Sala de Lectura

[Cuatro años después de haber publicado su novela La tumba, el joven de 24 años José Agustín presenta, en 1968, su ensayo La nueva música clásica (editado por el Instituto de la Juventud Mexica...

[Cuatro años después de haber publicado su novela La tumba, el joven de 24 años José Agustín presenta, en 1968, su ensayo La nueva música clásica (editado por el Instituto de la Juventud Mexicana), el primer libro en el país abocado a examinar el rock en el momento en que era, este género musical, combatido por las autoridades políticas, temerosas de que los jóvenes tuvieran, de verdad, una causa para su rebeldía: luego del Festival de Avándaro, en septiembre de 1971, y bajo el mandato presidencial de Luis Echeverría Álvarez, el rock sería fulminantemente prohibido. José Agustín invitaba a cavilar con inteligencia en torno a esta música. El libro cumplió en 2018 medio siglo de vida. Como un reconocimiento a su autor, publicamos ?en esta primera “Sala de Lectura”, sección que aparecerá sin fecha fija porque para leer no se requieren imposiciones definidas sino sólo un interés ilimitado por el conocimiento? un fragment de este importante libro, escrito con la enjundia joseagustiniana que deslumbraría posteriormente en la literatura nacional: nadie, en ese entonces, daba un centavo por la nueva música y los jóvenes eran ferozmente reprimidos por el gobierno diazordacista.]

