Charles Bukowski: un perdedor ejemplar

*El escritor hoy cumpliría 99 años de edad; tras arribar durante su infancia a los Estados Unidos, radicó en Los Ángeles durante gran parte de su vida

*El escritor hoy cumpliría 99 años de edad; tras arribar durante su infancia a los Estados Unidos, radicó en Los Ángeles durante gran parte de su vida

Por Mario Bravo Soria

México, 16 Ago (Notimex).-Heinrich Karl Bukowski —mejor conocido como Charles Bukowski— nació un día como hoy pero hace 99 años. Acerca de él suelen evocarse un universo de lugares comunes, tan repetidos que casi se han convertido en una segunda piel del personaje en cuestión: alcohólico, mujeriego, entregado a los placeres más mundanos, poco o nada seguidor de las normas sociales...y fracasado. Todas las anteriores son características que a cualquier ser humano le determinarían su estar en el mundo, casi como la piedra del viejo Sísifo cayendo, una y otra y otra vez ladera abajo. En el autor de Cartero (1971) encontramos que lejos, muy lejos se ubicó de significar tales rasgos como si de una pesada carga se tratara: Bukowski hizo de la necesidad, virtud; triunfó al fracasar.       Nacido en Alemania (en la antiquísima ciudad de Andernach) durante el año de 1920 y convertido en exiliado a muy temprana edad —su familia escapó de los estragos generados por la Segunda Guerra Mundial—, pareciera que nuestro personaje arribó al mundo ya con un mohín de inconformidad y desconfianza ante la existencia humana (incluso la propia). Habitante de un hogar en donde desde la infancia estuvo en contacto con experiencias violentas y desagradables, todo haría suponer que sus vicios fungieron como pararrayos, coraza y trinchera.       En esos vicios y perdiciones, en los cuales un ser humano ordinario se extraviaría como si se trataran de cantos de bellas sirenas, Bukowski halló un estilo y construyó, a partir de tales rasgos, una pedagogía: aquella de quien enseña a vivir aún a pesar de los fracasos cotidianos; o peor (¿mejor?), quizás estemos ante una pedagogía de quien, inclusive involuntariamente, enseña a triunfar aún siendo un fracasado ejemplar.       Si Freud teorizó a partir del Psicoanálisis acerca de esos sujetos que fracasan cuando triunfan; quizás será necesario reformular ciertos postulados del genio austriaco para decir algo acerca de los seres humanos como Bukowski: un sujeto fijado al exceso constante; alguien sin despertador y enemigo de los rutinarios horarios de oficina (tal como lo plasmó en su célebre obra Cartero, escrita en 1971); amante de los placeres carnales y del rompimiento de las reglas. Un perdedor que, en un acto de magia totalmente imprevisible, a sus 49 años de edad decidió jugarse el último as bajo la manga que le quedaba disponible; y así dedicarse de lleno a la escritura, esto durante el ya lejano año de 1969.       El método de vida propio del autor de Factótum (1975), pareciera estar marcado —continuando con la traza hecha desde el Psicoanálisis— por cierto acontecimiento de su infancia. Particularmente la relación con su padre, un soldado estadounidense, quien asestaba tremendas palizas al niño y joven Bukowski. Nada más carcelario que ser hijo de un padre militar.       En el inventor del personaje (alter ego del propio escritor) Hank Chinaski, puede suponerse un doble movimiento: desacatar las reglas paternas y, en un segundo acto, construir un universo propio; no tan vacío de reglas como cualquiera pudiera suponer, sino que en ese mundo hecho a medida se hallaban ciertos parámetros, lineamientos y consignas. Por ejemplo, menciona el autor de Música de cañerías (1983):       "Yo creo en el alcohol, pero hay que estar en buena forma para poder beber. Tomo buenos vinos, me gusta ser bueno con mi estómago, si soy bueno con él, él es bueno con mi mente, mi mente es buena con mi espíritu y mi máquina de escribir es buena conmigo".       Como deja intuir la anterior reflexión, el escritor nacionalizado estadounidense no era necesariamente un seguidor de una vida sin reglas; por el contrario, gustaba de construir las suyas. Y respetarlas sagradamente.       Bukowski fue un tipo de fracasado con método.       Detestó la rutina capitalista y las convenciones sociales pero antepuso a ello todo un mundo hecho a su medida, bajo su modo de vivir (y morir). Sólo así se entiende que haya escrito con una constancia envidiable; entre el alcohol, los cigarrillos y el sexo, un lugar preponderante en su vida era ocupado por la inseparable máquina de escribir Underwood.       Vivió los días y las noches como si se tratara de un auténtico paria, alguien sin un futuro halagador, un hombre derrotado. Pero triunfó. Y no tal cual por el reconocimiento que la crítica le brinda a sus célebres libros, tampoco por la fama alcanzada o el lugar que el mundo literario le reserva en el Parnaso de los poetas. Su triunfo radica en haber vivido como él asumió que debía vivirse. El triunfo de su fracaso ejemplar fue encontrar en la escritura, un conjuro en contra de la gris monotonía.       Bukowski, un perdedor ejemplar.