo. La bailarina llevaba en la espalda un tambor con pie. Poco a poco, la mujer que aparentaba tener unos cuarenta años comenzó a hablarme.

-- Es un estudiante de los grados superiores --le susurró la muchacha mayor a la bailarina. Cuando me volví, sonrió--: Es cierto, ¿no? Por lo menos sé eso. Los estudiantes siempre visitan la isla.

Eran originarios de la ciudad portuaria de Habu, en Oshima, la isla más grande del extremo sur de la península de Izu. Habían deambulado de un lado a otro desde que partieron de la isla en primavera, pero se estaba acercando el frío y no habían realizado aún los preparativos para el invierno. Dijeron que planeaban quedarse en Shimoda diez días y luego cruzar a la isla desde las termas de Ito. Al oír que hablaban de Oshima, sentí aún más lo poético de la situación. Nuevamente, eché una ojeada al encantador cabello de la bailarina. Les hice varias preguntas sobre Oshima.

-- Muchos estudiantes llegan a la isla para nadar, ¿no? --le dijo la bailarina a la joven que la acompañaba.

Di media vuelta en dirección a las jóvenes.

-- En verano, ¿cierto?

La bailarina pareció turbada.

-- En invierno también --me pareció oír que respondía en voz muy baja.

-- ¿En invierno también? --pregunté.

La bailarina simplemente miró a su compañera y lanzó una risita nerviosa.

-- ¿Puede uno nadar en invierno también? --pregunté de nuevo. La bailarina se ruborizó. Asintió, con una expresión seria.

-- Esta muchacha es tan tonta… --dijo la mujer más vieja, riendo…