POESÍA DE GOETHE

Elegías (1)

Elegías (1)

¡Decid, piedras; hablad vosotros, altos palacios!

¡Una palabra, oh vías! Genio, ¿no te conmueves?

Sí, un alma tiene todo dentro tus sacros muros,

¡oh Roma eterna! Solo que aun para mí está muda.

¡Oh, quién podría decirme en qué ventana antaño

vi la pura beldad cuyo fuego es un bálsamo!

¡Ay, qué torpe mi alma no adivina aún la senda,

vagando por la cual tiempo perdí precioso!

Templos, palacios, ruinas y columnas hoy miro

cual hombre que al viajar sacar provecho sabe.

Mas pronto su tarea termina y solo queda

un templo, el del amor, que a iniciados acoge.

¡Un mundo, en verdad, eres, Roma! Mas sin Amor,

¡ni el mundo sería mundo ni Roma fueras tú!

El espejo de la Musa

Cierto día, temprano, cuando el empeño se adornó con impaciencia,

la Musa siguió la corriente del río,

hasta un rincón apartado y tranquilo.

Rápida y sonora fluía

la cambiante superficie distorsionada,

hacia sus figura encantadora que huía,

entonces la Diosa abandonó la ira.

Sin embargo, el arroyo la llamó burlándose:

¿No verás entonces la verdad en mi claro espejo?

Pero ella corría lejos, cerca del océano;

en su figura el regocijo alababa,

adornando debidamente su guirnalda.

Soneto

Del arte practicar los modos nuevos,

sagrado deber es que se te impone;

según el ritmo y el compás prescritos,

moverte tú también como yo puedes.

Que si con fuerza el ánimo se excita,

entonces justamente pide calma;

y por más aspavientos que hacer pueda,

al cabo su remate la obra halla.

Tal yo quisiera artísticos sonetos,

en un alarde medida justa,

rimar con mis mejores sentimientos;

Sólo que, a la verdad, algo me ata,

pues antaño tallaba a mi capricho,

y ahora de cuando en cuando pegar debo.

Elegías (3)

¡No te pese, oh amada, tan pronto haberte dado!

Segura está; de ti yo nada malo pienso.

Por modo muy diverso de Amor las flechas hieren:

las hay que el corazón lentamente envenenan,

y las hay que buidas, traspasan la médula

y en fiebre fulminante la sangre nos inflaman.

En los heroicos tiempos en que dioses y diosas

amaban, iban juntos mirada, deseo y goce.

¿Crees que usó de remilgos con el joven Anquisos

Venus cuando en los campos vio su apuesta figura?

¿Ni que al joven durmiente respetara la Luna,

sabiendo que, envidiosa, despertaríalo el Alba?

Miró Hero a su Leandro en medio de la fiesta,

y llegada la noche lanzóse él a las ondas.

Por agua al Tíber iba la virginal princesa

Rea Silvia, cuando Amor hirióla con su dardo.

¡Así Marte engendró sus hijos!… Una loba

amamantólos!… ¡Roma fue así reina del mundo!