La catedral de Saint Louise se convirtió en un campamento para personas desplazadas. Desde hace dos años más de tres mil personas encontraron refugio en el perímetro de esta iglesia, ubicada en el centro de Bria, una ciudad completamente abandonada por las autoridades y que terminó en manos de los milicianos.

Las ayudas en forma de alimentos y medicinas repartida por las grandes ONG no son suficientes y los sacerdotes, que llevan adelante el campamento con grandes dificultades, no pueden hacer otra cosa que mandar un apelo desesperado a la comunidad internacional para que ayude al Estado centroafricano a tomar el control del territorio.

"Para recibir a los desplazados -explica el padre Ephrem Pounaba, uno de los sacerdotes al servicio de la catedral de Saint Louise- tuvimos muchísimos problemas. Alojarlos y encontrar la manera de alimentarlos es un desafío. Estamos hablando de grandes números, alrededor de tres mil personas”.

“Nosotros, a nivel de arquidiócesis -dice-, no podemos hacerlo solos y por eso dependemos de las grandes ONG en lo que respecta a la distribución de alimentos. Pero la entrega de comida no se hace aquí. Hay que ir a campamentos más grandes y hacer unas colas interminables. Y las cantidades nunca son suficientes para alimentar a nuestros desplazados".

"La educación de los niños -continúa el religioso- es nuestro otro dilema. Los niños no escolarizados son numerosísimos. La única escuela pública de Bria está superpoblada, recibe a más de dos mil alumnos con solo cuatro maestros”.

“Así no aprenden nada y los padres de nuestros niños, a menudo analfabetos, prefieren que jueguen al fútbol todo el día. Y, sobre todo, temen que si están solos por la calle los milicianos pueden atacarlos. Se trata de preocupaciones comprensibles", añade.

A finales de 2012 los Séléka (alianza, en lengua sango), grupos de milicianos de mayoría musulmana, llevaron a cabo un golpe de Estado contra el presidente François Bozizé.

En contraposición a los Séléka surgieron los Anti-Balaka (Anti-Kalashnikov), y se desencadenó una dura guerra civil que todavía hoy tiene fuertes repercusiones sobre todo en las provincias más remotas de la República Centroafricana, como la de Bria.

Bria, donde el Estado no estuvo casi nunca presente, se convirtió en un inmenso campamento para desplazados. Se trata de desplazados de Bria que provienen justamente de allí. La ONU los cuenta en más de 73 mil, diseminados en varios campos.

Tuvieron que abandonar sus hogares, que habían sido destruidos en los combates entre los Séléka y los Anti-Balaka. Desde hace un par de años los Séléka, que en esta zona son superiores en número, obligaron por la fuerza a los Anti-Balaka a refugiarse en los campos y se aseguraron así el dominio de la ciudad.

Sin embargo, la violencia no se detiene y el único actor capaz de reducirla es la Minusca, la Misión de Estabilización Multidimensional e Integrada de las Naciones Unidas en el país.

La mayor parte de la vida de los desplazados de la catedral de Saint Louise se desarrolla detrás de la iglesia. En medio de un gran espacio abierto arbolado se colocó una reserva de agua potable donde los niños van a llenar los cubos para llevárselos a sus madres.

A pocos metros hay un pozo del que las mujeres toman el agua para lavar la ropa, que luego tienden sobre bancos de piedra. Las tiendas de campaña, que eran blancas, se volvieron rojas por la arena.

Los más afortunados lograron acampar en el interior de almacenes y salas que antes se usaban para las actividades culturales de la comunidad. Nadie trabaja porque nadie puede trabajar. Una gran parte de las actividades comerciales están bloqueadas y, por lo tanto, todos dependen de la ayuda humanitaria.

Helene Ndakala, de 30 años, es madre de tres hijos. El pequeño no tiene ni siquiera un año. Desde hace seis meses no puede ni siquiera cuidar a su familia. "Dormía tranquilamente –explica la joven- cuando de repente llegaron los Séléka. Nuestra casa está a las afueras de Bria y no había nadie para protegernos”.

Recuerda que “lo saquearon todo y lo incendiaron todo, incluyéndome a mí. Me arrojaron al fuego y se me quemó gravemente la pierna. Por suerte no tocaron a mis hijos. Mi esposo llegó poco después de que se fueran e inmediatamente me llevó al hospital en bicicleta”.

“Cuando los doctores vieron cómo tenía la piel de la pierna, me dijeron que fuera a Bangui, pero no había medios disponibles. Entonces las ONG que trabajan en el hospital me curaron como pudieron. Sucedió en octubre y todavía no puedo caminar, me duele demasiado", señala.

Delante de la catedral de Saint Louise se encuentra la base de una de las milicias Séléka más notorias de Bria, la conocida como "Chadianos", porque muchos de sus integrantes provienen de Chad.

Helene afirma haber reconocido a uno de sus agresores caminando a lo largo de la cerca de la catedral unas semanas antes.

"Me puse rígida de inmediato -confiesa- y sentí que me desmayaba. Él no se dio cuenta de nada, yo no pude olvidar su rostro y su sonrisa mientras prendía fuego a todo. La idea de saber que está aquí, cerca de mí y mi familia, no me deja dormir por la noche".

Saint Louise, centro del cristianismo de Bria, siempre fue un lugar de contacto entre las comunidades religiosas locales. Todavía hoy los musulmanes recorren con total tranquilidad los vastos terrenos de la catedral para ir a un extremo u otro de la ciudad.

Hablan con los desplazados, hasta hace poco sus vecinos. "El conflicto de la República Centroafricana -asegura el padre Ephrem- no es interconfesional sino una guerra entre grupos armados sedientos de poder”.

“Si dependiera de los civiles no habría violencia y, de hecho, antes del comienzo de la guerra civil todo iba bien. Tenemos un serio problema de seguridad. Esperamos que la comunidad internacional ayude al gobierno centroafricano, que es frágil y no tiene ningún control sobre el territorio", enfatiza.