Bajo el puente, por Fernando de Ita

[Ahora es el crítico teatral Fernando de Ita el que nos entrega esta lectura dominical. Cuarenta y dos años como periodista de la cultura, mucha vida bajo el puente. La muerte lo ha convertido en el...

[Ahora es el crítico teatral Fernando de Ita el que nos entrega esta lectura dominical. Cuarenta y dos años como periodista de la cultura, mucha vida bajo el puente. La muerte lo ha convertido en el decano de la crítica teatral en México. La muerte de sus predecesores.]

Teatro regio

Fernando de Ita

Cuarenta años después de mi primera visita a Monterrey como crítico del drama y de la escena vuelvo a la ciudad de la silla, el cabrito y la cerveza a la edición número 21 del Festival de Teatro de Nuevo León para observar que muchas cosas han cambiado en esta región del noreste mexicano, salvo los calorones de agosto. Aquí está el primer “gobernador independiente” de la Federación, que a decir de la prensa y la radio bemba (la noticia boca a boca) es otra de las decepciones mayúsculas de nuestro sistema político.      Llegué aquí inicialmente cuando el gobierno del infausto Alfonso Martínez Domínguez estaba cambiando el rostro del Centro Histórico de la capital del estado y fui testigo de la inauguración del Teatro de la Ciudad, el 7 de diciembre de 1984, con la presencia de Miguel de la Madrid, el presidente financiero sin el menor interés por la cultura. Por el contrario, en esos años la poderosa Iniciativa Privada del estado participaba activamente en la infraestructura cultural de la ciudad y el apoyo a las bellas artes y el recinto mencionado era el epicentro del cambio generacional que se estaba dando en el teatro regio. Los jóvenes que se formaron directamente o por influencia con la mítica Lola Bravo eran ya los actores y directores del momento: Julián Guajardo, Rubén González Garza, Sergio García, Luis Martín, Virgilio Leos, entre otros camaradas, pugnaban por un teatro que oliera a carne asada, con aliados como el dramaturgo Guillermo Schmidhuber. A ese movimiento se sumaron, bajo el cobijo de la UANL, Gerardo Ávila, Gerard Valdés y uno de los talentos singulares de aquel conglomerado: Javier Serna. Por la ausencia de mujeres en el elenco notará el lector que el patriarcado era el sustento no sólo de aquel teatro sino  de aquella sociedad.      La generación siguiente rompió con el teatro realista de sus mayores y con la ilustración de los textos canónicos de la dramaturgia mexicana… pero no del todo con el paternalismo nacional. Jorge Vargas, Fernando Leal y Gabriel Contreras no fueron los únicos irruptores de la tradición, pero sí los más sobresalientes como directores, actores y autores a partir del “teatro físico” de los noventa en el que ya había una figura femenina a su misma altura: Leticia Parra. En contraste, las mujeres compiten hoy de tú a tú con los machines en la producción del teatro local siendo cinco de ellas las responsables de dos de las obras más impactantes del Festival de Teatro de Nuevo León que abrió telón el 4 de agosto y lo dejó caer el sábado 10 del mismo mes.      Los años setenta fueron de gran turbulencia política en el estado. El secuestro y asesinato del empresario Eugenio Garza Sada en 1973 tensó la cuerda con el presidente Luis Echeverría y fue la causa de la desaparición del hijo de Rosario Ibarra de Piedra. Ése crimen de Estado y el dolor y la entereza de una madre fueron el origen de esa parte de la sociedad civil que ahora se ha multiplicado en la búsqueda de los miles de ausentes enterrados en las fosas clandestinas del país. La desaparición de Jesús Piedra también es el motor de Zurrúbela, el despertar de Monterror, un espectáculo a caballo entre la historieta y el teatro testimonial que estará en la Ciudad de México próximamente, así que es pertinente hacer una mínima reseña de su continente y su contenido.      En un espacio muy reducido, diseñado por Iván Ontiveros, Carmen Alanís y Morena González cuentan la fábula de una niña que anhela ser niño y, cuando lo consigue en su juventud, es víctima de un crimen de odio. En respuesta, su hermana mayor se convierte en el azote de los políticos corruptos y los feminicida. Es notable la creación del personaje, tanto por el vestuario estilo mamarracho de las hermanas Gala como por la interpretación de Morena González. “Zurrúbela” es el personaje fantástico que tantas mujeres indignadas quisieran adoptar para castigar a sus verdugos, de manera que, sí, está construido con perspectiva de género, como una heroína de cómic que alimenta su ira con los testimonios reales de la imparable violencia cotidiana en contra de las mujeres. Hay un video de doña Rosario clamando justicia que enchina la piel. El reguetón y la cumbia no podían faltar en un espectáculo sobre la marginación y la violencia. Cuando llegue a la Ciudad de México no se pierdan este biodrama regio.      La historia de la Isla de las Pasiones, el atolón situado a mil 200 kilómetros de la costa de Acapulco, que Francia le peleó y ganó a México a finales del siglo XIX y principios del XX, es fantasmagórica. Descubierta en el siglo XVI y rebautizada en el siglo XVIII como Clipperton por el corsario inglés John Clipperton, que ocultó por un tiempo ahí sus fechorías, tenía como único tesoro un montón de mierda. Como el guano de las aves marinas se utilizaba en esos tiempos como fertilizante, primero la marina francesa y luego una compañía gringa le disputó a México el ridículo arrecife de tan sólo cinco kilómetros de longitud y dos kilómetros de diámetro, y apenas cien pobladores. La demencia que provocó el aislamiento y el desacuerdo de los hombres al mando atrajo la atención del dramaturgo y director David Olguín, quien convirtió la tragedia real de Clipperton en una fábula sobre la insensatez de nuestros días.      Ese delirio fue llevado a la escena de Monterrey bajo el nombre de La isla por una particular mancuerna de edades, formaciones y talentos. Mayra Vargas es una joven directora que pasó de la asistencia de dirección a la dirección misma en poco tiempo. Elvira Popova es doctora en teatro y una de las inteligencias más preclaras del teatro regio. Ambas contaron con once actores de diversas generaciones y un equipo de producción que logró un notable acoplamiento y algo que no es fácil hacer en un arte vivo y presencial como es el teatro: figurar lo imaginario, eso que los griegos llamaron obscenia: lo que  está fuera del relato, lo que sólo se narra y ocurre fuera de la escena, en éste caso la isla, el mar, el delirio, la muerte. Este montaje ya estuvo en la Ciudad de México pero sin duda se presentará en otros escenarios del país por su calidad dramática y estética.      La mención de Lola Bravo y Elvira Popova me hace agregar el nombre de la dramaturga, directora y maestra Coral Aguirre como contrapeso al dominio masculino del teatro regio. Curiosamente, las tres son foráneas: Lola nació en Lagos de Moreno pero se formó con otro mítico: Seki Sano, en el entonces Distrito Federal; Elvira es de Bulgaria y Coral de Argentina. Afortunadamente para el teatro de Nuevo León hoy las actrices, autoras, directoras, diseñadoras y productoras de la invención dramática y escénica están a la par o ligeramente arriba del sexo opuesto, aunque sigue siendo un varón, el histórico Roberto Villarreal, quien lleva la batuta del teatro público del estado. Con tantos años de mover ese abanico pudo evitar que el Festival más consistente del teatro regional pudiera realizarse éste año a pesar de los recortes presupuestales que afectan a las instituciones culturales de todo el país. Larga vida al teatro regio.