México no puede ceder a la tentación de recurrir al uso de transgénicos, toda vez que su uso implicaría desechar más de 500 años de historia y labor nativa de los campesinos que han trabajado para lograr el maíz que hoy conocemos.

La investigadora del Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), María Elena Álvarez- Buylla Roces, expuso lo anterior al impartir la conferencia “Todo comienza con una semilla: la flor, el maíz, la salud y nuestra soberanía”.

La académica galardonada en el campo de Ciencias Físico Matemáticas y Naturales con el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2017, por sus aportaciones a la preservación de la diversidad biológica, destacó que a través de su investigación, ha podido corroborar los riesgos que conlleva el uso de transgénicos y que derivan en daños a la salud.

Explicó que el principal problema es que quienes pretenden controlar a nivel genético la alimentación, insisten en actuar bajo un enfoque reduccionista que derivó del descubrimiento de la cadena del ADN, en 1952.

Esta visión pretende atribuir todo el potencial y característica de los seres vivos a la herencia, como si de la estructura de esta cadena se pudiera dar la explicación a todas las características de los seres vivos.

Advirtió que en realidad dicha visión sólo considera el genotipo (atributos genéticos) pero deja de lado el fenotipo y que son las características superficiales de un organismo, resultado de la combinación del genotipo y los factores externos.

A grandes rasgos, explicó que dos organismos iguales genéticamente, como pudieran ser dos ratones clonados, al crecer podrían desarrollar características diferentes precisamente por el fenotipo, de manera que uno podría ser hiperactivo mientras que el otro gordo y perezoso.

Lo mismo ocurre a nivel plantas y frutos, en donde los factores fenotípicos son los que finalmente determinan que un producto, como el maíz, hayan alcanzado una variación tan rica, resultado de la intervención manual de los campesinos que por años, por selección manual, llevaron a que este cereal tuviera tantas variaciones.

Sin embargo, hasta la fecha no existe una computadora lo suficientemente potente para entender los procesos mecánicos que definen la evolución y desarrollo de cada uno de los genes que conforman un organismo, incluso y aún cuando se les trata de manipular a nivel genético.

Por ello, destacó su convicción de que “no se puede ser científico sin tener una consciencia socioambiental y sin un sentido ético, ya que a pesar de que muchos logros de la ciencia han sido muy benéficos para el mundo, también se han causado muchos daños debido a los intereses económicos que han llevado a la ciencia a ser usada de manera mercantil.

En el caso del maíz transgénico, dijo, se ha recurrido a continuar con la idea de aislar sus genes para destacar algunas proteínas y características alimenticias sin considerar que la dinámica de la genética es un fenómeno fluido.

Advirtió que por ello, a pesar de haber logrado grandes avances para producir maíz en mayor cantidad, se han generado también consecuencias que han afectado a la biodiversidad, porque en la búsqueda de generar granos resistentes a los insecticidas y a los insectos ha traído como consecuencia el daño de otras especies que dependen de la interacción con el maíz.

Por si fuera poco, explicó que existen estudios que revelan que no existe maíz transgénico inocuo, como pretenden hacer creer quienes tratan de promocionar este cereal, ya que su consumo ha generado afectaciones a la salud como insuficiencia renal e incluso cancer, por el uso de químicos como el glifosato.

Por ello, advirtió que difundir el uso de maíz transgénico implica también atentar contra la soberanía nacional, ya que es echar por la borda todo el trabajo que por cientos de años han llevado a cabo los campesinos mexicano y que derivaron en la creación de uno de los cereales más completos y significativos del mundo.