HARUKI MURAKAMI Y SUS LETRAS REBELDES

El reconocimiento de una mediana inteligencia y habilidades para contar historias, escribir lo que quiere, cuando quiere; no preocuparse por lo que digan los demás de su literatura y sobre todo no pe...

El reconocimiento de una mediana inteligencia y habilidades para contar historias, escribir lo que quiere, cuando quiere; no preocuparse por lo que digan los demás de su literatura y sobre todo no pensar en premios como algo que determine su actividad, son algunos de los mayores aciertos que han hecho del japonés Haruki Murakami (1949) un fenómeno de la literatura contemporánea, capaz de conjugar prestigio narrativo y grandes ventas en todo el mundo.

Acusado por sus detractores de escribir pensando en el gusto del lector occidental, él simplemente se define como un autor independiente que escribe lejos del canon, sobre todo de la tradición literaria de monstruos sagrados de su país como Yasunari Kawabata (1899-1972); un individualista incapaz de interactuar con el mundo literario al cual pertenece por azar, debido en parte a su desconocimiento del mismo, pero también al desinterés que le provoca.

De él se dicen muchas cosas, pero ¿qué dice él de sí mismo? Basta leer De qué hablo cuando hablo de escribir, un texto claro sobre lo mucho que le despreocupa todo el mito creado a su alrededor y que sirve para perfilar al hombre que cree en lo misterioso de la vida, en lo fortuito de algunas señales, en la honestidad de un impulso, en la rebeldía de su juventud y en el instinto desarrollado a partir de la experiencia.

Un hombre que defiende la originalidad como la única certeza para continuar una carrera literaria más o menos afortunada, pero ante todo un tipo que si algo ha tenido a lo largo de estas cuatro décadas de escribir novelas es honestidad y coherencia consigo mismo y, por tanto, con sus lectores que, a la par de un sector de la crítica, lo han encumbrado como uno de los máximos representantes de la literatura japonesa contemporánea.

Haruki Murakami nació en Kyoto, Japón, el 12 de enero de 1949, aunque pasó la mayor parte de su infancia en Hyogo. Sus padres, un sacerdote budista y una comerciante de Osaka, enseñaban literatura japonesa que él devoró como lo hizo con muchos otros libros, lo cual explicaría, ha dicho, su gusto por las letras y alguna facilidad para armar frases y expresar ideas.

Según palabras de él mismo, fue criado en una tranquila zona residencial, en el seno de una familia pequeño burguesa de asalariados, y nunca padeció grandes insatisfacciones, carencias o cosas así. Disfrutó de una niñez sin sobresaltos, con notas del colegio que no eran de las mejores, pero tampoco de las peores. Se sabe que vivió una juventud rebelde, que se casó antes de terminar sus estudios y abrió un bar de jazz en Tokio, de nombre Peter Cat, que lo absorbía por completo, y el cual regenteó entre 1974 y 1981. Al lado de su mujer decidió no tener hijos porque no tenían la confianza de la generación de sus padres en que el mundo mejoraría.

Hasta aquí, señala él mismo, no había vivido nada que pudiera haber sido objeto de una novela, quizá por ello es que nunca antes de los 29 años imaginó que se iba a dedicar a escribir, pero de pronto, mientras veía en vivo un partido de béisbol, lo sorprendió lo que él llama una epifanía, la certeza de que él podía ser escritor y se dejó llevar por el impulso hasta completar la escritura de Escucha la canción del viento (1979) que en primera instancia lo decepcionó, pero que reescribió para darle la seguridad de que siempre podría ser mejor.

La novela resultó ganadora de un premio para jóvenes escritores y le abrió la puerta para dejar un poco la barra de su bar y dedicarle de tanto en tanto algún tiempo a sus impulsos literarios que, a ritmo de jazz, crecieron menos que su fama y el debate público sobre la calidad de una literatura que no busca la perfección estética que agrade a los académicos, o complacer a los críticos, a quienes desdeña porque, asevera, hablan de cosas que desconocen cuando intentan desentrañar sus misterios.

Para los estudiosos, la literatura del japonés puede ser clasificada como pop, postmoderna y hasta surrealista, por estar salpicada de extraños acontecimientos, golpes al azar, amantes inesperados, música clásica, mayormente jazz, y alguno que otro gato.

Y fue así hasta que escribió Tokio Blues (1987), una novela que abandona su onírico estilo y se desliza por el realismo. Cansado de la crítica en su propio país, Murakami se muda a Europa donde pueda escribir a su aire y en un ambiente tranquilo, sin ruido del exterior, en cierta forma esperando que a su regreso los vientos hayan cambiado y se le reciba de una manera más amable, pero no en que su trabajo fuera malo, sino siempre perfectible.

A lo largo de los años, el autor ha escrito textos notables entre los cuales la crítica ha sabido ponderar a Sputnik mi amor (1999), en el que hay un interesante cruce entre sus dos estilos, el onírico y el realista; pero también otros textos como La caza del carnero salvaje (1982), al que se considera emblema de “una fuerza maníaca de las confesiones escritas al tirón”.

Lo cierto es que escriba lo que escriba es un autor siempre en la mira de la prensa y desde hace unos años se ha convertido en tema recurrente, especialmente en el último trimestre del año, cuando se difunden las ternas a los Premios Nobel y se designa el ganador de la categoría literaria, más como una obsesión periodística que como una verdadera preocupación del autor que este año cumple cuatro décadas como escritor de novelas.

Sobre el particular, Murakami lo dice a voz en cuello, ganar premios difícilmente habrían cambiado la evolución de su escritura, porque éstos no determinan lo que él piensa sobre su quehacer literario, Por el contrario, ha dicho, recibirlos por obras con las que él mismo no ha quedado del todo conforme sólo le habrían provocado una profunda desconfianza en el criterio de quienes lo galardonaban.

Postulado vox populi para ser incluido en la fatídica terna, al menos en tres ocasiones, Murakami debe estar lejos de acercarse al gusto de quienes hacen esa designación, como lo han estado por años los escritores japoneses (sólo han sido premiados dos en 115 años –Kawabata y Kenzaburo Oe-), lo cual lo tiene sin cuidado, y también a sus lectores, que siguen con gran expectativa la aparición de cada nueva historia del autor de otras novelas como Baila, baila, baila; Kafka en la orilla, After Dark, 1Q84, Los años de peregrinación del chico sin color y La muerte del comendador.

Aunque también se ha dado tiempo de escribir colecciones de relatos como Hombres sin mujeres, El elefante que desaparece o Después del terremoto; ensayos como Underground, De qué hablo cuando hablo de correr y De qué hablo cuando hablo de escribir y Retrato en Jazz I y II, éstos últimos aún sin traducidos al español; cuentos ilustrados como Sueño o La chica del cumpleaños y charlas, como la que sostuvo con el director de orquesta japonés Seiji Ozawa.