EL UNIVERSO BORGIANO DESDE LA ÓPTICA DE LA CRÍTICA

Consolidado crítico literario, Christopher Domínguez Michael (México, 1962) escribió hace unos años un interesante ensayo para la colección Para entender…, dedicado al escritor argentino Jorge...

Consolidado crítico literario, Christopher Domínguez Michael (México, 1962) escribió hace unos años un interesante ensayo para la colección Para entender…, dedicado al escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986), donde comparte su vasto conocimiento en torno a la vida y obra de quien es considerado un personaje central de la literatura y el pensamiento del siglo XX, en el que destacó, entre otros méritos, su capacidad para inventar universos y modelos de escritura.

En el texto, publicado por Nostra ediciones, el crítico aborda el personaje desde su asombro de joven lector, pero también con la pasión del escritor y la amplia visión que le da su oficio de crítico literario, aportando pistas irrefutables para conformar un retrato informado de Borges, un autor que no es fácil, pero que tampoco apunta a ser incomprensible para el lector común.

En su primera época, dice, fue tal como se esperaba: un vanguardista, provocador, gregario, ávido de construirse una identidad, ejerciendo distancia activa con la tradición, organizando cenáculos y revistas efímeras; observador entusiasta de los experimentos sociales, como se aprecia en Fervor en Buenos Aires, su primer poemario, publicado en 1923.

A partir de ahí y hasta la publicación de sus Obras completas en 1974, transcurre poco más de medio siglo de creación infinita (poesía, cuento, ensayo y más) que despierta las más diversas reacciones, cita Domínguez, quien recuerda a John Updike comentar que “las innovaciones narrativas de Borges surgen de un claro sentimiento de crisis de la literatura como técnica. A pesar de su modestia y tono de moderación, Borges propone una suerte de revisión esencial de la literatura misma”.

Mientras que Goerge Steiner criticaba en 1970 la aparición de mimos que por todas partes imitaban a Borges. “Existen mágicos giros de frase que muchos escritores, e incluso muchos estudiantes poseedores de buen oído pueden imitar: los cambios de tono en los que Borges se desaprueba a sí mismo, las fantásticamente abstrusas referencias históricas y literarias que abundan en su narrativa, la alternativa de frases directas y escuetas y las sinuosamente evasivas. Las imágenes claves y las marcas heráldicas del mundo de Borges ya forman parte del uso literario corriente”, aseveraba.

Su boom viene después de la publicación de El hacedor (1960) y de que gana el premio Formentor, que le vale popularidad y fama en su propio país, cuando ya es un escritor maduro, que ya había publicado El Aleph (1949), su libro más fantástico, y Otras inquisiciones (1952), para muchos su mejor volumen de ensayos.

Su ceguera temprana es una de las razones que lo lleva a trabajar en colaboración, por ejemplo, con Adolfo Bioy Casares (1914-1999), con quien escribe seis libros entre 1942 y 1977. A él le reconoce muchas cosas, entre ellas, como alguna vez sentenció: “Frente a mi gusto por lo patético, lo sentencioso y lo barroco, Bioy me hizo sentir que la calma y la contención eras más deseables. Si se me permite una generalización, Bioy me llevó gradualmente hacia el clasicismo”. Bioy, por su parte, le dedica Borges monumental, que sería publicado en 2006.

El último Borges, dice Domínguez, está asociado a la errancia del poeta ciego, plasmada en libros como El oro de los tigres (1972), La rosa profunda (1977), La cifra (1981) y Los conjurados (1985), donde persiste su concepción del mundo como una maquinación cuyo sentido se va revelando en la medida en que se recorre el laberinto y la biblioteca, o se insiste en la patria íntima, el culto de los mayores, la filosofía, la memoria y el olvido.

Además de referirse al perpetuo rechazo que siente Borges por la novela, a la que se niega siempre por su “imperfección congénita”, Domínguez recuerda los últimos días del autor con una inmensa nostalgia que supo transmutar en ternura por el joven que fue en Ginebra, Madrid y Buenos Aires, escribiendo al menos tres piezas en las que él, viejo, se encuentra en una especie de sueño con aquel que fue y contrastan sus simpatías y diferencias.

LOS TEMAS DE BORGES

En agosto de 1986, unas semanas después de la muerte de Borges, el Fondo de Cultura Económica le dedica el número 188 de su Gaceta, que incluye valiosos testimonios de colegas y amigos que opinan sobre lo fundamental en la obra del argentino. Entre esos textos destaca el rescatado del escritor y crítico literario francés Roger Caillois (1913-1978), uno de los descubridores de Arthur Rimbaud, y quien sostiene que el tema clave del autor es el tiempo circular, al que acompañaría con dos nociones más: la del laberinto y la de la creación recurrente.

