La comunidad mazahua y mixteca fomentan en esta ciudad fronteriza arte ancestral y turismo nacional e internacional, a través de sus diversos productos en la Plaza Santa Cecilia.

En esta plaza, a través de puestos ambulantes, la ropa, juguetes, artesanías y accesorios, en Tijuana se convierten en la cara de México para los turistas asiáticos y estadunidenses que todos los días acuden al lugar.

Frente al restaurante “La Tradición” ubicado dentro de la plaza, a cargo del director de Gastro Turístico, Martín Muñoz, los turistas disfrutan de la comida mexicana, mientras que escuchan música a cargo de grupos y mariachi que hacen bailar a los japoneses.

En entrevista con Notimex, la comerciante de la etnia mazahua, Martha Ramírez, manifestó que se conserva parte de su comunidad en Tijuana en Valle Verde, la colonia Obrera y la Gloria, que cuando está con ellos se siente más acogedor, entre confianza.

“Con mi familia fomentamos la lengua, me siento orgullosa de pertenecer a la comunidad indígena, tengo dos culturas, la urbana y mi origen porque mi mamá a los 20 años aprendió a hablar español y siempre me hablaba en los dos idiomas”, expresó.

Martha mencionó que es bonito el idioma mazahua, porque te hace diferente de los demás, especial, que le gustan algunas costumbres, por eso a uno de sus hijos le ha trasmitido su dialecto, que mediante la práctica fomenta esta lengua ancestral.

“Hablo mi idioma mazahua, pero no lo puedo escribir porque no encuentro las letras, a la hora de pronunciarlo se requieren acentos y la forma de alargarlos, mis padres indígenas me inculcaron amor a Dios y luchar por las cosas”, indicó.

Ramírez precisó que en su pueblo las personas eran muy respetuosas, se saludaban de tío y tía aunque no fueran familia, y cuando se enfermaban las personas toda la comunidad los visitaba y les llevaban fruta y comida.

“Cuando las embarazadas tenían a su bebé, todos acudían a apoyarla y cuidar al recién nacido, bañarlo y alimentarlo, también cuando las mujeres salían a trabajar las que estaban en sus casas cuidaban de sus hijos, la comunidad unida pusieron los postes de la luz e hicieron la escuela en mi pueblo San Francisco", comentó.

“Estudié en una escuela que no era de mi comunidad donde me humillaron porque era prieta, indígena, pero nunca me dejé vencer, me sentía más preparada y afortunada que ellos porque nací en mi familia y mi pueblo indígena”, enfatizó.

Indicó que para estudiar la secundaria se tuvo que venir a Tijuana a cuidar a un niño con su hermana para obtener el dinero y poder comprarse su uniforme, zapatos y útiles, y de esa forma continuar sus estudios.

“Para que me dieran permiso de estudiar me tuve que levantar a las cinco de la mañana para hacer mis labores en mi casa y caminar un kilómetro y medio para continuar mi educación, posterior a eso me dedique a la artesanía”, indicó.

Manifestó que cuando sus padres se casaron se fueron a vivir a la Ciudad de México, que su mamá vendió verduras y frutas en la calle, después puso un local y de eso se mantuvieron; tras un accidente cuando ella tenía ocho años donde falleció su padre, con su mamá regresó a vivir a su pueblo.

“Mi madre es mi orgullo y fortaleza, me enseñó a hacer hamacas, en mi comunidad compraban rollos de tela de peluche para hacer figuras, con hilos de maguey y nylon hacían gamarras, bozal para las reses, cinturones y tipo faja para cargar el mandado”, dijo.

Comentó que sin su padre hicieron artesanas y granjeras, criaron y vendieron puercos, recordó que su madre era vegetariana y comía mucha fruta y verduras, que nunca comió carne de puerco, ni huevos de las gallinas.

“A los 82 años, mi mamá sigue sin diabetes, sin colesterol, aunque no puede caminar sigue firme, es mi ejemplo a seguir, en Tijuana cuando alguien se enferma nos visitamos, así también cuando hacemos nuestras casas o en las fiestas”, expresó.