YASUNARI KAWABATA O LA LITERATURA TRADICIONAL DE JAPÓN

La pulsión de muerte recorrió la vida del escritor japonés, Premio Nobel de Literatura 1968, Yasunari Kawabata (Osaka, 11 de junio de 1899-Zushi, 16 de abril de 1972), como se puede descubrir en su...

La pulsión de muerte recorrió la vida del escritor japonés, Premio Nobel de Literatura 1968, Yasunari Kawabata (Osaka, 11 de junio de 1899-Zushi, 16 de abril de 1972), como se puede descubrir en su obra, un sentimiento que tiene sus raíces en su propia vida, marcada por la tragedia desde su infancia al haber quedado huérfano de sus padres a los cuatro años de edad y luego de sus abuelos, a los que perdió a los 15, y en la tradición cultural y literaria de su país que tanto amaba.

La trayectoria literaria de quien es uno de los más grandes escritores japoneses de todas las épocas se puede dividir en dos tiempos, el primero es el de su juventud, escrita antes de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y el segundo es el de madurez, después de la conflagración que su país vivió dramáticamente y hasta su muerte. Pero el autor es más conocido por la última etapa, la que sin duda pesó más para que en 1968 se le otorgara el Premio Nobel de Literatura. En ella que retoma el culto a la belleza que existe en la tradición literaria de Japón, pero vinculada a la nostalgia, a la tristeza e incluso a la muerte, debido que se trata de una herencia que se pierde por la modernización.

Sin embargo, la primera etapa tiene también ejemplos literarios muy interesantes, señala en charla con Litoral el investigador asociado de El Colegio de México Guillermo Quartucci, maestro en estudios de Asia y África con especialidad en Japón, principalmente en literatura moderna y contemporánea del país del Sol naciente, medios de comunicación, arte, cultura y sociedad. Aclara que hay elementos que se mantienen a lo largo de su trayectoria literaria, pero otros cambias de una etapa a la otra. En la primera se trata de un joven interesado, con oficio, pero que desarrolla una temática de época, cuando se fraguaba la primera modernización de su país, una que hacía más democrática a la nación y respetaba la tradición ancestral

Un ejemplo de lo anterior es su novela La pandilla de Asakusa (1930), que retrata al Tokio que se moderniza, occidentaliza, con sus teatros de revista, cine, cafés al aire libre e incluso la prostitución, es decir de lo que concierne a una ciudad que se vuelve grande, cosmopolita. Muestra a un país que voltea a Occidente y busca cómo adaptarse a la nueva corriente que recorre el mundo.

Cabe recordar que en los años 20 integra con otros jóvenes escritores un grupo que se propone modernizar la literatura japonesa, escuela a la que se conoce como nueva sensibilidad, que mira mucho a las vanguardias que predominaban en Europa, y entonces en su trabajo se pueden encontrar rasgos de surrealismo, de futurismo; de influencias del cine en la literatura, arte que era mudo todavía pero que concentraba el interés de las mayorías. Sin embargo, esa corriente no significaba romper con el pasado, sino ponerlo al día, ver que se puede rescatar y utilizar algunos mecanismos para actualizarlo.

Producto de ello es el guion cinematográfico que escribió para la película Una página de locura, de 1926, en el que se pueden encontrar rasgos de filmes como Un perro andaluz, de Luis Buñuel y Salvador Dalí, o de Jean Cocteau. Se trata de un largometraje totalmente surrealista, filmado en un manicomio. En este trabajo se ve un Kawabata que no reconocerán quienes han leído sus obras de la segunda etapa, pero es él con sus inquietudes renovadoras.

