ROSARIO CASTELLANOS Y SU PASIÓN POR RICARDO GUERRA

En su vida, la escritora Rosario Castellanos (1925-1974) tuvo varios cometidos, como la literatura, la causa de las mujeres –que no necesariamente feminista- y la de los pueblos originarios y otros,...

En su vida, la escritora Rosario Castellanos (1925-1974) tuvo varios cometidos, como la literatura, la causa de las mujeres –que no necesariamente feminista- y la de los pueblos originarios y otros, pero un solo amor, el que le profesó a quien fue su marido, el filósofo Ricardo Guerra Tejada (1928-2007), discípulo de José Gaos, Joaquín Xirau y Eduardo Nicol, e integrante del grupo Hiperión, junto con Leopoldo Zea, Luis Villoro, Joaquín Sánchez MacGregor, Emilio Uranga, Fernando Salmerón, Jorge López Páez y Salvador Reyes Nevares. Su relación fue de encuentros y desencuentros.

Se conocieron en 1949, en la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), siendo ambos estudiantes. Al año siguiente retomaron la amistad, cuando presentó su tesis de titulación, en la que hace referencia a la situación de la mujer. Entonces se dio la primera relación sentimental, muy intensa, según el filósofo y quien fuera embajador de México en la hoy desaparecida República Democrática de Alemania, pero muy corta porque las cosas no funcionaron.

No obstante, siguiendo la correspondencia que ella le dedicó, reunida y publicada en 1994 por el entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) bajo el título Cartas a Ricardo, el amor de la autora de Balún Canán nunca fue a menos. Ni en su etapa de noviazgo, ni cuando estuvieron casados y tuvieron un hijo, Gabriel, ni cuando no estaban juntos.

La inestabilidad en la relación es fruto del carácter fuerte de ambas partes, de la pasión de Castellanos, de supuestas traiciones de él, de las dispares formas de ser y pensar de los dos. Así también se deja ver en entrevistas que el filósofo da en diferentes momentos a medios de comunicación.

En sus cartas, la escritora que habría de morir en un accidente eléctrico mientras cumplía la misión de embajadora de México en Israel, deja en claro el amor que le deparó desde el primer momento, y que habría de seguir por prácticamente el resto de su vida. En 1950, después de su primer encuentro, fugaz e intenso como se dijo, la poeta viajó a España al obtener una beca de estudios y desde Madrid el 6 de noviembre le escribe: “Me entregué a usted: nunca me he puesto a considerar si fue sólo un momento. Sé que antes de conocerlo era yo una persona completamente distinta de la que soy ahora y que tal como me ha hecho le pertenezco. El que usted me sea fiel o no, no me hace variar de actitud. Yo le seré fiel siempre, a toda costa”.

La entrega de ella es total, sin condiciones, incluso anteponiendo el amor a su persona, como se lee en una carta anterior, del 9 de octubre, enviada al filósofo desde Argentina: “Quiero ser para usted, lo mejor que yo pueda, lo que más se aproxime a lo que usted quiera. Pero es necesario que usted me ayude, que usted me oriente, porque si me abandona a mi intuición es probable que yo eche a perder todo y haga miles de tonterías, pero si usted me dice yo seré dócil en sus manos y me abandonaré totalmente a su voluntad”.

Desde Nápoles, el 20 de agosto de 1951 le refrenda su amor: “Lo amo, lo amo, quiero volver a México y falta tanto tiempo y, sobre todo, tanto espacio. Suya: Rosario”.

Sobre esta primera etapa de la relación, el filósofo declara que habían sido apenas 15 días de romance entre ella, de 25 años, y él, de 23, pero “yo no podía hacer mi vida a base de eso”, y anota que a su regreso de Europa lo intentaron de nuevo, pero “no embonamos, entonces no tenía sentido repetir esa relación”. Ricardo Guerra poco tiempo después se casa con la pintora Lilia Carrillo y, no obstante, el matrimonio que procreó dos hijos se disuelve en 1955. Entonces, la relación entre él y Rosario Castellanos se restablece y finalmente se casan en enero de 1958. De esa relación nace su hijo Gabriel, tras dos intentos fallidos por desgracia.

Pero los años que siguieron no fueron todos miel sobre hojuelas. En las entrevistas dadas por Guerra, éste declara su admiración por la personalidad de la escritora, su obra, su trabajo a favor de las mujeres y de los grupos autóctonos de Chiapas. Sin embargo, “viene una época muy difícil, porque tenía problemas de depresión, de cosas desde la infancia, que quizá se superan, más que nada, cuando logramos que tenga, además de la actividad de la casa, un trabajo objetivo, que fue cuando el rector Ignacio Chávez la nombró directora de Información de la UNAM”. Fue por esa época en que, además, nació su hijo Gabriel.

De la relación entre ambos y los motivos de su separación, mucho se ha hablado de infidelidades de él, de que tuvo relaciones extramaritales. Fuera o no cierto, ella es la que asume la culpa. En un momento en que viven separados, le escribe el 6 de noviembre de 1967 al respecto: “Mi vida, te quiero mucho. No he querido a nadie más que a ti. Me siento muy culpable y muy estúpida por haber echado a perder una relación que pudo haber sido, si no feliz, por lo menos no tan desdichada”, y le dice que, para ella, él representa a quien le puede dar “seguridad, anestesia de ese sentimiento de que estoy de más, de que estorbo, de que cualquiera me supla y con mejoría”.

No obstante, la relación no daba para más y la pareja se divorciaría en 1971, año en el que Rosario Castellanos es nombrada embajadora de México ante Israel, donde fallecería tres años después.

Al respecto, el filósofo declara en entrevistas que el suyo fue un matrimonio “muy bien”, “positivo” para “los dos; habíamos logrado deslindar cosas, y cada quien se iba a ocupar de una cosa o de la otra”.

Pero finalmente “no coincidíamos en muchas cosas, entonces cada quien hacía su vida. A ella le interesaban ciertas cosas, a mí otras, entonces hubo épocas en que eso no tenía ningún problema, y otras en que sí”, por lo que finalmente disolvieron su matrimonio. Sin embargo, él la describe como “mucho más sólida en todos sentidos, y eso ayudó a que el divorcio fuera en buenos términos, sin problemas. Luego es nombrada por Echeverría embajadora en Israel”, con el fatídico final referido.