ROSARIO CASTELLANOS POR DOLORES CASTRO

Como una fiel amante de la poesía y de la docencia, una férrea defensora de los derechos de las mujeres y de los pueblos indígenas, una mujer apasionada que trabajaba sin descanso por lo que creía...

Como una fiel amante de la poesía y de la docencia, una férrea defensora de los derechos de las mujeres y de los pueblos indígenas, una mujer apasionada que trabajaba sin descanso por lo que creía, incluso a costa de su salud, pero también como una amiga con la que compartió ideas, sueños y aventuras, que murió de manera infortunada y accidental, en un momento en el que más amaba la vida, así recuerda la poeta Dolores Castro a su amiga, la escritora Rosario Castellanos (1925-1974).

La maestra Castro tiene 96 años y es la única sobreviviente del Grupo de los ocho poetas mexicanos en el que figuraban, además de ellas, Javier Peñaloza (1921-1977), Alejandro Avilés (1915-2005), Octavio Novaro (1910-1991), Efrén Hernández (1904-1958), Honorato Ignacio Magaloni (1898-1974) y Roberto Cabral del Hoyo (1913-1999).

Aunque se mueve con dificultad, su memoria está intacta, como lo deja ver la lucidez con la que relata a Litoral su relación con la autora de la novela Balún Canán y el dolor que le ocasionó su muerte, ocurrida el 7 de agosto de 1974, en Tel Aviv, cuando era embajadora en Israel.

Sentada en un sillón reposet de la sala de su casa, Lolita, como le llaman sus alumnos y amigos, recuerda que el suceso le dio muchísimo pesar “y lo primero que hice fue defenderla, porque no era cierto que se hubiera suicidado”. A ella, un maestro judío de apellido Necket le había relatado que el día fatídico su amiga salió con su chofer a comprar una lámpara para poner sobre una mesa de fierro que le gustaba mucho.

“Llegaron a donde los árabes vendían cosas viejas, ella la vio y dijo ´es la que yo quería´, la compró y regresó a casa con ella; hacía un calor de 40 grados y, según el chofer le había contado a Necket, ella siempre llegaba al consulado y botaba los zapatos de tacón. Estaba literalmente empapada de sudor y lo primero que hizo, como se había enamorado de la lámpara, fue querer conectarla; como era vieja, algo debió tener mal, porque al introducir el contacto vino un estallido que la dejó en el suelo”, agrega con la mirada triste.

“Un alumno suyo me dijo que era imposible que se hubiera suicidado, eso fue un accidente, porque ella tenía pretendientes para matrimonio, vivía muy a gusto”, porque además había logrado darse el gusto de dar clase, como se lo había pedido al presidente Luis Echeverría, y tenía un éxito enorme, añade la autora de poemarios como “El huésped”.

Castro regresa entonces en el tiempo y señala que se conocieron en 1939, cuando cursaban el tercero de secundaria. Ella tenía 16 y Rosario 14; entonces las unía no sólo su gusto por leer y escribir, sino el hecho de que las dos provenían de familias de costumbres antiguas y tenían que librar más o menos las mismas batallas por su libertad, pues era una época en la que la mujer era encasillada en la cocina y la crianza.

Fue hasta los años 50 cuando ambas habían publicado ya sus primeros libros, que comenzó a haber un interés porque las mujeres se involucraran más en la sociedad, aunque a medias, dice, porque aunque en el 53 se había conquistado el derecho al voto y a ser votadas, una mujer presidente era impensable.

Con Castellanos, retoma, había vuelto a coincidir en la Escuela de Leyes, donde no duró ni un mes antes de que llegara uno de sus maestros de preparatoria y se la llevara a inscribir a Filosofía y Letras, en el edificio de Mascarones. Castro, por su parte, también consiguió la forma de matricularse en la carrera de Literatura; se veían en los descansos y compartían lo que cada una escribía. Fue allí donde conocieron a los directores de la revista América, que eran Efrén Hernández y Marco Antonio Millán, quienes les propusieron publicarlas, invitación que inicialmente declinaron.

