EL COLOR PÚRPURA, ALICE WALKER

A continuación reproducimos un fragmento de la novela El color púrpura (1983), de la escritora estadounidense Alice Walker, que le valió el Premio Pulitzer. Texto autorizado por grupo editorial Pe...

A continuación reproducimos un fragmento de la novela El color púrpura (1983), de la escritora estadounidense Alice Walker, que le valió el Premio Pulitzer. Texto autorizado por grupo editorial Penguin Random House.

EL COLOR PÚRPURA

Alice Walker

«No se lo cuentes a nadie más que a Dios.

A tu mamá podría matarla»

Querido Dios:

Tengo catorce años. Soy He sido siempre buena. Se me

ocurre que, a lo mejor, podrías hacerme alguna señal que

me aclare lo que me está pasando.

La otra primavera, poco después de nacer Lucious, los oía

trajinar. Él le tiraba del brazo, y ella decía: Aún es pronto,

Fonso. Aún no estoy bien. Él la dejaba en paz, pero a la otra

semana, vuelta a tirarle del brazo. Y ella decía: No puedo. ¿Es

que no ves que estoy medio muerta? Y todas esas criaturas.

Ella se había ido a Macon, a que la viera la hermana doctora, y

me dejó al cuidado de los pequeños. Él no me dijo ni una pa-

labra amable. Solo: Eso que tu mamá no quiere ha-

cer vas a hacerlo tú. Y me puso en la cadera esa cosa y empezó a moverla

y me agarró los pechos y me metía la cosa por abajo y, cuando

yo grité, él me apretó el cuello y me dijo: Calla y empieza a

acostumbrarte.

Pero no me he acostumbrado. Y ahora me pongo mala

cada vez que tengo que guisar. Mi mamá anda preocupada, y

no hace más que mirarme, pero ya está más contenta porque

él la deja tranquila. Pero está demasiado enferma y me parece

que no durará mucho.

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Querido Dios:

Mi mamá ha muerto. Murió gritando y maldiciendo. Me

gritaba a mí. Me maldecía a mí. Estoy preñada. Me muevo

con lentitud. Antes no vuelvo del pozo, el agua ya se ha calen-

tado. Antes no preparo la bandeja, la comida ya se ha enfria-

do. Antes no arreglo a los niños para ir al colegio, ya es la hora

del almuerzo. Él no decía nada. Estaba sentado al lado de la

cama. Le cogía la mano y lloraba y repetía: No me dejes, no te

vayas.

Cuando lo del primero, ella me preguntó: ¿De quién es?

Yo le dije que de Dios. No conozco a otro hombre y no supe

qué decir. Cuando empezó a dolerme y a movérseme el vien-

tre y me salió de dentro aquella criatura que se mordía el

puño, me quedé pasmada.

Nadie vino a vernos.

Ella estaba peor cada día.

Un día me preguntó: ¿Dónde está?

Yo le dije: Dios se lo ha llevado.

Pero se lo había llevado él. Se lo llevó mientras yo dormía.

Y lo mató en el bosque. Y matará a este otro, si puede.

Querido Dios:

Dice que está harto de mí. Dice que estoy mala y que no

hago más que fastidiar. A la otra criatura también se la llevó.

Era un niño. Pero me parece que no lo mató. Creo que lo

vendió a un matrimonio de Monticello. Yo tengo los pechos

llenos de leche y se me sale y siempre estoy mojada. Él pre-

gunta: ¿Por qué no vas más decente? Ponte algo. ¿Qué quiere

que me ponga? No tengo nada.

Ojalá encuentre a alguien y se case. Mira mucho a mi her-

mana pequeña, y ella está asustada. Pero yo le digo: Yo cuidaré de ti.

Si Dios me ayuda.

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Querido Dios:

Ha traído a casa a una chica de por la parte de Gray. Es

poco más o menos de mi edad, pero se ha casado con ella.

