El Espíritu Inútil por Pablo Fernández Christlieb

[Cada mes el sociólogo y ensayista nos compartirá su punto de vista acerca de las situaciones que fluyen en la sociedad para reflexionar sobre ellas con el propósito de generar discusiones sobre las contemporáneas complejidades humanas.]

El papel de los libros

Pablo Fernández Christlieb

Después de que leyó gratis en la tablet un libro que le gustó mucho, uno va y lo compra, caro, de papel; y eso que ya lo leyó. O dicho en otras palabras, en el año 2010, la CGT, el viejo sindicato francés, colocó una manta monumental en la fachada de Le Monde que decía: “La muerte del papel todavía no se ha imprimido” (más textual: “La muerte de la imprenta no está escrita”), porque los trabajadores de los medios impresos traían una bronca contra la digitalización y por ende la desaparición de periódicos, revistas y libros, y se pronosticaba a ciencia cierta y cinismo abierto que para 2018 ya no iba a haber prácticamente publicaciones en formato físico. Pero el futuro fue lo contrario: actualmente los títulos de las librerías aumentan cada día y se venden bastante. Que se publique mucha porquería ahorita no viene al caso.    Este fenómeno extraño, opuesto a la lógica, puede explicarse no por la lectura, sino por el urbanismo, porque los libros son un modelo de urbanidad. Una ciudad es un lugar grande que sirve para vivir repleto de lugares pequeños que sirven para estar, para descansar, para trabajar, como las plazas, los parques, los talleres, las casas, los cafés, los techitos de las paradas de autobús; y las calles, que eran lugares para perder el tiempo o jugar rayuela por las que de vez en cuando pasaba un coche, o por las que uno llegaba a otro lugar.    Pero hay algo que está en contra de los lugares: irse, porque los lugares son para quedarse. Una ciudad que no esté hecha de lugares deja de ser ciudad y se convierte en una red de vías de tránsito que ya no es un lugar sino un flujo: un flujo es lo que sólo existe mientras desaparece. Irse, transitar, moverse, transportarse, es una función propia de los flujos, que se empezaron a meter en la mente tras la revolución industrial con las cadenas de montaje de la producción en serie, donde la mercancía se iba desplazando sobre una banda hasta quedar lista; la primera fue un matadero de puercos que recorrían el trayecto colgados de un riel mientras los operarios les iban sacando el tocino y el chicharrón. Luego ya vino el Ford Modelo T. Y, entonces, las ciudades empezaron a planearse como flujos tendiendo a sustituir los lugares por vías de transporte, canales de comunicación, avenidas, periféricos, ejes viales, segundos pisos, Metros y automóviles para que, según esto, las cosas, incluidas las personas, circularan más rápido aunque no tuvieran adónde ir, y les diera por estar siempre fluyendo, siempre en tránsito, nunca en su lugar, que es lo que cacarean los políticos e ingenieros cuando quieren dizque arreglar la ciudad: que hay que optimizar la movilidad (la ciudad les vale gorro).    Y el siguiente progreso de los flujos después de dejar la ciudad hecha un asco de tráfico y de malos modos, fue la revolución digital, la de Internet y los teléfonos inteligentes, en donde todo lo que entra (textos, imágenes, música, video, y usuarios) no está nunca exactamente ahí, sino anda circulando, transmitiéndose por la nube y por la red, de manera que uno puede estar en cualquier lado en contacto con datos o personas que vienen de otra parte, lo cual es absolutamente lo contrario de un lugar. Los individuos que uno ve por la calle, henchidos de conectividad checando su celular, están en cualquier parte excepto en la calle por donde van. Los Starbucks no son lugares, sino puntos de conexión con la red, al igual que las oficinas que los emprendedores alquilan por hora y que se esfuman cuando apagan su computadora. La revolución digital es la deslocalización de las ciudades: menudo contrasentido, porque es la deslocalización de los lugares, que significa que los lugares ya no tienen lugar.    Pero los lugares aquí siguen, porque la ciudad se resiste a desaparecer: todavía hay esquinas dónde esperar, filas en las que formase, postes en los cuales recargarse, cines, tienditas, que no se mueven y que son para todo aquél que quiera quedarse un rato y tener un respiro antes de su propia inmersión en Internet. Si no hubiera lugares, no tendría caso que hubiera ciudades. Y los libros de papel, físicos e impresos, con su peso y con su precio, son lugares, chiquitos, como las camas, las ventanas y las sillas, pero igual de acogedores, que suelen ponerse sobre una mesa y adornarse con una taza de café y un cenicero, una pluma y una media hora de serenidad. Ese es el papel de los libros. La muerte del papel no está escrita. Cuando tiene un libro enfrente, la gente siente que eso es un lugar, que no es de paso, donde se puede estar y se puede quedar, y distraerse y desafanarse del tráfico de las comunicaciones y la información y todas las cosas que pasan por la pantalla que sólo existen mientras desaparecen. No hace falta leerlo.