Dedicada a la cosecha y a la salud, así es “La danza de la cosecha” del estado de Puebla, que se presentó en el Museo Nacional de Culturas Populares en el marco de las actividades del Festival Nacional de las Culturas Populares.

En el Patio Jacarandas de ese espacio museístico, una pequeña representación de danzantes totocanos originarios de Pantepec, Puebla, (Huasteca poblana) ofreció una pequeña exhibición de esta danza, en la que el violín y arpa fungen como marcador ritual y para acompañar la danza que ejecutan sus participantes.

Un grupo de cerca de 10 danzantes, en su mayoría mujeres de la tercera edad, son quienes realizan dicha danza, con el propósito de buscar las lluvias y de aliviar o sanar a los que padecen alguna enfermedad.

“El ritual se centra en la cosecha, pero también cuando tenemos algún enfermo, tenemos esta costumbre, a fin de que el enfermito se levante. En el lado de la cosecha, cuando viene el viento, hay que tenerlo contento para que no nos tire la milpa.

“Esta danza que celebramos entre junio y diciembre, es una costumbre que realizamos cuando vemos que no quiere llover y lo que sembramos no quiere salir, de tal manera que efectuamos esta danza que dedicamos a la lluvia”, dijo a Notimex la curandera Reyna Francisca Eduardo.

Explico que, durante la festividad, se acostumbra matar un pollo, guajolote o marrano, para dedicarlo a Dios, para que nos brinde buena cosecha y al final, resulta, nos manda la lluvia, pero no es enseguida, sino a los 15 días.

En el patio antes mencionado, una de las curanderas de esta danza es quien se encarga de un ritual, colocando una mesa sobre la cual se coloca un mantel floreado y enseguida decenas de flores de colores, cerveza, fruta, tabaco y agua, por mencionar algunos objetos.

Minutos después, las mujeres de la tercera edad forman un semi-circulo alrededor de dicha mesa y efectúan un baile, el cual es acompañado de incienso, y la música del violín y arpa.

En el caso del enfermo, se le coloca un collar de flores y se le hace una especie de ‘limpia’ con un ramo, incienso y se le escupe una especie de ‘agua bendita’ para que sane o se cure.

En la cosmovisión de los arpistas totonacos, se tiene la creencia de que el instrumento es un ser con vida propia, por ello en los rituales le ofrendan alimentos, tabaco, lo sahúman y lo presentan en los altares.

Es de mencionar que este ritual está acompañado de rezos y la danza, y son los curanderos quienes indican a los músicos el momento de iniciar con los primeros sones, de esta manera, la música de arpa funciona como un ritual.

Por medio de los sones de costumbre, se saluda a las entidades de la naturaleza y se les ofrenda, formando una relación de reciprocidad para agradecer a las deidades del agua, el sustento principal de los hombres.