VICTORIA Y SILVINA OCAMPO EN LA ÓRBITA DE JORGE LUIS BORGES

Apostadas en trincheras diferentes, Victoria y Silvina, la mayor y la menor de las hermanas Ocampo, son dos escritoras que hicieron época en la Argentina del siglo pasado; dos mujeres además indisol...

Apostadas en trincheras diferentes, Victoria y Silvina, la mayor y la menor de las hermanas Ocampo, son dos escritoras que hicieron época en la Argentina del siglo pasado; dos mujeres además indisolublemente ligadas a quien es considerado el máximo exponente de las letras de su país: el escritor, poeta y traductor Jorge Luis Borges (1899-1986). Pero lo suyo no es un triángulo amoroso, sino algo más complejo, una amistad en la que privó la inteligencia y quizá también la abnegación.

Nacidas en el seno de una familia conservadora y adinerada de Argentina, las hermanas siguieron caminos parecidos, pero con resultados diferentes; mientras Victoria tuvo una gran influencia en los movimientos culturales de su país; Silvina se probó en la pintura para luego hacer de las letras su patria, incursionando en diversos géneros, siendo sus relatos los que mayor popularidad le ganaron. Y fue esa postura de menos reflectores la que quizá propagó por años la idea de que realmente Silvina era menor que Victoria, aunque el tiempo parece hacerle justicia.

Lo que es un hecho es que Victoria (1890-1979), que pudo ser tímida con algunos personajes a los que admiraba, acabó siendo una mujer vanguardista, que supo aprovechar esos reflectores que la ubican hoy como escritora, traductora, mecenas, viajera incansable, amante liberal, de belleza imponente y hasta como feminista de primera ola. Una actriz frustrada que volcó en la escritura su necesidad de ser y que rompió con varios cánones de la época.

Su mayor empresa fue la fundación de la revista Sur, cuyo primer número vio la luz el 1 de enero de 1931, con un tiraje de cuatro mil ejemplares que se vendieron por completo en Buenos Aires, París y Madrid. Colaboraron entonces plumas como la de Waldo Frank, quien le había sembrado la idea de la revista; Drieu La Rochelle, Eugenio d’Ors, Walter Gropius, Ernest Ansermet, Alberto Prebisch y Jorge Luis Borges.

Cuentan que las enemistades no se hicieron esperar y la revista tuvo intermitencias, al grado de que entre julio de 1934 y el mismo mes de 1935 ésta no salió; del 35 al 53 fue mensual, del 53 al 72 bimestral y desde 1972 ya sólo aparecieron ediciones especiales. No obstante, la publicación hizo historia por contar entre sus colaboradores con Alfonso Reyes, Thomas Mann, TS Elliot, André Malraux, Henry Miller, Octavio Paz, Gabriela Mistral, José Bianco y su cuñado, Adolfo Bioy Casares. Mientras que por su redacción pasaron plumas como Raimundo Lida, Ernesto Sabato, María Luisa Bastos Nicolás Barrios Lynch y Enrique Pezzoni.

Ayudar a solventar la publicación y continuar divulgando lo mejor de la literatura extranjera de la época, le hizo crear editorial Sur que en 1933 publicaba por primera vez en español la obra de D.H. Lawrence; El romancero gitano, de Federico García Lorca o el Contrapunto, de Aldous Huxley. Incluso hizo varias importantes traducciones de autores como Albert Camus, Graham Greene y Dylan Thomas.

A la luz de los hechos, Sur permitió la consolidación de autores de la talla de Julio Cortázar, de Rafael Alberti, el propio Borges que publicó varios trabajos en ella. El mexicano Octavio Paz decía, por ejemplo, que ésta no era una revista, sino una tradición del espíritu y que Victoria había sabido hacer lo que nadie antes había concretado en América.

Por lo que hace a Silvina (1909-1993), se identifica con la generación de 1940 por el periodo en el que realiza el conjunto de su obra, que incluye poesía, ensayo, teatro y relatos, y serán éstos últimos los que le valgan el mayor reconocimiento tanto de público como de crítica.

Quienes gustan de sus textos, destacan los abundantes elementos de la literatura fantástica que se encuentran en sus libros y la visión irónica y mordaz con que se refiere a las convenciones sociales de su época. Cuentan que su primer libro publicado fue Viaje olvidado, de 1973, y que la primera reseña fue de su hermana mayor, publicada en Sur.