Está siempre encima de ella y la pobre anda de un lado a otro,

como si no supiera lo que le pasa. A lo mejor pensó que lo

quería. Pero es que aquí somos tanta gente. Y todos necesita-

mos algo.

A Nettie, mi hermanita, le ha salido un pretendiente que

es casi igual que nuestro papá. También es viudo. A su mujer

la mató al volver de la iglesia un amigo que tenía. Pero él solo

tiene tres hijos. Vio a Nettie al salir de la iglesia, y ahora todos

los domingos por la noche tenemos en casa a Mr. ———. Yo

le digo a Nettie que siga con sus libros. Porque ella no sabe lo

que es tener que cuidar a unas criaturas que ni siquiera son tu-

yas. Y mira lo que le pasó a mamá.

Querido Dios:

Hoy me ha pegado porque dice que en la iglesia le guiñé

un ojo a un chico. Algo que me entraría, porque de guiñar,

nada. Y es que a los hombres ni los miro, la verdad. A las mu-

jeres sí las miro, porque a ellas no les tengo miedo. Pensarás

que porque me maldijo le guardo rencor a mi mamá. Y no. Yo

compadecía a mamá. El querer creer lo que él le contaba es

lo que la mató.

A veces todavía mira a Nettie, pero yo siempre me pongo

delante. Ahora le digo a mi hermana que se case con Mr. ———.

Pero no le digo por qué.

Le digo: Cásate, Nettie, y disfruta de la vida por lo menos

un año. Después, seguro que se queda embarazada. Pero yo,

ya nunca más. Una chica me ha dicho en la iglesia que para

quedar embarazada has de tener el mes. Y yo ya no lo tengo.

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Querido Dios:

Por fin Mr. ——— ha venido a pedir la mano de Nettie.

Pero él no la deja marchar. Dice que es muy joven y que no

tiene experiencia. Que Mr. ——— tiene demasiados hijos.

Además, está el escándalo que dio su mujer al morir asesina-

da. ¿Y lo que se murmura de él y de Shug Avery? ¿Qué hay

de eso?

Le he preguntado a nuestra nueva mamá por Shug Avery.

¿Quién es? Dice ella que no lo sabe, pero que se enterará.

Ha hecho más que eso. Ha conseguido un retrato. Es el

primer retrato que veo de una persona de verdad. Dice que

Mr.——— sacó algo de la cartera para enseñárselo a mi padre

y que el retrato cayó al suelo y fue a parar debajo de la mesa.

Shug Avery es la mujer más bonita que he visto en mi vida.

Más bonita que mi mamá. Y diez mil veces más bonita que

yo. Lleva unas pieles y la cara pintada y el pelo brillante. Son-

ríe enseñando los dientes y está subiendo a un coche. Pero sus

ojos están serios. Y un poco tristes.

Le digo que si puedo quedarme con el retrato, y he pa-

sado la noche mirándolo. Y he soñado con Shug Avery, que vis-

te que tira de espaldas, y baila, y se ríe.

Querido Dios:

Le dije que me tomara a mí en lugar de a Nettie cuando

nuestra nueva mamá se puso enferma. Él me preguntó que de

qué le hablaba. Yo le dije que podía arreglarme y me fui a mi

cuarto, y salí con unas plumas y unos zapatos de tacón alto de

la nueva mamá. Él me pegó por vestirme de descarada, pero

me lo volvió a hacer.

Mr. ——— vino a casa por la noche. Yo estaba en la cama

llorando. Por fin Nettie lo había visto claro y la mamá nueva

también. Y ella también lloraba en su cuarto. Nettie iba de la

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una a la otra. Estaba tan asustada que tuvo que salir a vomitar.

Pero no salió por el porche. Allí estaban ellos.

Mr. ——— dijo: Bueno, supongo que lo habrá pensado

mejor.

Él dijo: No. Nada de pensarlo mejor.

Mr. ——— dijo: Es que mis pequeños necesitan una

madre. No pienso darle a Nettie, dijo él hablando muy despacio.