A medio siglo de su aparición La nueva música clásica

José Agustín

El título de este libro es una exageración. En realidad debió ser una nueva forma de la música clásica, o algo así, más cercano a la objetividad. Sería ridículo afirmar que el rock (aunque incorrecto, utilizaré el término por razones de comprensión) es la nueva música clásica, pero creo que ya nadie negaría que el rock se ha convertido en una búsqueda musical digna, compleja y revolucionaria. Leo­nard Bernstein no titubeó en catalogar “She’s leavin’ home”, la canción de Beatles, a la altura de los mejores lieds de Schubert; y Karl von Meier, especialista en música clá­sica, aseguró: “La música popular”, pop music, “es ya una forma artística. ‘Satisfaction’ es la canción más grande que se ha compuesto y yo exijo los discos de Rolling Stones y Beatles en mi curso de apreciación musical en la Uni­versidad de California”. Testimonios semejantes, de gente estudiosa, existen por montones y sociólogos, psiquiatras, escritores, gurús, sacerdotes, hippies, esotéricos, críticos y compositores de música clásica han formulado opiniones y elaborado estudios sobre las formas musicales de la juven­tud de todo el mundo: el rock no puede circunscribirse a fronteras, sino que se desarrolla en todos los países aclima­tándose a sus características. El rock no es patrimonio de Estados Unidos, aunque allí haya surgido. Se da en todas partes y existen grupos estupendos en Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Alemania, Suecia, Australia, España, Italia, México y muchos países más; el rock no se riñe con el temperamento de un pueblo en particular, sino que se iden­tifica con los sentimientos de progreso, amor y alegría de la juventud de cuerpo y espíritu. Además, Beatles, Rolling Stones y Who —entre otros grupos— han demostrado que se puede —se debe— rescatar las tradiciones folklóricaspara asimilarlas en el rock.      Naturalmente, no todo el rock es arte. Aún predominan los cantantes y conjuntos que hacen música comercial, para divertir, bailotear, entretener. Sin embargo, aun en esos conjuntos han habido cambios: Raiders, Supremes, Dave Clark, Monkees, Association, Box Tops, Animals, etcétera, han empezado a cuidar más sus piezas, a introducir ele­mentos electrónicos e instrumentos no convencionales (des­de los barrocos hasta los exóticos) para experimentar. Basta analizar un clásico de la prehistoria (Hound Dog, por ejem­plo) y compararlo con un disco de oro de 1967 (Daydream Believer, digamos) para advertir la evolución tan extraor­dinaria que se ha llevado a cabo en doce años en el terreno comercial. Los avances del rock experimental no tienen pa­ralelo en la historia de la música.      Y no toda la música popular es tan comercial: los ver­sos de muchas canciones no dicen trivialidades sino que exponen un punto de vista fresco e inconforme de la socie­dad contemporánea. Que esta inquietud tenga éxito es aún más significativo: hay millones de jóvenes interesados en lo que dicen estos conjuntos y que evolucionan con los ro­canroleros. Cada canción de este tipo es un cartucho de dinamita para los convencionalismos y las sagradas costumbres de los sistemas sociales que padecemos. Se puede genera­lizar un poco y decir que el buen rock, en sus letras, se ma­nifiesta en contra de la hipocresía, la mezquindad, el egoísmo, la mojigatería, el fanatismo, el puritanismo, el pa­trioterismo, la guerra, la explotación, la miseria social e intelectual; y lucha por la paz, el amor, la creatividad y el cambio de todo lo obsoleto.      El rock es ya una forma artística porque: simplemente, crea belleza y manifiesta la realidad catalizada, implica mu­cho esfuerzo y mucha dedicación, y ofrece un nuevo orden estético que ninguna corriente de la música, y por supuesto ninguna otra disciplina artística puede entregar. Las carac­terísticas anteriores se ajustan, hasta el momento, a un gru­po reducido de músicos, pero su influencia abarca de una manera u otra a todos los demás, quienes se esfuerzan por expresar algo distinto: hasta Peter Tork, de los Mon­kees, dice en For Pete’s Sake: “El amor es comprensión, está en todo lo que hacemos; en esta generación haremos brillar al mundo”. Al igual que Tork, otros jóvenes músi­cos han tenido que cambiar el enfoque de sus composi­ciones. Sin embargo, subsiste la diferencia: mientras NeilDiamond, el trío Hazier-Holland-Holland, Gordon y Bonner o Tommy Boyce y Bobby Hart son más o menos obvios, los Doors, Jagger y Richards, Lennon y McCartney, Frank Zappa, Lou Reed, etcétera, han aprendido a evitar las con­cesiones, lo bobo, el panfleto; y dan su visión del mundo a través de la autenticidad y de metáforas e imágenes que son verdadera poesía. Esta cualidad de los mejores composito­res jóvenes tiene su origen en Bob Dylan.      Todos los grandes músicos y compositores populares de la actualidad son menores de treinta años [hay que recordar que estamos leyendo un libro publicado en 1968]: los nacidos en 1940 [como John Lennon, Frank Zappa o Ray Manzarek, nacido en 1939, los tres ya muertos] son ya medio ancianos y la mayoría nació entre 1941 y 1949, hasta Frank Zappa, que aparenta más edad. Esto es importante pues los jóvenes siempre se han inclinado por un cierto tipo de música, más antes esa música era compuesta einterpretada por gente adulta: Frank Sinatra, Al Jolson y Pedro Infante, por ejemplo, no eran tan jóvenes cuando surgieron como ídolos. De la misma manera, sus orquestas, sus compositores y toda su organización se hallaban for­madas por adultos. Pero cuando el rock and roll estuvo en su apogeo, los jóvenes tuvieron intérpretes de su edad. Hasta entonces se rompió, en toda la línea, la creencia de que se necesita edad para tener éxito y para lograr una obra. Y cuando los cantantes se volvieron buenos músicos y com­pusieron, se pudo plasmar una ideología juvenil y progre­sista; y pudieron llegar, más que nadie, a conmover e influir en los jóvenes. Esto es muy importante si se toma en cuenta que en Estados Unidos, por ejemplo, se editan más de cien discos sencillos cada semana destinados a un