POESIA PARA CONJURAR AL MONSTRUO

La escritora y periodista chilena María José Ferrada llegó a la literatura infantil de manera circunstancial, tenía unos 18 años y quería hacer un obsequio personal a su hermano, la falta de rec...

La escritora y periodista chilena María José Ferrada llegó a la literatura infantil de manera circunstancial, tenía unos 18 años y quería hacer un obsequio personal a su hermano, la falta de recursos la llevó a ingeniárselas para construirle un ejemplar de cartón que fue todo un éxito y que después replicó para su venta a otros niños, sin saber que sería la puerta a un mundo que hoy disfruta, aunque también tenga sus sinsabores, como lo que le ocurre hoy con su poemario Niños, un libro que, reconoce, “quisiera no haber escrito nunca”.

El libro, editado en 2018 y reeditado este año por Editorial Castillo, es un homenaje a la memoria de 34 niños chilenos que desaparecieron o fueron ejecutados a lo largo de 17 años de la Dictadura en su país, entre 1973 y 1990, pero también a todos aquellos que hoy día “sienten miedo, sufren o pierden la vida como consecuencia de la violencia política”.

“Niños es un libro que no quisiera haber escrito, porque no quisiera que esa situación hubiera ocurrido nunca. Los niños deben estar jugando con sus hermanos, paseando a su mascota o hablando con sus amigos imaginarios y nunca, bajo ninguna circunstancia, en un informe de muerte y desaparición. Que eso pasara, que siga pasando, habla mal del mundo que hemos construido”, lamenta la autora.

En charla con Litoral, la ganadora de premios como el Hispanoamericano de Poesía para niños, que otorga la Fundación para las Letras Mexicanas y el Fondo de Cultura Económica de México explica que no fue un libro fácil de escribir y tampoco de leer para los chilenos, porque necesariamente, tras leerlo, venía la pregunta: ¿cómo había podido pasar algo como eso?

No son preguntas cómodas, pero verbalizarlo, saber que eso pasó y conectarnos por un momento con el dolor de esos niños, creo que es una forma de propiciar que cuando los niños que hoy leen su historia tengan su turno de tomar las decisiones, la historia tenga otro final.

Escribir sobre estos temas, abunda, es difícil pero necesario. “Yo trabajo en escuelas y veo niños todo el tiempo, escucho sus preguntas, sus opiniones sobre la vida y quisiera que esos niños tuvieran un futuro digno, que la vida sea buena con ellos. Si en algo pueden aportar los libros para que de pequeños seamos capaces de observar la belleza, pero también las dificultades del mundo, creo que eso, de alguna manera, nos ayudará a ser más empáticos. Los libros no pueden hacerlo solos, pero si está en mí yo quisiera que hagan su parte”.

En este caso, expone, “quisimos pensar en algún momento que no, que nos equivocábamos. Y, sin embargo, ahí estaban los informes para decirnos que el ser humano, en los momentos más tristes y oscuros de su historia, ha sido capaz de olvidar su naturaleza y convertirse en un monstruo que arrasa con todo, incluso lo más frágil y delicado que son los niños”.

Ese fue el origen de este homenaje a 34 niños chilenos que en las páginas de su libro aún juegan, sueñan, escuchan la voz de su madre, que es lo que debieron estar haciendo; y al mismo tiempo en busca de hacer sonar la voz de alarma con esta aterradora historia, sabiendo que, ahora mismo, el terror puede seguir cobrando víctimas. “Es un libro a ellos y a la memoria que nos permite derrotar a los monstruos”.

El libro ganó el premio de IBBY Chile en la categoría Mejor autor y lo considera un honor, “creo que los galardones sirven mayormente para visibilizar los libros y eso siempre es bueno”, pero éste en particular es muy especial y significativo porque su interés era visibilizar una memoria muy olvidada y con el premio y lo que conlleva cree haberlo logrado, porque no es un libro sólo suyo, sino de los niños que sufrieron y de los muchos que, lamentablemente, siguen siendo víctimas de la violencia del mundo adulto, añade la escritora, quien le dedica especialmente el volumen a Pablo Athanasiu, una pequeña víctima de un sistema de persecución y exterminio que no reconoció fronteras y que perteneció a esta lista de 34 desaparecidos hasta el 7 de agosto de 2013, día en que las Abuelas de la Plaza de Mayo lo encontraron con vida.

María José Ferrada ha explotado lo mismo la poesía que la prosa a lo largo de su trayectoria, pero si tuviera que elegir, dice sin dudar, se quedaría con la primera porque es la que más cosas le ha enseñado, desde los días en que observaba jugar a su hermano y porque aún se maravilla con la capacidad de los niños para modificar el mundo con su mirada.

Tal vez el caballito de madera con su cuerpo de escoba sea una imagen que lo explica muy bien: el adulto ve la escoba, pero el niño no sólo es capaz de ver el caballo, sino también la pradera, los árboles. “Para mí, poesía es la capacidad de cabalgar en ese caballo y mis maestros siguen siendo los niños”.

Una de las cosas que más le admira de ellos, agrega, es su capacidad de mirar el mundo con libertad, porque un niño es capaz de ver el mar que hay en el plato de sopa o el pequeño sol que vive dentro de la lámpara, y a ella le interesa esa mirada, ese momento anterior al encuentro con la definición que nos entrega el colectivo.

Creo que cuando creces entiendes que lo que hay en el plato es sopa y no un mar, una bombilla y no un sol pequeño, pero el recuerdo de ese mar o ese sol del tamaño de un ovillo que viste alguna vez te acompaña durante toda la vida y al contactarte con él evocas justamente algo que tanto necesitamos: la libertad de pensamiento, la posibilidad de relacionarnos con el mundo desde nuestra propia y particular experiencia, concluye Ferrada, quien tiene especial aprecio por los lectores mexicanos y sus entusiastas muestras de empatía con su literatura.