La tarde del 19 de septiembre de 2017 los perros no ladraron ni aullaron, y la alerta sísmica no sonó; fue ese movimiento repentino, fuerte y brusco que sintió lo que le avisó del temblor, recuerda Silvia Lozada, fundadora y directora de la Escuela para Entrenamiento de Perros Guía para Ciegos, 

Privada del sentido de la vista desde los tres años de edad, relata que sólo por su instinto de supervivencia, su perrita guía y la ayuda de una colaboradora de la escuela, fue como pudo conducirse a un lugar seguro fuera de las instalaciones.

En la sala de juntas de la escuela, que se ubica en Canal Ncional, en la colonia Villa Quietud,  la luz del sol que entra a través de una ventana ilumina el rostro de Silvia. Sus lentes oscuros reflejan parte del mobiliario que hay alrededor y ella no puede ver, pero que sabe esquivar a la perfección cuando se desplaza.

Kitty, su perrita labrador entrenada para ser su guía, permanece echada a su lado atenta a cualquier indicación. Con una sonrisa permanente en su rostro, la mujer refiere que los perros guía han sido parte de su vida, de su familia, y gracias a ese apoyo ella camina con confianza por doquier, incluyendo el transporte público.

Con cierta melancolía señala en entrevista que es imposible tener a lo largo de la vida un solo perro guía. “Yo he tenido alrededor de ocho, debido a que estos perros trabajan como guía unos ocho años, para después jubilarse”.

Señaló que por desgracia de 10 perros que  "van a  la escuela"  , solo tres resultan aptos para ser perros guía, su entrenamiento requiere de mucha inversión de tiempo y dinero.

Llegado el momento de su retiro se les busca una familia en la que el can pueda descansar y disfrutar de su cariño como animal de compañía, agrega, tras reflexionar lo que Kitty ha hecho por ella desde que la tiene, y lo que hizo ese martes cuando se cimbró la tierra, producto del temblor.

“Ya me había tocado el terremoto de 1985 y el año pasado revivió al mil por ciento el miedo que viví el mismo día, del mismo mes, pero 32 años atrás. Cómo olvidar eso, la memoria no tiene nada que ver con la falta del sentido de la vista”, dice.

Hace un año no se activaron los altavoces que previnieran del temblor que se avecinaba, por eso Silvia no tuvo tiempo de salir de la oficina hasta que terminó, y la sorpresa se convirtió en terror, que a un año todavía está lejos de desaparecer.

“Recuerdo que pasado el terremoto, casi de inmediato empecé a escuchar el ulular de las sirenas y las noticias desgarradoras. No necesitaba ver todo lo que había pasado para darme cuenta de la magnitud de lo ocurrido, muchas veces la imaginación es más fuerte que la realidad”, comenta.

Asegura que es un mito que los perros presientan los temblores. “Ojalá y eso fuera real, porque entonces los ciegos contaríamos con doble alerta”, dice sonriente a modo de broma.

“La falta de visión conjugada con los nervios, el miedo y todo lo que escuchaba, llevaron a que mi imaginación trabajara a toda velocidad y construyera todo tipo de escenas de terror en mi cabeza”, refiere.

Vestida con una blusa y pantalón que combinan a la perfección, añade que “el hecho de que mis ojos no vean los desastres tal como ustedes los vieron, no evita el sentir el mismo temor o más por lo que sucedió”.

Silvia destaca que en México aún hace falta concientizar a los ciudadanos sobre las necesidades de los invidentes, "que todos nos vean cuando pasamos a su lado", pues en muchas ocasiones necesitan de la ayuda de otras personas, pero se topan con un muro de indiferencia y la falta de una mano solidaria.

Los inquietos ladridos de los perros de raza labrador y retriever que se oyen afuera de la sala de juntas azuzan los oídos de Kitty, pero no logran distraerla de estar siempre atenta a las órdenes de su ama.

En medio de esos cánticos perrunos, la mujer afirma que los nulos recuerdos de los tres primeros años de su vida en los que sus ojos conocieron la luz, es quizá lo que le da la libertad para imaginar toda clase de colores, formas y rostros, pero también escenarios no tan agradables.