ROSARIO CASTELLANOS Y LA INNOVACIÓN DE LA PALABRA

Rosario Castellano fue una mujer adelantada a su tiempo, pionera en varios aspectos, por ejemplo, en defender la causa de los derechos de las mujeres, también de los grupos indígenas, en ser de las ...

Rosario Castellano fue una mujer adelantada a su tiempo, pionera en varios aspectos, por ejemplo, en defender la causa de los derechos de las mujeres, también de los grupos indígenas, en ser de las primeras en inscribirse como estudiante de la carrera de Derecho y de Filosofía, en ser maestra de la carrera en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); en ser mujer embajadora, en escribir guiones para la enseñanza escolar y de educación para la salud bucal de los niños indígenas chiapanecos, entre muchas otras cosas más.

Por supuesto, también fue una persona sumamente sensible e inteligente, creadora de una obra poética muy importante, en la que también innovó en formatos y temáticas, lo mismo que con novelas que se han convertido en clásicos del tema, como lo es Balún Canán (1957), asegura la también escritora, catedrática e investigadora universitaria Margo Glantz, conocedora de la obra de la chiapaneca, con quien coincidió como de las pocas maestras que hubo un tiempo en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, posición que compartían con otra mexicana destacada: Luisa Josefina Hernández.

En plática con Litoral, Glantz, autora de títulos como Sor Juana Inés de la Cruz y sus contemporáneos y Las genealogías, explica que Castellanos fue una mexicana que hizo cosas importantes en literatura y otras disciplinas, como lo han hecho grandes mexicanos, pero de la que se desconoce qué tanto se siguen leyendo sus libros. Seguramente Balún Canán sí, pues trata el problema de la situación del habitante original del país, en particular los chiapanecos, importante para todos los mexicanos, tema que también abordó en su libro Oficio de tinieblas.

En Rosario Castellanos, acota, el conflicto lo visualizó en el caso de su tierra, Chiapas, con un conflicto entre indígenas y criollos o mestizos, donde prevalece un sistema casi feudal, el cual vivió muy de cerca al ser originaria de esa entidad, siendo su padre propietario de ranchos donde trabajaban indígenas. Ante esta realidad, Castellanos realizó en diferentes niveles e instancia un trabajo contundente a favor de ese grupo social.

La investigadora universitaria recuerda que el tema de los grupos autóctonos de alguna forma u otra también lo han tocado autores como nacionales Juan Rulfo, Carlos Fuentes y Juan José Arreola, así como Francisco Rojas González (El diosero) y Mauricio Magdaleno (El resplandor), pero esa novela significó un momento importante en esta corriente, asegura al recordar que otros autores latinoamericanos lo abordaron, entre ellos el ecuatoriano Jorge Icaza, con Huasipungo (1934), o el colombiano Germán Arciniegas, a través de sus estudios sobre América.

Respecto que su creación poética, continúa, es muy importante, en la que se adelantó en formatos, de un lirismo muy acusado, agudo, fino; es muy elaborada, pero al mismo tiempo transparente, sencilla, que todos pueden entender, nada hermética y con varios niveles de lectura, subraya Glantz. Un caso aparte es lo que escribió sobre el tema de las mujeres, en el que fue pionera y debería servir de material básico para el movimiento feminista actual, que ha tomado mayor atención del público gracias a manifestaciones como la de Me Too. La condición de la mujer lo abordó a través de los textos que publicaba en el periódico Excélsior, pero también en títulos como Mujer que sabe latín, El eterno femenino y Ciudad real, por mencionar algunos. Pero también lo hizo a través de su vida y actividades, en su trabajo como funcionaria en diferentes instituciones o como encargada de la oficina de prensa de la UNAM, con el rector Ignacio Chávez, o como embajadora de México en Israel.

Del último puesto, destaca que fue un encargo muy importante hecho a una mujer, dado que había muy pocas diplomáticas en el país, además de que hizo un excelente trabajo, aunque desgraciadamente falleció allá.

Al hablar de su desempeño como educadora, destaca que tuvo discípulos muy importantes, que hicieron cosas relevantes, pues era una maestra extraordinaria por su cultura, su viveza, su capacidad de difundir el conocimiento y de provocar en los demás que aprendieran. Fue una época memorable para la enseñanza, finaliza la experta en la obra de Rosario Castellanos.

La escritora chiapaneca nace el 25 de mayo de 1925 en la Ciudad de México, donde sus padres se encontraban de paso, pero de inmediato se la llevan a Comitán de Domínguez, Chiapas, donde su padre tenía propiedades en el campo para producir café y azúcar. Sus primeros estudios los realiza en aquella entidad y viaja a la capital del país para estudiar la Universidad, inscribiéndose primero en Derecho y luego en Filosofía. A los 18 años publica su primer poema en la revista América, donde Juan Rulfo habría de publicar sus primeros de El llano en llamas.

Al terminar la licenciatura y la maestría en carrera obtiene una beca para estudiar estética y estilística en España. A su regreso a México se dirige a Chiapas y escribe guiones educativos a través de la compañía guiñol tzeltal-tzotzil Teatro Petul y trabaja en el Instituto Nacional Indigenista. En 1958 se casa con el filósofo Ricardo Guerra, con quien procrea a su hijo Gabriel. Entre 1961 y 1966 es jefa de redacción y prensa de la UNAM, así como entre 1962 y 1971 imparte clases de literatura comparada, novela contemporánea y seminario de crónica en la FFyL de la UNAM.

En el último año mencionado es designada embajadora de México en Israel, donde imparte clases de literatura iberoamericana en la Universidad Hebrea de Jerusalén y fatalmente muere el 7 de agosto de 1974 a causa de un accidente eléctrico.