núcleo de personas menores de veinticinco años, y es de ese núcleo de donde salen las personas más entusiastas y acti­vas que transformarán y enriquecerán el mundo, que ad­quirirán conciencia de los problemas que nos agobian. De esto es responsable, en una buena medida, la música popu­lar y Christopher Porterfield, deTime, es objetivo al reco­nocer que la influencia de los Beatles, en cuestiones de tipo social y aun político, es inmensa. Naturalmente, no todos los músicos jóvenes tienen la influencia de los Beatles, pero su radio de acción es muy considerable: de cada sencillo que graban se venden cientos de miles de copias. Esta in­fluencia es positiva porque ninguno de los grupos en cues­tión canta estupideces (eres mi chica ye ye / y bailas a gogó / a mi novia le dicen la Patotas eh eh Patotas / sigue con tus movidotas Reinalda quítate esa minifalda / cuan­do bailas a gogó / se te ve hasta la espalda / déjame bailar / y vacilar / y que todos se vayan a volar), o ca­nallas apologías de los asesinos Gorras Verdes, como Barry Sadler. Los nuevos conjuntos tratan de comunicarse y se preocupan por aprender y mejorar; han logrado, a través de un proceso muy rápido, asimilar todas las formas musicales (clásico: cantos gregorianos, Bach, Vivaldi, Mozart, Beethoven, Richard y los Juanes Strauss, Offenbach y Sibe­lius, Ravel, Villa-Lobos, Revueltas, Boulez, Varése, Stravinsky, Honegger, Milhaud, Hindemith, Bartok, Cage, Shos­takovich, Britten y Stockhausen; jazz: Jelly Roll Morton, el primer Ellington, Charlie Parker, Miles Davis, Monk; folk gringo: Leadbelly, Woody Guthrie; blues: Muddy Waters, Hank Williams; música más o menos folklórica: ragas indias, sones veracruzanos y paraguayos, ritmos cubanos y africanos, sambas, tangos, canciones francesas, aus­triacas, australianas, chinas, japonesas; etcétera, muchos etcéteras) y el resultado ha sido la música abierta: Zappa y Jefferson Airplane exploran las experiencias del ácido y la mariguana, George Harrison busca en la música india; los Rolling Stones pasan del acordeón francés al arpa con clavecín para trascender los sones veracruzanos. Todos los caminos están abiertos y se sabe cómo recorrerlos. Además, los conjuntos ya no compiten sino que han aprendido a reco­nocer: lo que alguien descubre es beneficioso para el otro y todos están en la misma onda.      Dave Crosby, de los Byrds, desliza estas ideas: “Los grupos de rock tienen que emplear mensajes telepáticos o no pueden tocar buena música. Se puede obtener un 70 por ciento de calidad con la técnica, mas para lograr la magia hay que estar con tu compañero. Hay que saber qué sucede en niveles que no son expresables con palabras. O puede suceder que a los cuatro nos venzan nuestros egos y olvide­mos que nos amamos el uno al otro, que todos somos la mis­ma persona y que es bueno. Cuando recordamos eso, tocamos música; cuando lo olvidamos, hacemos ruido”. George Harrison asegura en una canción: “Y el tiempo vendrá en que veas que todos somos uno y que la vida fluye dentro de ti y sin ti”. Entre los buenos conjuntos se han lanzado casi como consigna las frases de los Beatles: “I get by with a little help from my Friends” y “I’d love to turn you on”. Además, se hallan seguros de que lo que quieren comunicar bajo esas premisas sea comprensible por todos, pero espe­cialmente por los adolescentes. Frank Zappa, líder de los Mothers of Invention, afirma: “Yo creo que los muchachos están listos para cualquiera de nuestros discos”, todos son sumamente experimentales y desconcertantes; y agrega: “Creo que toda esta decadencia es muy asqueante; me gustaría que se acabara, estoy hasta el copete. Este sistema está basado en falacias. Nuestra moral, por ejemplo. Ningún animal, incluido el hombre, está hecho físicamente para vivir bajo semejante moral. La gente tiene que dejar de ser hipó­crita y tiene que pensar y considerar tanto la mente como el cuerpo cuando redacte sus leyes”. Lo anterior se refuerza con la siguiente declaración: “Los muchachos están tratando de pensar, pero les es difícil: nunca se les ha enseñado a hacerlo. No se les ha enseñado a que realmente se vean a sí mismos y yo también he estado tratando de pensar”. Estas palabras pertenecen a Mick Jagger, de los Rolling Stones, quien fue procesado por fumar mariguana. Y si al­guien piensa y crea belleza como Jagger qué importa quefume mariguana, se masturbe o viaje con ácido; a fin de cuentas, cuando Mick Jagger o Bob Dylan o Jim McGuinn o Frank Zappa o Grace Slick fuman mariguana no andaninvitando a la gente ni le echan el humo en la cara. Dave Crosby define el asunto con claridad cuando asegura: fuma mariguana y viaja con ácido porque ésa es su onda; pero en realidad él se realiza cuando toca y compone, no cuando se droga; además, admite que no es necesario el Acapulco Goid o el ácido para lograr buena música, reconoce que silos Beatles abandonaron las drogas, perfecto (“las drogas fueron para nosotros como tomar una aspirina sin tener dolor de cabeza”, dijo Paul McCartney), pero impone la ley Dorada de California: “No te metas conmigo y no me meteré contigo, y vive como quieras pero déjame vivir como quiero, y no trataré de meterte mis ideas si no tratas demeterme las tuyas”. Lo principal es buscar comunicación y amor: para gente que vive en el paraíso de la enajenación y la mediatización, llevar a semejante ideología es más que ovacionable.      Este espíritu objetivo, respetuoso y progresista se ad­vierte en casi todos los buenos rocanroleros, ya sea en las canciones que escriben —porque casi todos interpretan sus propias composiciones— o cuando formulan una declara­ción. John Densmore, baterista de los Doors, dice: “Yo trato de tocar melodías, no nada más acompañar con uno-­dos-tres-cuatro”. Y Paul Kantner, de Jefferson Airplane: “Uno siempre está aprendiendo. Aunque sólo se toque la guitarra, se aprende. Y aprender con otros cuatro amigos aumenta cuatro veces lo aprendido”.      Llegar a esta revolución musical es casi inconcebible en tan poco tiempo. Es el largo camino de “I want to hold your hand” a “I’d love to turn you on”.