TOMAS SEGOVIA Y LA SEGUNDA GENERACION DEL EXILIO

Orgulloso de ser un escritor más de un tiempo que de un lugar, Tomás Segovia tuvo una vida errante, pues nació en España, en 1927, luego vivió en Francia y en Marruecos, antes de asentarse en Mé...

Orgulloso de ser un escritor más de un tiempo que de un lugar, Tomás Segovia tuvo una vida errante, pues nació en España, en 1927, luego vivió en Francia y en Marruecos, antes de asentarse en México en la época de la Guerra Civil Española (1936-1939). Aquí se hizo poeta y aunque tras el fin del franquismo regresó a España, mantuvo su arraigo por este país donde cobró conciencia de que se podía valer de la poesía para comprender la vida.

“Nunca me he arraigado ni a un país, ni a una época ni a un matrimonio”, señaló en alguna ocasión el poeta, a quien la crítica le reconoce la erudición, originalidad y claridad con la que se develó como un consolidado ensayista y un poeta ingenuo, cuya obra dejó ver una visión del mundo nacida del perpetuo asombro.

Para Segovia, la poesía era “un vaso comunicante con todo el resto de la vida (pues) cualquier parte de esta puede dar entrada al poema” y así lo deja ver en su obra, que publica por primera vez en los años 50, ya en México, donde había estudiado Filosofía y Letras y se hizo docente de la UNAM a partir de 1957. Segovia, quien se casó con la poeta sinaloense Inés Arredondo (1928-1989), dirigió la Revista Mexicana de Literatura, pero también otras importantes publicaciones americanas y europeas. Obtuvo una beca Guggenheim y fue profesor en la Universidad de Princeton; en total publicó una veintena de libros de poesía y un par de volúmenes recogen hoy su producción ensayística.

En México obtuvo premios como el Xavier Villaurrutia en 1972; el Magda Donato en 1974, el Alfonso X de Traducción de 1982 a 1984, el Octavio Paz en el 2000 y el Juan Rulfo en 2005, pero en España nunca tuvo el reconocimiento que merecía, como ocurrió con los llamados escritores de la segunda generación del exilio, quienes estuvieron alejados del canon literario de los del primer exilio, incluidos los de la Generación del 27.

No obstante, con el tiempo ha logrado superar el silencio y el desconocimiento de los lectores, ha logrado penetrar en el ámbito académico y ser bien recibido por la crítica; aunque al parecer sigue sin traspasar la frontera de los más especializados y exigentes, ya se le considera a la altura de los más reconocidos poetas españoles nacidos a partir de 1925.

En un artículo publicado por la revista electrónica Turia, Manuel Rico considera que es hasta los años 80 que Segovia comienza ser considerado poeta de primer orden en su natal España, cuando la mítica colección Ocnos, en cuyo consejo editorial figuraban nombres como el de Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo y Manuel Vázquez Montalbán, publicó su antología Luz de aquí. Hasta entonces siempre había padecido el hándicap de ser “niño de la guerra, en un escenario alejado de las consecuencias inmediatas de la posguerra y haber vivido en la adolescencia y la juventud, períodos esenciales en la conformación de una conciencia cultural, someto a influencias alejadas a las de la España franquista.

En el caso de Tomás Segovia, es claro que no formó parte de ningún grupo poético particular, quizá también porque, aunque regresó a España a principios de los 80, alternó su residencia entre Madrid, el sur de Francia y México, donde sus coetáneos fueron Enrique de Rivas, Manuel Durán, Nuria Parés, Luis Rius, Jomi García Ascot o Federica Patán, otros nacidos entre 1925 y 1937, con una obra digna pero poco estudiada.

Una vez que se publica Luz de aquí, es editada en España la mayor parte de la obra de Segovia y las universidades comienzan a hacer su trabajo para convertirlo en un autor imprescindible con una poesía alejada de la politización de Blas de Otero o Gabriel Celaya, y con más influencia de Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, poetas del 27 como Jorge Guillén o Luis Cernuda; así como de los mexicanos Xavier Villaurrutia, Gilberto Owen y el grupo de los Contemporáneos. Especial influencia también tuvo Octavio Paz, premio Nobel de Literatura, con quien incluso compartió proyectos y trabajo en revistas como la Mexicana de Literatura o Plural.

Según los estudiosos, en Segovia se reconocen tres etapas de producción, la que va desde su primer poemario hasta los años 60 cuando ve la luz El sol y su eco; la segunda inicia con Anagnórisis de 1967, que culmina con Cuaderno del nómada de 1978 y la siguiente con poesía escrita y publicada tras su traslado a España, cuando ya es un autor maduro y edita Partición (1983) hasta el 2011 que recibe el Premio de la Crítica.

Complejidad y transparencia conviven en su obra

Alejado del canon de la vanguardia y de la poesía críptica, Segovia está más cercano a los poetas más realistas del 27, como Cernuda o Guillén en su etapa de poca experimentación. Apuesta por el poema complejo, reflexivo y de largo aliento, que medita sobre el tiempo, la vida y la memoria, temas recurrentes a lo largo de su obra, inherentes a su condición de exilio.

Tampoco está ausente el tema amoroso, lo aborda desde la perspectiva del romanticismo, del amor ideal y una alta densidad erótica que no tienen otros poetas de la generación del 50. Su erotismo, dicen, es “desinhibido, valiente, sin subterfugios y con una densidad lírica que lo acerca a una suerte de mística de la carnalidad”.

Pero Segovia no sólo es poeta, sus preocupaciones van más allá de la poesía y del acercamiento teórico a la labor creadora; en ese sentido, se desarrolla como un gran ensayista que se perfila desde Contracorrientes, de 1973, hasta Recobrar el sentido, de 2005, en los que plasma su visión del mundo, postura que también permeó sus diarios, como se aprecia en El tiempo en los brazos: cuaderno de notas (1950-1983).

Destaca la publicación reciente de sus ensayos completos, compilados en dos tomos de Trilla de asuntos, que recuperan una producción vasta y rica de textos que reflejan la agudeza e inteligencia que propiciaron que con frecuencia fuera invitado a reflexionar sobre infinidad de temas que podrían ser considerados fuera de su área de influencia. “Se podría decir que entraba a esas disciplinas no por la puerta, sino por la ventana, pero ya adentro se sentía en libertad de habar sobre ellas, con la ventaja o desventaja de sentir y subrayar que hablaba siempre desde los márgenes”, cita José María Espinasa en el prólogo del segundo tomo.

Ambos tomos son un descubrimiento constante de los diversos intereses críticos que movían al poeta en las décadas de los 50, 60 y 70, una radiografía de la época, un itinerario intelectual y de una escritura que sigue hablando al lector del nuevo milenio; una especie de diario de lecturas; un collar de asombros y revelaciones, asedios y viejas obsesiones, así como al surgimiento de nuevas preocupaciones.

El lenguaje, el libro, la poética y el poema, y autores diversos, desde Gilberto Owen hasta Octavio Paz, pasando por Jaime Sabines o Rosa Chacel, figuran entre las disertaciones de un hombre con claridad de pensamiento, lenguaje lúcido y transparente, memoria privilegiada y evidente amor por la palabra y el conocimiento; un hombre que escribió de café en café, en territorio sin nombre, siempre generoso al compartir sus dones, que murió en la Ciudad de México, el 7 de noviembre de 2011.