POEMAS DE SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ

Primero Sueño



Primero Sueño


(Fragmento)


Piramidal, funesta de la tierra


nacida sombra, al cielo encaminaba


de vanos obeliscos punta altiva,


escalar pretendiendo las estrellas;


si bien sus luces bellas


exentas siempre, siempre rutilantes,


la tenebrosa guerra


que con negros vapores le intimaba


la vaporosa sombra fugitiva


burlaban tan distantes,


que su atezado ceño


al superior convexo aún no llegaba


del orbe de la diosa


que tres veces hermosa


con tres hermosos rostros ser ostenta;


quedando sólo dueño


del aire que empañaba


con el aliento denso que exhalaba.


Y en la quietud contenta


de impero silencioso,


sumisas sólo voces consentía


de las nocturnas aves


tan oscuras tan graves,


que aún el silencio no se interrumpía.


Con tardo vuelo, y canto, de él oído


mal, y aún peor del ánimo admitido,


la avergonzada Nictímene acecha


de las sagradas puertas los resquicios


o de las claraboyas eminentes


los huecos más propicios,


que capaz a su intento le abren la brecha,


y sacrílega llega a los lucientes


faroles sacros de perenne llama,


que extingue, sino inflama


en licor claro la materia crasa


consumiendo; que el árbol de Minerva


de su fruto, de prensas agravado,


congojoso sudó y rindió forzado.


 


Quéjase de la suerte: insinúa su aversión a los vicios y justifica su divertimiento a las Musas


¿En perseguirme, mundo, qué interesas?


¿En qué te ofendo, cuando sólo intento


poner bellezas en mi entendimiento


y no mi entendimiento en las bellezas?


Yo no estimo tesoros ni riquezas,


y así, siempre me causa más contento


poner riquezas en mi entendimiento


que no mi entendimiento en las riquezas.


Yo no estimo hermosura que vencida


es despojo civil de las edades


ni riqueza me agrada fementida,


teniendo por mejor en mis verdades


consumir vanidades de la vida


que consumir la vida en vanidades.


 


Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba


Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,


como en tu rostro y tus acciones vía


que con palabras no te persuadía,


que el corazón me vieses deseaba.


Y Amor, que mis intentos ayudaba,


venció lo que imposible parecía,


pues entre el llanto que el dolor vertía,


el corazón deshecho destilaba.


Baste ya de rigores, mi bien, baste,


no te atormenten más celos tiranos,


ni el vil recelo tu quietud contraste


con sombras necias, con indicios vanos:


pues ya en líquido humor viste y tocaste


mi corazón deshecho entre tus manos.


 


Contiene una fantasía contenta con amar decente


Detente, sombra de mi bien esquivo


imagen del hechizo que más quiero,


bella ilusión por quien alegre muero,


dulce ficción por quien penosa vivo.


Si al imán de tus gracias atractivo


sirve mi pecho de obediente acero,


¿para qué me enamoras lisonjero,


si has de burlarme luego fugitivo?


Mas blasonar no puedes satisfecho


de que triunfa de mí tu tiranía;


que aunque dejas burlado el lazo estrecho


que tu forma fantástica ceñía,


poco importa burlar brazos y pecho


si te labra prisión mi fantasía.


 


Hombres necios que acusáis


Hombres necios que acusáis


a la mujer sin razón,


sin ver que sois la ocasión


de lo mismo que culpáis:


si con ansia sin igual


solicitáis su desdén,


¿por qué queréis que obren bien


si la incitáis al mal?


Combatís su resistencia


y luego, con gravedad,


decís que fue liviandad


lo que hizo la diligencia.


Parecer quiere el denuedo


de vuestro parecer loco


el niño que pone el coco


y luego le tiene miedo.


Queréis, con presunción necia,


hallar a la que buscáis,


para pretendida, Thais,


y en la posesión, Lucrecia.


¿Qué humor puede ser más raro


que el que, falto de consejo,


él mismo empaña el espejo,


y siente que no esté claro?


Con el favor y desdén


tenéis condición igual,


quejándoos, si os tratan mal,


burlándoos, si os quieren bien.


Siempre tan necios andáis


que, con desigual nivel,


a una culpáis por cruel


y a otra por fácil culpáis.


¿Pues cómo ha de estar templada


la que vuestro amor pretende,


si la que es ingrata, ofende,


y la que es fácil, enfada?


Mas, entre el enfado y pena


que vuestro gusto refiere,


bien haya la que no os quiere


y quejaos en hora buena.


Dan vuestras amantes penas


a sus libertades alas,


y después de hacerlas malas


las queréis hallar muy buenas.


¿Cuál mayor culpa ha tenido


en una pasión errada:


la que cae de rogada,


o el que ruega de caído?


¿O cuál es más de culpar,


aunque cualquiera mal haga:


la que peca por la paga,


o el que paga por pecar?


Pues ¿para qué os espantáis


de la culpa que tenéis?


Queredlas cual las hacéis


o hacedlas cual las buscáis.


Dejad de solicitar,


y después, con más razón,


acusaréis la afición


de la que os fuere a rogar.


Bien con muchas armas fundo


que lidia vuestra arrogancia,


pues en promesa e instancia


juntáis diablo, carne y mundo.