Cotidianeidades, por Carlos Herrera de la Fuente

[El autor, nacido en la Ciudad de México en 1978, es filósofo, ensayista, traductor y poeta. Doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg, Alemania, ha publicado dos poemarios y dos ensayos de filosofía: Ser y donación. Recuperación y crítica del pensamiento de Martin Heidegger (2015) y El espacio ausente. La ruta de los desaparecidos (2017).]

Racismo, cinismo y violencia

Carlos Herrera de la Fuente

El primer paso hacia la violencia es la irreflexión. Ésta, sin embargo, suele venir acompañada de aparentes razones. El hecho de que dos infames homicidas, perpetradores de dos masacres distantes en el espacio y en el tiempo, se tomen la molestia de redactar respectivos manifiestos que expliquen y “justifiquen” los atroces actos que están a punto de cometer, debe llamar fuertemente la atención de quien, lejos de reproducir la respuesta inmediata de los medios masivos de comunicación, tenga la pretensión de entender lo que, a primera vista, resulta francamente incomprensible. Tal es el caso de los actos terroristas ejecutados por Anders Behring Breivik en Noruega, en 2011, y Patrick Crusius en Estados Unidos (Texas), hace apenas unos días.      No hay nada que choque tanto a la opinión pública y a la mentalidad mediática que el hecho de que, detrás de esos terribles asesinatos, no se encuentre a un simple desquiciado, quien, tras un arranque de furia irracional, sea capaz de realizar semejantes actos. Al contrario, ambos homicidas esgrimieron con anterioridad “razones” de sus acciones, e, incluso, en el caso de Behring, durante su juicio, se sometió a dos pruebas psiquiátricas para demostrar que no era un psicótico, ni en el momento de las agresiones ni en el de su evaluación médica. Tanto en su pensamiento como en su accionar, los dos asesinos realizaron un “balance” político, económico, social y cultural de sus naciones de origen, así como de su procedencia étnica, para “justificar” lo que ellos consideraban un desenlace inevitable, aunque “limitado”.      Peor aún, las víctimas de sus ataques no eran consideradas por ellos como “objetivos” principales: Behring, quien asesinó sin piedad a 69 adolescentes socialdemócratas en la isla de Utøya, los declaró como simples “sacrificados” en su intento por llamar mediáticamente la atención y desencadenar un alzamiento ultraconservador contra la migración en Europa; por su lado, Crusius escribió en su manifiesto que, en principio, la comunidad hispánica no estaba dentro de sus objetivos homicidas hasta que leyó el infame libro El gran reemplazo del francés Renaud Camus (que, en realidad, es una apología islamofóbica).      Finalmente, por si fuera poco, en el colmo de lo que puede llegar a significar la actitud “políticamente correcta”, Behring, a pesar su abierta simpatía con el nacionalsocialismo, se declara admirador del Estado de Israel, y Crusius, por su parte, se presenta como un ecologista crítico del consumismo norteamericano.      Si bien el estado de choque que genera cualquier ataque terrorista es entendible, y la inmediata condena a sus ejecutantes y planeadores necesaria e insoslayable, la ininteligibilidad derivada es principalmente consecuencia de una asunción errónea, pero inevitable, producto de la ideología dominante y espontánea que domina la opinión pública y el sentido común: que los que participamos de los esquemas occidentales de convivencia vivimos en una sociedad libre, pacífica, democrática y respetuosa de las diferencias étnicas y raciales. Lo contrario es lo cierto.      En sus famosas Tesis sobre la historia, Walter Benjamin llegó a afirmar que el estado de excepción que vivimos, lejos de ser una rareza, es en verdad la regla. La sociedad liberal y sus apologistas se llenan la boca con las palabras de libertad, democracia, justicia, etc., cuando la realidad cotidiana es la de la marginación, la sobreexplotación, el desempleo, la migración forzada, la narcoviolencia, etc. El impacto que generan los violentos atentados que alcanzan una masiva difusión mediática es resultado de que la extrema violencia, que normalmente se ubica en zonas alejadas a los centros de poder y a los espacios de convivencia de las clases altas y medias, hace de pronto irrupción en el seno una sociedad acostumbrada, simultáneamente, a los elevados valores liberales y a ver de lejos, por las redes sociales o por la televisión, la violencia que los “otros” experimentan cotidianamente.      