Pablo Meade Schlosser y Noemí Astorga son dos jóvenes que antes de los dos años de edad perdieron la audición fueron diagnosticados con hipoacusia (sordera) y sin esperanzas de que algún día pudieran hablar.

En ambos casos, se presume que medicamentos para bajar la fiebre y resolver infecciones, tóxicos para el oído fueron los responsables de lo que parecía una condena a un mundo de silencio, pero la tenacidad de sus padres y el avance de la tecnología médica les dio otro futuro.

Pablo, de 24 años de edad está por titularse en Psicología; además del español, habla inglés y pronto ingresará a clases de alemán, para después aprender el idioma de señas, pues quiere ayudar a otras personas que perdieron la audición.

Entre los dos y 11 años de edad usó auxiliares para amplificar el sonido y luego uno de los primeros implantes para escuchar mejor.

Recuerda que era un aparto antiguo que debía colocarse en el cinturón al que se le conectaban unos audífonos para poder escuchar. Posteriormente, se le colocó un implante coclear mediante una pequeña cirugía en el cerebro.

El receptor de sonido es un pequeño audífono con un aparato que por imán se sujeta a la cabeza para conectar con la parte que se encuentra dentro de ésta para estimular el canal auditivo.

Ahora es tan sencillo que, incluso puede jugar fútbol, escuchar música, salir a los antros, así como manejar automóvil y motocicleta.

“Los médicos habían dicho que no iba a hablar, pero las conexiones auditivas de mi cerebro se establecieron en los primeros años, mis padres siempre me hablaban, fui a terapia auditiva-verbal y ahora me puedo comunicar y escuchar muy bien”, resaltó.

La sobreprotección es lo más incapacitante señaló el joven que pretende ir a Chicago a un intercambio universitario para confirmar que puede ser independiente como cualquier persona de su edad.

Mientras que Noemí, tiene 15 años de edad y va a graduarse de secundaria este año. En su caso, el lenguaje es más limitado, entiende perfectamente lo que las personas le dicen, pero necesita más tiempo para poder articular oraciones más largas.

Su padre, Frank Astorga es embajador para México y Centroamérica, de la empresa Cochlear, para asesorar a candidatos y usuarios de estos sistemas auditivos.

En Papalote Museo del Niño, donde se llevó a cabo un encuentro con motivo del Día Mundial del Implante Coclear, recordó cuando les informaron que su hija de año y medio había quedado sorda.

Con la angustia y la depresión a cuestas se dedicó a buscar información, primero le colocaron unos auxiliares y luego un implante a la menor.

Para conseguir donadores, con el fin de recaudar los 23 mil dólares que costaba el implante tuvo que perder su trabajo y dejar la carga económica de su casa a su esposa.

A los casi seis años de Noemí, se realizó la cirugía y ahora se encuentra con su terapia auditiva-verbal para darle mayor independencia.