Antes de que salga el sol, desde hace 20 años don Luis sale de su casa en Bucerías, en Bahía de Banderas, Nayarit, empujando sobre la arena de la playa su carretilla con cocos, mangos, piñas, jícamas y otras frutas de la temporada, para venderlas entre los turistas que visitan las playas de Nuevo Vallarta.

Con un machete muy afilado, en menos de un minuto las hábiles manos de este hombre dejan el coco listo para comer. Poco después un turista canadiense lo saborea con limón y una mezcla de salsas botaneras, que en ocasiones provocan que abra la boca y tome aire para disminuir el efecto del picor en la lengua.

De oficio “cocotero”, como él mismo se dice, Luis Alberto Mogina no deja de bendecir este trabajo que le permite disfrutar de una de las partes más sorprendentes y bonitas de la naturaleza: el mar.

Durante los años que lleva recorriendo estas playas ha visto de todo, ha sentido alegrías y miedos. El mar, dice, puede regalar todo, pero también en un abrir y cerrar de ojos quitarlo. Sin embargo es muy bondadoso porque avisa cuándo va a enojarse, para que tenga tiempo de resguardarse.

“Yo creo que por eso lo admiramos y respetamos tanto, todo los comemos gracias al mar, a su cercanía”, comenta don Luis, quien afirma que en temporada alta las ganancias son buenas; “llego a vender hasta mil pesos en un día, pero en temporada baja, como ésta, apenas logro llevarme 300 pesos".

Bajo los rayos del sol, el hombre de 56 años recuerda que antes de dedicarse a este oficio, prestaba sus servicios de albañilería con empresas constructoras o trabajaba por su cuenta, pero cuando el trabajo empezó a escasear, la mejor opción que encontró fue ofrecer productos que él mismo cosechaba, como los cocos.

Aquí, como en la albañilería, el trabajo es saber lidiar con las altas temperaturas que hay durante casi todo el año. Esta temporada es de las mejores en cuanto a clima, pero las peores para la venta porque hay poco turismo, afirma.

Con su dedo índice, Luis Alberto señala una construcción de color azul a lo lejos, que se distingue de entre las pintadas de blanco, y explica que desde ahí todos los días recorre la playa hasta que logra vender sus productos.

Sin embargo, se queja del trato que muchas veces recibe de los empleados de hoteles. "No me permiten acercarme a ofrecerles cocos o piñas a los turistas, por eso trato de caminar más cerca de la playa para no tener problemas, y mis clientes son las personas que están sentadas a la orilla de la playa o bañándose en el mar.

Con una gorra blanca que protege su rostro de los rayos del sol, don Luis platica emocionado que son los niños sus mejores clientes, quienes piden a sus padres que les compren cocos, piñas, jícamas o pepinos con limón y sal, para después disfrutarlos sentados sobre la arena mojada.

A sus espaldas las olas del mar acarician con suavidad la arena que, al quedar libre del agua salada, emite destellos brillosos que llaman la atención de quienes caminan por el lugar.