Es muy joven y no sabe nada de la vida. Además, quiero que

estudie. Tiene que ser maestra. Pero puede llevarse a Celie. Al

fin y al cabo es la mayor. Tiene que ser la primera en casarse.

No está fresca, eso ya lo sabrá usted. Está tocada. Dos veces.

Pero tampoco es tan importante que la mujer esté fresca. Yo

me traje a una que estaba fresca y ahora siempre está enferma.

Los críos la molestan, como cocinera no vale nada y ya está

embarazada.

Mr. ——— no decía nada. Yo, de la sorpresa, había dejado

de llorar. Es fea, decía él, pero sabe trabajar. Y es limpia. Además,

Dios la ha arreglado. Ya puedes hacerle lo que quieras, que no

tendrás que vestirlo ni darle de comer.

Mr. ——— seguía sin decir nada. Yo saqué la foto de Shug

Avery y la miré a los ojos. Sí, me decían sus ojos, a veces pa-

san estas cosas.

La verdad es que tengo que sacarla de casa, decía él. Ya es

muy mayor para estar viviendo aquí. Y me enreda a las otras

chicas. Llevaría su ajuar. Y la vaca que ha criado en el corral.

Pero a Nettie no pienso dársela. Ni ahora ni nunca.

Mr. ——— dijo algo por fin. Carraspeó. La verdad es que

nunca me había fijado en esa otra, manifestó.

Pues, la próxima vez que venga, le echa un vistazo. Es fea.

No parece ni pariente lejana de Nettie. Pero será una buena

esposa. Tampoco es muy lista y, se lo advierto, tiene usted que

vigilarla o regalará todo lo que tenga en casa. Pero puede tra-

bajar como un hombre.

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Mr. ——— preguntó: ¿Cuántos años tiene? Casi veinte, contestó él.

Y, otra cosa: cuenta mentiras.

Querido Dios:

Tardó en decidirse toda la primavera, de marzo a junio.

Yo solo pensaba en Nettie. Si yo me casaba, ella podría vivir

con nosotros, y si él seguía tan enamorado de ella, a lo mejor

podíamos escapar. Las dos le dábamos de firme a los libros de

Nettie, porque sabíamos que si queríamos marcharnos tenía-

mos que aprender mucho. Yo ya sé que no soy tan bonita ni

tan inteligente como Nettie. Pero a ella no le parezco tonta.

Dice Nettie que para recordar quién descubrió América

no tengo más que pensar en la cola. Porque Colón viene de

cola. Yo eso de Colón lo había aprendido ya en primer grado.

Y también fue lo primero que se me olvidó. Dice Nettie que

Colón vino en tres barcos que se llamaban la Guinda, la Pina

y la Tamarinda. Los indios lo recibieron tan bien que él se lle-

vó a su tierra a unos cuantos para que sirvieran a la reina.

Pero es difícil estudiar, con eso de la boda con Mr. ———

dando vueltas en la cabeza.

Cuando lo del primer embarazo, mi padre me sacó de la

escuela. No le importó que a mí me gustara ir. Nettie estaba

conmigo en la puerta, sin soltarme la mano. Yo iba toda com-

puesta para el primer día de clase. Con lo bruta que eres no te

sirve de nada ir a la escuela, dijo Pa. Aquí la lista es Nettie.

Pero Pa, decía Nettie llorando, si Celie también es lista.

Hasta Miss Beasley lo dice. Nettie adora a Miss Beasley. Dice

que no hay en el mundo nadie como ella.

¿Y quién va a hacerle caso a Miss Beasley?, preguntó Pa.

Se quedó soltera por chismosa. Ninguno quiso cargar con

ella, y ahora tiene que dar clase para ganarse la vida. Lo decía

sin levantar los ojos de la escopeta que estaba limpiando. Al

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poco llegó un grupo de hombres blancos, cada uno con su es-

copeta. Pa se levantó y se fue con ellos. Toda la semana estuve

vomitando y guisando caza.

