La vista humana no puede verlas ni tampoco podemos escucharlas, pero imagina cuando lanzas una piedra al agua, esas ondas que observas visualízalas, pero a nivel universo, lo que se mueve es el espacio mismo, es el que oscila.

Son las ondas gravitacionales que predijo Albert Einstein hace más de cien años y que en 2015, científicos del Observatorio de Interferómetro Láser Avanzado de Ondas Gravitatorias (LIGO por sus siglas en inglés) descubrieron a partir de la colisión de agujeros negros.

“Las ondas gravitacionales son como una especie de sismógrafos, pero nada más que en lugar de detectar los temblores están tratando de detectar variaciones en el campo de gravedad”, detalla Miguel Alcubierre, director del Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM.

Son, dice, perturbaciones en el campo de gravedad que se producen en eventos muy violentos en el universo, por ejemplo, el choque de estrellas, el choque de agujeros negros o la explosión de una estrella y se propagan hacia afuera a la velocidad de la luz, precisa en entrevista con Notimex.

“Nos llegan desde las regiones más remotas del universo. Son muy débiles, muy difíciles de detectar, en la vida diaria no nos afectan, ni las sentimos, nos atraviesan como si no estuviéramos aquí, realmente no nos afectan para nada”.

Pero son muy interesantes, porque traen información de este tipo de procesos violentos en el universo, “el problema es que nos tardamos más de cien años en detectarlas”.

La razón por la que los científicos se tardaron tanto en detectaras es porque son tan débiles y no se tenía la tecnología adecuada para detectarlas hace un par de años. Ya se tiene.

La primera vez que se intentó detectarlas fue en los años 60. Hace más de 50 años, un físico estadounidense, llamado Joseph Weber que ya falleció, utilizó un detector que era muy diferente a los que se usan hoy en día.

“Era básicamente un cilindro grandote de aluminio, que pesaba varias toneladas”, pero el aparato que se construyó no tenía la sensibilidad adecuada para detectarlas, comenta Alcubierre.

A partir de los 80s se utilizaron unos instrumentos llamados interferómetros en forma de L que disparaban rayos láser en dos direcciones y era reflejado por espejos, pero aun así las ondas gravitacionales eran tan débiles que con los primeros prototipos no veían nada.

Fue entonces cuando se pensó en construir unos interferómetros gigantescos, pero esto ocurrió hasta los años 90 cuando se consiguió dinero en Estados Unidos con ese propósito. Uno se encuentra en Livingston, Louisiana y otro en Hanford, Washington.

El proyecto científico se llama LIGO, por sus siglas en inglés, que quiere decir Observatorio Gravitacional por Interferómetría Láser. También en Italia se aprobó otro detector denominado Virgo, más pequeño y está situado cerca de Pisa.

Esto tres detectores estuvieron tomando datos sin éxito entre el 2005 y el 2010, porque el diseño inicial todavía no era lo suficientemente bueno.

“No pudieron detectar nada, a partir del 2010 los apagaron y les hicieron mejoras en todos los sistemas; cambiaron los espejos, láseres, mejoraron todo lo que pudieron para llegar al límite de precisión, la más alta”, comenta el director del Instituto de Ciencias Nucleares.

Así, el proyecto LIGO empezó a funcionar en el 2015 y casi inmediatamente, en agosto de este mismo año, los científicos tuvieron la enorme fortuna de ver una primera detección de ondas gravitacionales que correspondía al choque de dos agujeros negros muy masivos, cada uno de ellos con aproximadamente 30 veces la masa del sol.

“Los dos chocaron y se fusionaron en un agujero negro final que tiene una masa del doble, 60 veces la masa del sol, eso produjo una señal muy intensa en ondas gravitacionales que viajó por el universo a la velocidad de la luz, finalmente llegó a la tierra y aquí detectamos”, refiere el universitario.

A partir del 2015 a la fecha se han seguido captando cinco eventos de choques de agujeros negros, que parecen son los fáciles de detectar, porque “son grandotes y producen una señal intensa.

Hacia fines del año pasado, 2017, se percibió un evento particularmente interesante que correspondió al choque de dos estrellas de neutrones, que es diferente al choque de dos agujeros negros. Las estrellas de neutrones tienen mucho gas, mucha materia y cuando chocan producen una explosión muy violenta que se ve luz visible.

¿En que beneficiará a la humanidad este hallazgo histórico?

Permitirá conocer más el universo, “entender, por ejemplo, de qué están hechas las estrellas de neutrones, sabemos que están hechas de neutrones, pero cuál es la ecuación de estado, cómo se comportan los neutrones dentro de una estrella de este tipo”, dice el científico de la UNAM.

En el caso de agujeros negros, afirma, permitirá saber dónde están, cómo se forman, por qué se forman, de dónde salieron, cómo están distribuidos en el universo, qué tan lejos están, que tan frecuentes son.

Además de permitir medir distancias a galaxias lejanas con altísima precisión y entender la expansión del universo con más precisión.

Incluso, comenta, que en el futuro, probablemente con detectores más avanzados, sobre todo si se ponen en el espacio. “nos va a permitir estudiar ondas gravitacionales que se produjeron en la gran explosión, en el origen del universo”.

Ese tipo de ondas gravitacionales nos permitirían aprender sobre el origen del universo, pero no son las que estamos viendo ahorita, necesitaríamos aparatos más sofisticados para ver esas, se supone que deben existir, quizá en unos 20 años, puntualiza.