Recuerda que para Borges la concepción del tiempo se transparenta en todos sus libros y remite a algunos pasajes en los que tiene una formulación particularmente explícita. Conviene añadir a ese listado la breve prosa titulada La trama, y el poema La noche cíclica, que se inicia y termina con el verso.

La teoría circular del tiempo convierte la historia en una especie de calendario más vasto donde vuelven, a intervalos fijos, si no los mismos acontecimientos, si por lo menos las mismas coyunturas. Goza de antigüedad y está extendida; sigue siendo el solo ritmo que esconde aún las cronologías orientales.

Un filósofo razona acerca del tiempo puro, en cambio un cuentista debe, además, situar sus personajes en un espacio determinado. Borges se vio obligado a hacer corresponder con la duración circular un espacio igualmente circular. Tal fue el laberinto, el cual cobró en él un valor obsesionante. Y son los laberintos los que proyectan en el espacio los periodos de duración cíclica.

Su disertación, admite, es con la intención de mostrar que Borges no es fundamentalmente excéntrico, sino más bien una ilusión óptica, porque la obsesión por el tiempo e incluso aquella por el laberinto son añejas. En todo caso, sostiene, “Yo no vacilo en incluir a Jorge Luis Borges entre el pequeño número de esos perfectos enciclopedistas, todavía raros y para quienes el inventario de las riquezas disponibles es dual, el del planeta y el de la historia”.

VIRTUDES

Sus méritos, añade el crítico francés, haber sabido sustituir, remozar enunciados banales imprescriptibles, desatendidos y en ocasiones olvidados, renovándolos con una originalidad tan brillante que aparecen como desconocidos e inéditos; su excelencia radica en esta modestia conjugada con tan tranquila audacia.

Suzanne Jill Levine, traductora y editora general de la serie de cinco volúmenes de Borges del sello Penguin Classics, habla, por su parte, de la relevancia mundial de Borges después de su muerte, al grado de que no es exagerado considerarlo el escritor más importante del siglo XX, porque “creó un nuevo continente literario entre América del Norte y América del Sur; entre Europa y América, entre los mundos viejos y la modernidad”.

Otro de los méritos que le reconoce la crítica especializada es el de ser el máximo exponente de la fusión “alto-bajo”, pues según Marcela Valdés, reputada colaboradora de medios como The New York Times, Borges supo mezclar de manera magistral material sensacionalista (historias de detectives, escenarios de ciencia ficción) con estructuras arquitectónicas y preocupaciones filosóficas.

Fue pionero en combinar géneros, como se evidencia en El jardín de senderos que se bifurcan, una historia de 1916 que tiene como protagonista al doctor Yu Tsun, un espía chino descendiente de un gobernador Hunnan, que abandonó todo para hacer un libro y un laberinto, es “una gran adivinanza o parábola, en la que el tema es el tiempo y una historia de detectives. Sus preocupaciones e innovaciones quedaron espléndidamente exhibidas en Ficciones”.

También se le reconoce que Borges, ante todo, es poeta, así que mira y analiza el mundo con esos ojos que tienen los poetas, “que pretenden colocar ante los nuestros lo que nosotros no somos capaces de ver. Y lo hace con esa belleza característica de los buenos poetas. Es además un jugador, que quiere que el lector participe, aunque lo inquiete también”.

Una de las características principales de sus cuentos, añade el blog Libros del replicante, es que “nos invita a complejos ejercicios de imaginación a la vez que nos hace reflexionar sobre problemas metafísicos, que van desde la identidad del ser humano (lo lleva a preguntarse si cada uno de nosotros somos uno o varios, si todos somos el mismo ser humano, si somos soñados por otro ser), el tiempo (que se entrelaza para cuestionar sobre si es una ilusión, si existe el eterno retorno y las acciones son reiteraciones en el tiempo).

Asimismo, el destino del ser humano (tema que lleva a preguntarse si repetimos historias, si somos libres o nuestro camino está escrito, lo que, sumado a su escepticismo, conduce a una visión negativa del destino social), la eternidad o el infinito (que lo guía hasta la cuestión si es positivo o negativo), el mundo y la existencia del hombre como una laberinto y la muerte que lo espera al final del sendero (y de ella se pregunta si es cierta o apariencia, si es condena o consuelo, si sirve para repetir la historia en una transmigración de las almas).