Con devoción, 45 mil peregrinos caminan sin descanso desde diversos municipios del Estado de México hasta Cuajimalpa, en la capital del país, para hacer una parada y continuar su camino rumbo a la Basílica de Guadalupe.

Esta peregrinación se lleva cabo desde hace 80 años, y su único propósito es llegar a La Villa y ver, aunque sea por un instante, a la Virgen del Tepeyac, agradecer los favores recibidos y pedir por salud, amor y prosperidad.

La columna de hombres, mujeres, niños y ancianos se extiende por las calles, y la barrera espesa se divide por banderas e imágenes de la virgen en una procesión en la que ni el sol, ni el cansancio han impedido a los participantes cantar y bailar.

Exhaustas, dos mujeres salen del grupo y se sientan en una banqueta, se distinguen por llevar en la cabeza coronas de flores. Explican que fueron coronadas por la comunidad de Ixtapan del Oro, para indicar que es la primera vez que peregrinan.

Con lágrimas en los ojos una de ellas señala que la fe es la fuerza que la obliga a seguir caminando para agradecer la vida de sus hijos de 19, 11, 10 y cinco años de edad.

La otra dice que quiere llegar al Tepeyac para agradecer por los bienes recibidos y también por los bienes perdidos, “me llama el milagro de la Virgen de Guadalupe y me sumo para que otros crean en ella”, afirmó.

Luis Dionisio, de Loma del Lienzo, municipio de Villa Victoria, muestra con orgullo la bandera de su pueblo, dice que el baile los motiva para caminar con alegría, dijo que viaja sólo, pero cuando llegue ante el altar Guadalupano pedirá por todos los que se quedaron en casa y también por los que ya no están.

A la vanguardia de uno de los contingentes, Catalino Romero Dávila, de 57 años de edad, no deja de bailar, el hombre, quien padeció un infarto, ha peregrinado durante los últimos 27 años y dice que ha transmitido la tradición a sus hijos, aunque reconoce que cada año la peregrinación se reduce.

En el mismo sentido, Margarita Valdés, de 68 años de edad, señala con tristeza que las nuevas generaciones prefieren hacer otras actividades y han olvidado la importancia de la fe para sus vidas.

En efecto, la delegación Cuajimalpa, que es el último lugar en el que descansan los peregrinos, reportó 45 mil peregrinos, cifra menor a los 70 mil del año pasado, los dirigentes explican que algunos grupos se separan y hacen procesiones más pequeñas; aunque admitieron que año con año disminuye el número de participantes.

La ofrenda no sólo es corporal, algunos prometen dar comida o servicios a los peregrinos, como Juan González, quien con su familia cocinaron carne de puerco con chile verde, pollo en jitomate tortillas, frijoles, arroz y agua.

Mientras sube a una mesa las enormes cacerolas con los alimentos, asegura que la comida se preparó para 800 personas, aunque servirán hasta donde alcance; sin dar cifras de la inversión, señaló que todo se hace con fe.

En la procesión se escuchan cantos en otomí, mazahua y español; algunos visten pantalones de mezclilla y playeras, otros pantalones de manta y enaguas de yacar tableadas. Sin importar su origen, a todos ellos los une la fe.