La expansión de las plantaciones de monocultivos como la palma aceitera o la soya, la tala de madera preciosa o la apertura de nuevas fronteras mineras y petroleras suponen amenazas para la mayor reserva tropical del planeta que, sin embargo, tiene a las comunidades indígenas como su mayor aliada.

Datos recientes captados por satélites en Brasil y Perú, los dos países con mayor extensión de selva amazónica dentro de sus fronteras, muestran que las áreas de mayor preservación del bosque nativo son las reservas de indígenas.

En la Amazonía brasileña son 112 millones de kilómetros cuadrados de tierras indígenas -23 por ciento del total de la selva brasileña o 13.8 por ciento de toda la extensión del país- y los estudios por satélites revelan que cerca del 90 por ciento de estas áreas resisten a la expansión de las motosierras o el fuego.

Ello pese a que las tasas de deforestación de la Amazonía en Brasil aumentaron notablemente, desde los cuatro mil 500 kilómetros cuadrados anuales de 2012 a los casi siete mil del año pasado.

La mayor selva tropical del planeta, que ocupa más del 50 por ciento del territorio brasileño, ha sufrido en los últimos 30 años los efectos de esta tala acelerada y corte raso, que va sucedida muchas veces por la quema de los remanentes del bosque, para abrir áreas de pasto para el ganado bovino o la producción agrícola.

Las áreas más preservadas, especialmente en regiones de acceso posible por la existencia de carreteras, son por lo general las áreas indígenas, una situación que se repite en Perú, según datos recientes.

“Áreas protegidas y tierras indígenas han salvaguardado tres mil 17 millones de toneladas cúbicas de carbono en 2017”, explicaron los investigadores del centro MAAP sobre la Amazonía, que estudian las tendencias de destrucción de la selva tropical usando datos de satélites.

La Amazonía es uno de los mayores depósitos de carbono del planeta, como consecuencia de siglos de expansión de millones de árboles y plantas que capturan CO2.

Así, cuando la selva es destruida o los árboles quemados, ese CO2 es liberado en la atmósfera, lo que contribuye con los efectos del cambio climático.

De hecho, el MAAP señaló que casi la mitad de las emisiones anuales de Perú (47 por ciento) provienen de la destrucción de la selva, mientras expertos ambientalistas brasileños sitúan en más de dos tercios del total la cifra para el gigante sudamericano si se consideran las emisiones procedentes de la actividad agrícola y ganadera.

Desde que tomó posesión del cargo en mayo de 2016, grupos ecologistas y de la sociedad civil acusan al gobierno del presidente Michel Temer de aliarse con los lobbies agroindustriales para acometer una reducción masiva de las áreas de protección de la selva, con el objetivo de expandir las actividades económicas, lo que impacta no solo al medio ambiente sino también a los pueblos nativos de Brasil.