Con la lentitud que vislumbra meses de trabajo, continúan las obras para demoler el edificio Osa Mayor ubicado en la esquina de las calles doctor Navarro y doctor Lucio en la colonia de los Doctores, afectado por los sismos ocurridos en septiembre.

Algunos hombres se enfrentan a toneladas de concreto y varillas, golpean con fuerza pero apenas caen fragmentos de la loza, su esfuerzo se opaca con trabajo que realiza el brazo azul de una grúa a la que sólo le basta estirar y descender con miles de kilos a cuestas.

Las paredes de los 15 pisos del edificio en el que habitaron 56 familias parecen haber sido roídos, los huecos aún dejan ver tablas, espejos, lámparas de los vecinos que tras cuatro meses han retomado sus actividades y por ahora el campamento que se instaló para su reguardo se observa vacío.

Sólo un hombre de mediana edad observa la destrucción con nostalgia, recuerda cada detalle del que fuera su edifico durante dos décadas: “sólo teníamos un tanque de gas de tres mil litros para todos”, “de aquel lado estaba uno de los elevadores”, “eran departamentos muy grandes ”....

Entre la demolición alcanza a ver su ventana, dice que desde ahí la vista era hermosa, señala que extrañará cada ladrillo y la amplitud que le ofrecían 100 metros cuadrados, dos baños y cuatro recámaras.

Su esperanza es que una vez terminados los trabajos, tras dos o tres meses, el Instituto de Vivienda de la Ciudad de México cumpla su palabra y se reconstruya el edificio con precios accesibles para que él y todos los vecinos regresen a su hogar.

Algunas personas que pasan por el lugar miran hacia arriba y señalan; otros ya se acostumbraron a ver la destrucción que dejaron los sismos, no sólo en Osa Mayor, también en Centauro, su gemelo de enfrente.

Un anciano camina aterrado al pie del edificio, se repite a si mismo: “así se escuchaba el día del temblor, así mero”, dirige las manos hacia sus oídos e invita a otros a escuchar el golpeo del mazo, la caída de piedras, la ruptura de cristales y las indicaciones de un trabajador a otro.

Desde la cúspide del edificio caen papeles, bolsas, plásticos, zapatos, hojas, despojos a los que los vecinos no les dieron prioridad cuando entraron a rescatar sus pertenencias.

En los tablones de madera que cercan y ocultan los trabajos hay letreros de los comercios que dejaron de funcionar en las inmediaciones, así la veterinaria Akira y una cocina económica invitan a sus clientes a visitarlos en su nueva ubicación, pero otros como un restaurante bar no lograron sobrevivir y permanecen cerrados.

Entre las ruinas del edificio Centauro en el que aún no inician los trabajos de reconstrucción o demolición, se escucha el maullido de gatos; Karina de 25 años de edad señala que algunos fueron abandonados por sus dueños desde el sismo y otros han aprovechado el despoblado para habitar y protegerse de las inclemencias del tiempo.

Ella deja un kilo de croquetas para gato y agua, dice que al día siguiente no hay nada. Con tristeza afirma que será muy difícil capturarlos para esterilizarlos por lo que seguirán reproduciendo hasta que sean un problema más a los que ya tiene la zona.

Muy cerca de los edificios afectados, oficinas de Derechos Humanos y del Tribunal Superior de Justicia de la Nación han reanudado sus operaciones, van y vienen personas vestidas de traje que limpian de polvo sus zapatos una y otra vez.

Ellos, también esperan que pronto termine la demolición, que la colonia vuelva a ser la de antes y que la vida que pudieron salvar durante los sismo continúe con tranquilidad.