POESÍA DE CARLOS MONTEMAYOR

Parral



Parral


Subo al monte de mi pueblo,


subo a la parte más alta del monte,


encima de mis recuerdos,


encima de mi vida.


El mundo y la tarde me rodean


y parecen la casa de mi infancia


cuando había fiesta.


Es luz, huertas, hierba,


mineros saliendo de las minas,


madereras quietas.


Ganado que entra otra vez al pueblo,


nogales erguidos entre álamos


y sauces a la orilla del río.


Todo parece posible desde aquí,


parece posible desear los veranos


en que todos los niños regresábamos del río,


en que su corriente nos mojaba los sueños


porque pasaba no sólo con el agua,


sino con todas las cosas del mundo.


Todos los seres,


toda la corpulencia del universo


nos cubría entre el olor de agua,


de hojas y de verano.


Aun muchas noches después bajo la almohada,


pasaba el mundo en el murmullo de esa corriente.


Parece posible sentir desde aquí


los arbustos de membrillo donde que jugábamos,


las huertas donde se agazapaba la frescura de los veranos,


como si las tardes revelaran un secreto del mundo


y los recuerdos atravesaran mi cuerpo


desde una vida que no era mía,


En un largo sueño, en un inmenso cuerpo,


subíamos por los árboles en las tardes


hasta las más altas ramas calientes,


Como besar ancianas manos


como aspirar el olor de una casa que ya no existe,


como escuchar una voz a lo lejos en el campo, el


leve viento y el calor inundaba mi pueblo


Inundaba el universo.


Y desde esa alta rama


veíamos todos los pueblos como el nuestro


Y no había pueblos que no fueran como el nuestro.


Los cuervos volaban sobre el río y sobre las huertas


como si supieran toda nuestra vida,


éramos tan niños que no sabíamos pedir


que todo permaneciera junto a nosotros.


La tarde es amplia segura, aquí en lo alto del monte


Estoy solo, amo este monte como si estuviera en lo alto de la música que amo


Enrojecen lentamente las nubes,


la tierra, las colinas,


cae la tarde llamando a sus últimas horas.


El atardecer es como un gran árbol


cubriéndonos con su sombra,


el viento recorre mis ojos,


la hierba desprende un rumor


como si fuese el nombre de algo que amamos,


como los ecos lejanos de una fiesta en las huertas


o alguien que muy lejos grita de una colina a otra.


La tarde enrojecida, luminosa,


como si fuera la única fuente de todas las cosas,


la única explicación,


pareciera que desde hace millares de años es la misma.


Y cuando el viento pasa sobre las cosas


y también sobre las que ya no están,


abre un rumor de invisibles ramas


brotando de su árbol, de su origen.