FRAGMENTOS PROSA DE JORGE LUIS BORGES

A continuación reproducimos fragmentos de las narraciones breves Hombre de la esquina rosa y El jardín de los senderos que se bifurcan, del libro Nueva Antología Personal por Jorge Luis Borges. Te...

A continuación reproducimos fragmentos de las narraciones breves Hombre de la esquina rosa y El jardín de los senderos que se bifurcan, del libro Nueva Antología Personal por Jorge Luis Borges. Textos autorizados por Siglo XXI Editores.

Hombre de la esquina rosada

Jorge Luis Borges

A mí, tan luego, hablarme del finado Francisco Real.

Yo lo conocí, y eso que éstos no eran sus barrios porque

el sabía tallar más bien por el Norte, por esos lados de

la laguna de Guadalupe y la Batería. Arriba de tres

veces no lo traté, y ésas en una misma noche, pero es

noche que no se me olvidará, como que en ella vino la

Lujanera porque sí a dormir en mi rancho y Rosendo

Juárez dejó, para no volver, el Arroyo. A ustedes, claro

que les falta la debida esperiencia para reconocer ése

nombre, pero Rosendo Juárez el Pegador, era de los que

pisaban más fuerte por Villa Santa Rita. Mozo acre-

ditao para el cuchillo, era uno de los hombres de D. Ni-

colás Paredes, que era uno de los hombres de Morel.

Sabía llegar de lo más paquete al quilombo, en un oscu-

ro, con las prendas de plata; los hombres y los perros lo

respetaban y las chinas también; nadie ignoraba que

estaba debiendo dos muertes; usaba un chambergo alto,

de ala finita, sobre la melena grasienta; la suerte lo mi-

maba, como quien dice. Los mozos de la Villa le copiá-

bamos hasta el modo de escupir. Sin embargo, una

noche nos ilustró la verdadera condición de Rosendo.

Parece cuento, pero la historia de esa noche rarísima

empezó por un placero insolente de ruedas coloradas,

lleno hasta el tope de hombres, que iba a los barqui-

nazos por esos callejones de barro duro, entre los

hornos de ladrillos y los huecos, y dos de negro, dele

guitarriar y aturdir, y el del pescante que les tiraba un

fustazo a los perros sueltos que se le atravesaban al mo-

ro, y un emponchado iba silencioso en el medio, y ése

era el Corralero de tantas mentas, y el hombre iba

a peliar y a matar. La noche era una bendición de tan

fresca; dos de ellos iban sobre la capota volcada, como

si la soledá juera un corso. Ese jue el primer sucedido

de tantos que hubo, pero recién después lo supimos. Los

muchachos estábamos dende tempraño en el salón de

Julia, que era un galpón de chapas de cinc, entre el

camino de Gauna y el Maldonado. Era un local que usté

lo divisaba de lejos, por la luz que mandaba a la

redonda el farol sinvergüenza, y por el barullo también.

La Julia, aunque de humilde color, era de lo más cons-

ciente y formal, así que no faltaban músicantes, güen

beberaje y compañeras resistentes pal baile. Pero la

Lujanera, que era la mujer de Rosendo, las sobraba le-

jos a todas. Se murió, señor, y digo que hay años en

que ni pienso en ella, pero había que verla en sus días,

con esos ojos. Verla, no daba sueño.

La caña, la milonga, el hembraje, una condescendien-

te mala palabra de boca de Rosendo, una palmada suya

en el montón que yo trataba de sentir como una amis-

tá: la cosa es que yo estaba lo más feliz. Me tocó una

compañera muy seguidora, que iba como adivinándome

la intención. El tango hacía su voluntá con nosotros y

nos arriaba y nos perdía y nos ordenaba y nos volvía a

encontrar. En esa diversión estaban los hombres, lo

mismo que en un sueño, cuando de golpe me pareció

crecida la música, y era que ya se entreveraba con ella

la de los guitarreros del coche, cada vez más cercano.

Después, la brisa que la trajo tiró por otro rumbo, y

volví a atender a mi cuerpo y al de la compañera y a

las conversaciones del baile. Al rato largo llamaron a la

puerta con autoridá, un golpe y una voz. En seguida

un silencio general, una pechada poderosa a la puerta

y el hombre estaba adentro. El hombre era parecido a

la voz.

Para nosotros no era todavía Francisco Real, pero sí

un tipo alto, fornido, trajeado enteramente de negro, y

una chalina de un color como bayo, echada sobre el

hombro. La cara recuerdo que era aindiada, esquinada.

Me golpeó la hoja de la puerta al abrirse. De puro

atolondrado me le jui encima y le encajé la zurda en la

facha, mientras con la derecha sacaba el cuchillo filoso

que cargaba en la sisa del chaleco, junto al sobaco iz-

quierdo. Poco iba a durarme la atropellada. El hom-

bre, para afirmarse, estiró los brazos y me hizo a un

lado, como despidiéndose de un estorbo. Me dejó aga-

chado detrás, todavía con la mano abajo del saco, sobre

el arma inservible. Siguió como si tal cosa, adelante.