En ella, se destacaban como sellos de identidad “su fino oído para el habla y su habilidad para capturarlo en sus relatos; el gusto por las imágenes no evidentes y la deformación a la que somete sus recuerdos”, aunque al parecer no se les consideró entonces como virtudes. Se sabe que sus relatos han sido reunidos en libros como Autobiografía de Irene, de 1948; Las Invitadas, de 1961; El pecado mortal, de 1966, y Los días de la noche, de 1970.

En su tiempo, Silvina fue criticada por haberse casado con un guapo escritor más joven que ella, Adolfo Bioy Casares, responsable de su posterior vínculo con Jorge Luis Borges, con quien ambas hermanas convivirían de manera cercana.

UNA AMISTAD IMPENSABLE

El diario argentino La Nación, en su artículo La pasión de una amistad difícil, da cuenta de la fructífera, pero no muy fluida relación que sostuvieron Victoria Ocampo y Jorge Luis Borges, esa de la que daría cuenta el libro Diálogo con Borges, publicado por Sur/El Ateneo, que rescata el intercambio epistolar entre estos personajes y cuenta cómo se conocieron por ahí de 1920, a iniciativa de un amigo común Ricardo Güiraldes, y el orgullo que sentía de haber percibido el talento de Borges, como lo hizo con muchos otros que pasaron por las páginas de su popular revista.

Cita como Victoria se refería a Borges como alguien que la irritaba, “como un limón a una ostra abierta”, y como Borges utilizó Sur, como su base de operaciones, para publicar textos que después se convertirían en libros. Borges llegó a hablar de lo mucho que le debía a Victoria Ocampo, como argentino, un poco para disimular la deuda personal, pero es sabido que nadie hizo tanto por Borges como Ocampo, quien le ha de presentar a Roger Caillois, joven escritor francés que será quien favorezca la buena recepción de Borges en París. Y, en contra parte, cita a Victoria Ocampo quien presume de conocer a Borges, de admirarlo, sin reciprocidad probable.

Luego de varios sufrimientos derivados de un cáncer bucal, Victoria Ocampo muere el 27 de enero de 1979, momento en el que Borges reconoce que: “En un país y en una época en que las mujeres eran genéricas, ella tuvo el valor de ser un individuo. Estoy agradecido personalmente por todo lo que hizo por mí, pero, sobre todo, estoy agradecido como argentino por todo lo que hizo por la Argentina”.

El TRIO INFERNAL

Por lo que toca a Silvina, vale decir que su relación con Borges es de amistad, desde que se conocen a principios de los años 30, y ya casada con Bioy Casares, de ello da cuenta un artículo de Corinne Ferrero, quien rescata una colaboración inédita y anecdótica, entre estos tres personajes, cuando allá por 1939, los tres amigos planean la trama de un cuento que redactan parcialmente y cuyo manuscrito queda en el olvido.

Se trata, dice Ferrero, del único experimento de escritura conjunta del famoso trío infernal (fuera de su posterior y exitosa labor común de antologistas), este cuento plural inconcluso es mencionado y reproducido por primera vez por Bioy Casares en Lettres et amitié (Letras y amistad), un artículo autobiográfico en francés que el autor publica en el número de la revista Cahiers de L’Herne dedicado a Borges en 1964.

El insólito fragmento de casi tres páginas que, según Bioy, debía narrar la investigación de la obra inédita de un escritor desconocido y difunto, será, a pesar de su carácter excepcional, totalmente ignorado por la crítica, con la ayuda benevolente de sus desdeñosos autores, pero coincide con el nacimiento de algunos de los personajes más originales e ilustres de la historia de la literatura argentina y mundial como Honorio Bustos Domecq, criatura nacida de la larga colaboración literaria de Bioy y de Borges, o Pierre Ménard, texto que cuestiona la ausencia o la relegación de la escritura en colaboración en el campo literario y permite dar un paso más en la consideración y la trascendencia de la misma en la modernidad literaria del siglo XX.

En 1964 también Silvina Ocampo escribe sobre Borges en la misma revista, con el artículo La íntima dicha de la inteligencia en el cual deja ver la profundidad de esa relación nacida de la convivencia personal, profesional y generacional. Una mezcla admiración, respeto y aprecio, que ilumina por pinceladas de humor, pero también de amor a Borges, el perpetuo convidado a su mesa, el conversador selectivo, el hombre cuya creación, sostiene, nació de la inteligencia.