En su segunda etapa, continúa el experto, desarrolla un estilo vago, misterioso, con una pulsión de muerte, pero siempre dentro de un marco de belleza crepuscular, que es lo más apreciado en el autor, y para este estilo abreva de la literatura clásica de Japón, esa que es sutil, ligera, sublime, descriptiva de la belleza y que ocurre a la vez de una forma bella para describir lo que es efímero, que no tiene otro remedio que desaparecer, morir, como ocurre incluso con el hombre. Con esa aura envuelve sus historias, que a veces son incluso perversas, como se puede ver en La casa de las bellas durmientes, en la cual hay un contrasentido entre la historia que se cuenta y el cómo se hace.

Un elemento que puede explicar el nuevo sentido de su literatura en la segunda etapa no es la modernización, la occidentalización de Japón, sino la Segunda Guerra Mundial, en particular las consecuencias para el Japón: país ocupado durante siete años por fuerzas invasoras encabezadas por el general estadounidense Douglas MacArthur y la imposición de reglas con las que se cambiaron estructuras que estaban enraizadas en antiguas tradiciones culturales, que de esta forma fueron resquebrajadas.

Entonces es cundo Kawabata se lanza a rescatar la tradición previa no sólo a la Segunda Guerra Mundial sino a la occidentalización del Japón. Repasa entonces a los clásicos de su país, en particular La novela de Genji, escrita mil años atrás y que el Premio Nobel 1968 consideraba lo más excelso que se había escrito en el país. Si uno compara esa novela con la forma de su escritura notará que hay muchas similitudes. Es decir, esa sensibilidad frente a lo fugaz de las cosas, como la juventud, la belleza o notar que la naturaleza tiene sus ciclos de muerte y resurrección. Esa tradición estética es la que recupera y la pone en el centro de su creación, como incluso lo describe en su discurso de aceptación del Premio Nobel, al que titula El bello Japón y yo.

En ese texto habla de cuánto debe su literatura a esa tradición, al budismo zen, que él practicaba, creencia que busca alcanzar el grado de iluminación, explica al anotar que contra esa concepción Kenzaburo Oe, el siguiente Premio Nobel de Japón, en 1994, redacta su discurso de aceptación bajo el título El ambiguo Japón y yo, donde dice que lo que quiere es hablar del Japón posterior a la Segunda Guerra Mundial, con todas sus contradicciones.

A Yasunari Kawabata se le puede considerar la quintaesencia del escritor, es decir alguien que ha convertido su vida en literatura. Al también escritor Yukio Mishima le admiraba la facilidad que tenía para transformar su enorme mundo interior en escritura, señala al desmontar la idea que se ha formado de que la muerte del segundo ocasionó su suicidio, porque incluso escribe el discurso de responso, que lee por cierto en un templo zen en Tokio. Mishima es su más cercano amigo, a pesar de la diferencia de edades, 26 años, y Kawabata consideraba que quien debía haber recibido su Nobel era el autor de Confesiones de una máscara, a quien no se da por su posición política, como un militante en contra de la modernización de Japón.

El también autor de El llamado de la montaña (1954), Mil grullas (1952), País de nieve (1937) o Lo bello y lo triste (1964) se suicida el 16 de abril de 1972 al inhalar el gas que se desprendía de las llaves de paso que deja abiertas, y esta forma de morir se explica por muchos factores, no solo uno, como son los fantasmas que se acumulan en la vida de cualquier persona, como el que haya quedado huérfano a temprana edad o su tristeza. Todo ello hace eclosión en la pulsión de muerte que le acompaña toda la vida.

Su obra era prácticamente desconocida en español hasta que recibió el Nobel, cuando se hacen las primeras traducciones al idioma de Cervantes y que hoy en día permite disfrutar de obras como La bailarina de Izu (1926), su primera publicación; El llamado de la montaña o La casa de las bellas durmientes, que otro Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez reconocía como su lectura favorita de Kawabata y que le inspiró para escribir sus Memorias de mis putas tristes.

Antes de suicidarse publica Historias de la palma de la mano (1972) y Lo bello y lo triste (1964), novela que habla del concepto del Japón tradicional, zen, de mono no aware, que significa la tristeza de las cosas, y la tristeza fue un sentimiento que acompañó a Kawabata toda su vida.