Debido a que las células gliales son las responsables de regular y suministrar los recursos energéticos que reciben las neuronas, su estudio es clave para entender las alteraciones ocurridas en trastornos psiquiátricos como la anorexia nerviosa.

El investigador del Instituto de Neurobiología del campus Juriquilla de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Daniel Reyes Haro, explicó que la anorexia nerviosa se describe como un trastorno de la conducta alimentaria que conlleva una restricción calórica extrema, lo que provoca una disminución acelerada del peso corporal, osteoporosis e incluso falta de menstruación.

Señaló que ante una restricción calórica severa se dan procesos de neuroinflamación, que impactan en el hipotálamo y producen déficits cognitivos en el hipocampo y la corteza prefrontal.

Sin embargo, se desconocen las alteraciones que ocurren a nivel celular, por lo que su investigación con ratones o ratas busca contribuir para entender cómo opera ese trastorno de la conducta alimentaria.

Explicó que indagar con roedores puede arrojar luz sobre el tema, ya que en la fauna se observan estrategias en las que se inhibe la ingesta a fin de sobrevivir, como los osos al hibernar o cuando los pingüinos machos son abandonados por sus compañeras y se quedan hasta cuatro meses sin comer para incubar un huevo; esto se conoce como anorexia animal.

“Aquí, la privación de alimento es regulada fisiológicamente como una estrategia adaptativa, lo cual es parte natural de su ciclo de vida. No obstante, en el humano es una conducta alimentaria aberrante”.

Refirió que en el humano, ese trastorno tiene que ver con factores psicológicos no reproducibles en laboratorio; sin embargo, “nuestra aproximación experimental en roedores nos permite investigar sobre los mecanismos neurobiológicos asociados a la decisión de no alimentarse, pese a tener hambre”.

El académico detalló que el hipotálamo regula el apetito y es el encargado de provocar el deseo de comer al sentir el estómago vacío, pero los individuos con anorexia optan por no probar bocado.

“Nuestra hipótesis de trabajo es que la disfunción de circuitos sinápticos específicos en la corteza prefrontal y el hipocampo podrían inhibir la función normal del hipotálamo, lo que reduciría el consumo de alimento”, explicó.

Para ahondar en el tema, el científico provocó un estado parecido a la anorexia en un grupo de ratas privándolas de agua, pues un mamífero deshidratado evitará la ingesta a fin de no perder líquido, mientras que a otro simplemente lo privó de comestibles.

La finalidad es que ambos grupos padecieran una reducción en la ingesta, sólo que uno de manera “voluntaria” y el otro involuntariamente.

“Además, recientemente comenzamos a experimentar con el modelo de anorexia basada en la actividad, más próximo a la anorexia nerviosa; puesto que el 70 por ciento de las jóvenes con este trastorno utiliza el ejercicio como complemento para reducir su peso corporal”, puntualizó.

Señaló que en los roedores privados de alimento ocurre una situación similar al tener enfrente una rueda de hámster; “eso les produce ansiedad, misma que buscan mitigar corriendo, y lo hacen con tal frenesí que pueden morir por inanición en menos de una semana”.

Refirió que sus investigaciones mostraron que las célula gliales incrementan su densidad y se vuelven reactivas ante una restricción calórica, lo que aumenta la producción de citocinas, moléculas pro-inflamatorias que alteran la función normal de los circuitos sinápticos.

Algunas de estas citocinas, actúan en el cerebro e inhiben la ingesta de alimento, por ello la investigación sobre el papel de las células gliales en la anorexia es fundamental para entender la neurobiología de este trastorno.

A decir del científico, este tipo de estudios son necesarios para entender la neurobiología de la anorexia, que afecta a cientos de miles de personas alrededor del mundo.

“Ello no implica que hagamos de lado los aspectos psicológicos de esto, sólo es otra forma de abordar e intentar comprender el problema”, aclaró.