Pero Nettie no daba su brazo a torcer. Un día, Miss Beas-

ley vino a casa a hablar con Pa. Le dijo que, desde que era

maestra, no había conocido a nadie que deseara aprender tan-

to como Nettie y yo. Pero cuando Pa me llamó y ella vio lo

estrecho que me estaba el vestido, se calló y se fue.

Nettie no entendía nada. Yo tampoco. Lo único que sa-

bíamos nosotras era que yo me había puesto muy gorda y

siempre estaba mareada.

Nettie pronto me dejó atrás en lo de estudiar. Y es que

nada de lo que me decía se me quedaba en la cabeza. Un día

quiso convencerme de que la Tierra no era plana. Eso ya lo sé,

le contesté. Pero no le dije lo plana que yo la veía.

Una tarde vino Mr. ——— con cara de cansado. La mujer

que lo ayudaba se había marchado. Y su mamá había dicho

basta.

Y preguntó: ¿Puedo verla otra vez?

Pa me llamó: Celie. Como si nada. Mr. ——— quiere ver-

te otra vez.

Yo salí a la puerta. El sol me daba en los ojos. Él seguía a

caballo y me miró de arriba abajo.

Pa sacudió el periódico. Acércate, que no te va a morder,

dijo.

Yo me acerqué a la escalera, pero no mucho, porque me

daba miedo el caballo.

Anda, date la vuelta, dijo Pa.

Yo me di la vuelta. Entonces vino uno de los pequeños,

me parece que Lucious, que es gordito y juguetón y siempre

está comiendo.

¿Qué haces ahí?, me pregunta.

Tu hermana está pensando en casarse, dijo Pa.

Él se quedó igual que antes, me tiró de la falda y me pre-

guntó si le daba compota de moras de la alacena.

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Sí, le dije.

Es cariñosa con los niños, dijo Pa volviendo a abrir el pe-

riódico. Nunca la he oído gritarles. Y les da todo lo que le pi-

den. Eso es lo malo.

Mr. ——— dijo que si lo de la vaca seguía en pie.

Y él contestó: Esa vaca es suya.

Querido Dios: He pasado todo el día de la boda escapando del hijo ma-

yor. Tiene doce años. Su mamá murió en sus brazos, y él no

quiere una mamá nueva. Me ha abierto la cabeza de una pe-

drada y me he manchado el vestido de sangre. Su papá le ha

dicho: Eh, tú, eso no se hace. Pero de ahí no ha pasado. Resul-

ta que tiene cuatro hijos, no tres, dos chicos y dos chicas.

A las chicas no las habían peinado desde que murió su mamá.

Yo he dicho que habría que afeitarles la cabeza. Para que salga

cabello nuevo. Pero él dice que cortar el pelo a las mujeres

trae mala suerte. Así que me he atado un pañuelo a la cabeza

lo mejor que he podido y después de hacer la comida —aquí

hay fuente, en lugar de pozo, y una cocina de leña que parece

un armario— me he puesto a desenredar pelos. Las niñas tie-

nen seis y ocho años, y lloran. Y chillan. Y me llaman asesina.

He terminado a las diez. Ellas se duermen llorando. Yo no

lloro. Mientras estoy en la cama, con él encima, pienso en

Nettie y en si estará segura. Luego pienso en Shug Avery y

en que a ella le haría esto mismo y que quizá a ella le gustaba.

Le paso un brazo alrededor del cuello.

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Querido Dios:

Yo estaba en la ciudad, esperando en el carro, mientras

Mr. ——— compraba en la tienda. Entonces vi a mi niña.

Enseguida supe que era ella. Era igual que yo y que mi

papá. Más igual que nosotros mismos. Una señora la lleva-

ba de la mano y las dos vestían igual. Cuando pasaron por

mi lado le hablé, y la señora me contestó muy amable. La

niña me miraba y ponía hociquito, como de enfadada. Tie-

ne mis mismos ojos tal como están ahora. Como si ya hu-

biesen visto todo lo que yo he visto y estuvieran pensán-

dolo. Seguro que es mía, lo noto aquí dentro, pero de fijo no

puedo saberlo. Si es mía, se llamará Olivia. Yo le bordé Olivia

en toda la ropa, y también estrellitas y flores. Él lo cogió todo

cuando se llevó a la niña. Ella tenía dos meses. Ahora tendrá

unos seis años.