En una coincidencia inmediata, y que siempre debe resultar sospechosa al analista crítico, el conjunto de medios de difusión masiva condenó al presidente estadounidense Donald Trump como principal instigador de los asesinatos ocurridos en El Paso, Texas, debido a su constante retórica antimexicana y antiinmigrante. Nadie puede negar, por supuesto, que Trump comparte el desprecio ultraconservador a los migrantes ilegales no-blancos, y que ha hecho uso y abuso de esa retórica para alcanzar altos niveles de popularidad entre los ciudadanos derechistas de su nación con miras a las próximas elecciones. Pero sería absurdo culpabilizarlo unilateralmente de una serie de hechos que constituyen, desde hace muchas décadas, una realidad impulsada lo mismo por políticos demócratas que por republicanos: la persecución, tortura, secuestro y asesinato cotidianos de migrantes por parte de las mismas autoridades que, supuestamente, deberían respetar sus derechos humanos. Trump es, en este sentido, tan culpable como Obama, Bush Jr., Clinton, etc. Trump es, en realidad, un síntoma extremo de la violenta política antiinmigrante que Estados Unidos promueve desde hace décadas en su territorio.      La diferencia entre Trump y Obama (al que los medios suelen adorar, olvidándoseles que, durante su administración, la expulsión de migrantes ilegales alcanzó niveles máximos) se halla en que el primero expresa cínicamente lo que el otro calla con la típica hipocresía liberal. Esta diferencia, claro, no es menor. El cinismo es la expresión de un abandono en la creencia de los valores universales para afirmar abiertamente la violencia que el sistema oculta de manera cotidiana; es la manifestación de una actitud agresiva contra los otros, con el propósito de defender el interés particular de un grupo (étnico, racial, regional, nacional) por encima del de los demás.      Al perderse la mínima barrera discursiva que identifica al discurso hipócrita del liberalismo (que igual defiende la libertad que la competencia salvaje, la tolerancia que el principio de lucro, la convivencia multicultural que el más descarado egoísmo), la violencia estalla como terror retórico y físico contra los otros. Como lo explicó magníficamente Peter Sloterdijk en su Crítica de la razón cínica, específicamente al analizar la atmósfera cultural de la República de Weimar que dio paso a la emergencia del nacionalsocialismo, la posición cínica, despreciadora de todos los valores universales, es la antesala inmediata del fascismo. Y el fascismo mismo no es la negación total del liberalismo, sino la afirmación de su “lado oscuro”. De ahí que Horkeheimer y Adorno llegaran a afirmar en Dialéctica de la Ilustración que, en realidad, los fascistas antisemitas no eran “sino liberales que querían manifestar su opinión antiliberal”.      La normalidad de nuestros días es la de la violencia extrema. Condenar los atentados terroristas que llegan al corazón de las sociedades significa, inmediatamente, condenar a las sociedades que los hacen posibles, que los engendran. Quien quiera pensar seriamente el asunto no puede construir ni seguir la ficción hollywoodense, propia de la mentalidad norteamericana promedio, de la sociedad armónica y democrática que, de repente, es atacada por un maníaco lleno de odio. No. La sociedad capitalista contemporánea es una sociedad de odio, violencia, marginación, sobreexplotación y persecución homicida. Ella misma genera sus excesos (sus Trumps, sus Behrings y sus Crusius). Luchar contra ella significa, como lo propondría el mismo Benjamin, promover el verdadero estado de excepción social: aquél en el cual se trabaja conscientemente para superar, de manera estructural, no sólo discursiva, el odio institucional que es parte inherente de la sociedad liberal contemporánea.