Siguió, siempre más alto que cualquiera de los que iba

desapartando, siempre como sin ver. Los primeros

-puro italianaje mirón- se abrieron como abanico,

apurados. La cosa no duró. En el montón siguiente ya

estaba el Inglés esperándolo, y antes de sentir en el

hombro la mano del forastero, se le durmió con un pla-

nazo que tenía listo. Jue ver ese planazo y jue venírse-

le ya todos al humo. El establecimiento tenía más de

muchas varas de fondo, y lo arriaron como un cristo,

casi de punta a punta, a pechadas, a silbidos y a saliva-

zos. Primero le tiraron trompadas, después, al ver que

ni se atajaba los golpes, puras cachetadas a mano abier-

ta o con el fleco inofensivo de las chalinas, como rién-

dose de él. También, como reservándolo pa Rosendo,

que no se había movido para eso de la paré del fondo,

en la que hacía espaldas, callado. Pitaba con apuro su

cigarrillo, como si ya entendiera lo que vimos claro

después.

(….)

El jardín de los senderos que se bifurcan

A Victoria Ocampo

En la página 242 de la Historia de la Guerrra Europea

de Lidell Hart, se lee que una ofensiva de trece divi-

siones británicas (apoyadas por mil cuatrocientas piezas

de artillería) contra la línea Serre-Montauban había

sido planeada para el 24 de julio de 1916 y

debió postergarse hasta la mañana del día 29.

Las lluvias torrenciales (anota el capitán Lidell Hart)

provocaron esa demora—nada significativa, por cierto.

La siguiente declaración, dictada, releída y firmada por

el doctor Yu Tsun, antiguo catedrático de inglés en la

Hochschule de Tsingtao, arroja una insospechada luz

sobre el caso. Faltan las dos páginas iniciales.

“... y colgué el tubo. Inmediatamente después, reco-

nocí la voz que había contestado en alemán. Era la

del capitán Richard Madden. Madden, en el depar-

tamento de Viktor Runeberg, quería decir el fin de

nuestros afanes y—pero eso parecía muy secundario,

o debería parecérmelo—también de nuestras vidas. Que-

ría decir que Runeberg había sido arrestado o ase-

sinado 1.  Antes que declinara el sol de ese día, yo correría

la misma suerte. Madden era implacable. Mejor dicho,

estaba obligado a ser implacable. Irlandés a las órdenes

de Inglaterra, hombre acusado de tibieza y tal vez de

traición ¿cómo no iba a abrazar y agradecer este mila-

groso favor: el descubrimiento, la captura, quizá la

muerte de dos agentes del Imperio Alemán? Subí a mi

1 Hipótesis odiosa y estrafalaria. El espía prusiano Hans

Rabener alias Viktor Runeberg agredió con una pistola auto-

mática al portador de la orden de arresto, capitán Richard

Madden. Éste, en defensa propia, le causó heridas que deter-

minaron su muerte. (Nota del Editor.)

cuarto; absurdamente cerré la puerta con llave y me

tiré de espaldas en la estrecha cama de hierro. En la

ventana estaban los tejados de siempre y el sol nublado

de las seis. Me pareció increíble que ese día sin premo-

niciones ni símbolos fuera el de mi muerte implacable.

A pesar de mi padre muerto, a pesar de haber sido un

niño en un simétrico jardín de Hai Feng ¿yo, ahora,

iba a morir? Después reflexioné que todas las cosas le

suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos

de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innume-

rables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que

realmente me pasa me pasa a mí... El casi into-

lerable recuerdo del rostro acaballado de Madden abolió

esas divagaciones. En mitad de mi odio y de mi terror

(ahora no me importa hablar de terror: ahora que he

burlado a Richard Madden, ahora que mi garganta

anhela la cuerda) pensé que ese guerrero tumultuoso

y sin duda feliz no sospechaba que yo poseía el Secreto.

El nombre del preciso lugar del nuevo parque de arti-

llería británico sobre el Ancre. Un pájaro rayó el cielo

gris y ciegamente lo traduje en un aeroplano y a ese

aeroplano en mucho (en el cielo francés) aniquilando

el parque de artillería con bombas verticales. Si mi boca,

antes que la deshiciera un balazo, pudiera gritar ese

nombre de modo que los oyeran en Alemania... Mi voz

humana era muy pobre. ¿Cómo hacerla llegar al oído

del Jefe? Al oído de aquel hombre enfermo y odioso,

que no sabía de Runeberg y de mí sino que estábamos

en Staffordshire y que en vano esperaba noticias nues-

tras en su árida oficina de Berlín, examinando infinita-

mente periódicos... Dije en voz alta: Debo huir. Me

incorporé sin ruido, en una inútil perfección de silencio,

como si Madden ya estuviera acechándome. Algo—tal

vez la mera ostentación de probar que mis recursos eran

nulos—me hizo revisar mis bolsillos. Encontré lo que

sabía que iba a encontrar. El reloj norteamericano, la

cadena de níquel y la moneda cuadrangular, el llavero

con las comprometedoras llaves inútiles del departamen-

to de Runeberg, la libreta, un carta que resolví destruir

inmediatamente (y que no destruí), el falso pasaporte, una corona, dos

chelines y unos peniques, el lápiz rojo-azul, el pañuelo,

el revólver con una bala. Absurdamente lo empuñé y

sopesé para darme valor. Vagamente pensé que un pis-

toletazo puede oírse muy lejos. En diez minutos mi plan

estaba maduro. La guía telefónica me dio el nombre de la

única persona capaz de transmitir la noticia: vivía en un

suburbio de Fenton, a menos de media hora de tren.

(…)