Bajo del carro y me voy detrás de Olivia y de su nueva

mamá, que entran en una tienda. Ella pasa la mano por el

canto del mostrador, como si no le interesara nada de aque-

llo. Su mamá pide tela. No toques nada, le dice. Olivia bos-

teza.

Es bonita, digo y ayudo a la mamá a ponerse la tela cerca

de la cara, formando pliegues.

Ella sonríe. Voy a hacer vestidos para las dos, me dice. Su

papá estará orgulloso.

¿Quién es su papá? Me sale sin darme cuenta. A ver si por

fin alguien se ha enterado.

Ella dice: Mr. ———. Pero no es el nombre de mi padre.

¿Mr. ———? ¿Quién es?

Ella me mira como diciendo: ¿Y a ti qué te importa?

El reverendo Mr. ———, contesta. Y se vuelve de cara al

dependiente.

Bueno, chica, ¿te la llevas o no?, pregunta él. Hay otros

clientes esperando.

Ella contesta: Sí, señor. Póngame cinco metros, por favor.

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Él le quita la tela de la mano, tira la pieza en el mostrador,

la deshace y cuando le parece que tiene los cinco metros, ras-

ga sin medir. Será un dólar treinta, dice. ¿Quieres hilo?

Ella contesta: No, señor.

No se puede coser sin hilo, dice él. Saca un carrete de hilo

y lo arrima a la tela. Este color le va bien, ¿no te parece?

Sí, señor. Él se pone a silbar. Coge los dos dólares y le devuelve

un cuarto. Me mira. ¿Necesitas algo, chica? Yo le digo: No,

señor. Salgo tras ella. No tengo nada que ofrecer y me siento pobre.

Ella mira a un lado y al otro. No está. No está. Lo dice

como si fuera a llorar. ¿Quién no está?, pregunto.

El reverendo ———. Él se llevó el carro.

El carro de mi marido está ahí mismo, digo.

Ella sube. Muchas gracias, me dice. Miramos a toda la

gente que ha venido a la ciudad. Nunca había visto tanta aglo-

meración, ni siquiera en la iglesia. Los hay muy bien vestidos.

Otros, regular. Las señoras tienen mucho polvo en la ropa.

Me pregunta por mi marido, ahora que ya sé del suyo. Se

ríe un poco al decirlo. Yo le contesto que se llama Mr. ———

¿Ah, sí?, dice ella, como si estuviera muy enterada. No sabía

que se hubiera casado. Es muy guapo, me dice. No lo hay más

guapo en todo el condado, ni blanco ni negro, dice.

Mala facha no tiene, digo yo. Pero lo he dicho sin pensar.

Casi todos me parecen iguales.

¿Cuánto tiempo tiene su niña?, le pregunto.

Va a cumplir siete años.

¿Cuándo los cumple?

Piensa un poco y me dice que en diciembre.

Es en noviembre, lo sé.

¿Cómo se llama?, pregunto como si no me importara.

La llamamos Pauline, contesta.

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Se me para el corazón. Luego me dice, muy seria: Pero yo la llamo Olivia.

¿Por qué Olivia, si ella no se llama así?

No hay más que verla, dice ella. Mire esos ojos. Solo un

viejo tendría unos ojos así. Por eso la llamo Olivia. Se ríe.

Mira, Olivia, dice acariciándole el pelo, ahí viene el reve-

rendo. Veo un carro y un hombre grande, vestido de negro,

con un látigo en la mano. Muchas gracias por su hospitalidad.

Yo las veo irse y sonrío. Es como si la sonrisa me partiera la

cara. Mr. ——— sale de la tienda y sube al carro. Se sienta y

dice muy despacio: ¿Qué haces ahí, riendo como una idiota?

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