“Pero ellos eran muy tercos y volvieron y volvieron hasta que aceptamos”, agrega Castro, quien estima que sería entre 1946 y 1947, de modo que muchos de sus primeros poemas fueron dados a conocer en esa revista, que marca el debut literario de las dos amigas, aunque recuerda bien que Castellanos publicaba más porque tenía recursos para hacerlo.

Otro momento importante que estrecha su amistad es su viaje a Madrid, a donde Castellanos viaja becada para estudiar Estilística y Lingüística durante un año, y Castro lo hace como su invitada. Un mes de travesía a lo largo de la cual ríen y sufren juntas porque las dos eran tímidas, pero unidas se sentían lo suficientemente fuertes para enfrentar lo que viniera.

Es un viaje que recuerda llena de emoción, con algunas risas francas, como cuando se refiere a la ingenuidad de querer comunicarse en francés para no ser escuchadas por unas españolas franquistas de hueso colorado, que resultaron mejores hablantes de francés que ellas; o de un retiro espiritual al que se les invita en la residencia de estudiantes que las aloja, y al cual no vuelven cuando escuchan a un padre expresarse mal de “los naturales de América que tenían lenguaje de salvajes”.

O cuando, ya de regreso, hacen una escala en Viena, un 16 de setiembre, esperando integrarse a algún festejo patrio en la embajada y lo que encuentran es una ciudad abarrotada, que hace que duerman en un baño, Castellanos en un catre y Castro en una tina.

SU LEGADO

Para Lolita, el legado de Rosario Castellanos es haber escrito una obra tan completa y de una manera tan especial, defendiendo siempre el trabajo de las mujeres, sin ser feminista a ultranza, porque, aunque ella leyó antes que nadie a Simone de Beauvoir y a todas las feministas, no se limitó.

Rosario siempre tuvo varias vocaciones y así lo dijo siempre, “escribir poesía e ir al otro continente para ver lo que he leído, pero de bulto, porque escribir poesía es mi vocación, pero también necesito ver qué hago por los indígenas de mi tierra”, a pesar de que nunca fue indigenista, pero sí una persona que trabajó mucho y que, aun cuando le daba miedo, andaba a caballo en jornadas dificilísimas, a veces en contra de todo, hasta de su salud, lo que complicó con una serie de ayunos que minaron su salud y la llevaron hasta la tuberculosis.

Castro recuerda que cuando regresó a la Ciudad de México, después de un periodo en Tuxtla Gutiérrez, “me escribió una carta en la que decía que tenía tuberculosis y quería hacer lo que todos los escritores con esa enfermedad, que leían La guerra y la paz, y que le consiguiera el libro, le contesté que cómo iba a tener eso, pero le compré el libro, inmediatamente se internó en un hospital de tuberculosos, y duró como un año, después ya salió curada”.

Luego se mudó a un departamento en la casa de un tío y siguió escribiendo y escribiendo…ella decía que nunca corregía un poema porque cuando lo escribía ya salía con la estructura requerida, yo la vi escribir así, recuerdo que una vez en una islita de un río, ahí le vino el poema y ahí lo escribió, creo que le sirvió mucho que era una mujer muy inteligente y sensible”, explica Castro de la genialidad de su amiga, a la que ve por última vez en 1974, en una visita de Castellanos realiza a México, unos meses antes de morir.

Como embajadora de Israel, Castellanos libró una constante lucha por conseguir recursos para sacar adelante la sede diplomática hasta el día de su muerte; no obstante la distancia, ambas continuarían unidas por la poesía, las ideas y los sueños de libertad; por lo indisoluble de sus nombres en la historia de la literatura mexicana del siglo XX, pero, desde luego, por la amistad y el cariño del que hoy solo una vive para contar.