La maestra Amalia Attolini trabaja en la elaboración de mapas que muestren los senderos que conectaban a Tenochtitlan con el Golfo de México, la zona maya, así como el resto de Mesoamérica, no sólo en cuanto al trasiego de mercancías, sino de personas, costumbres, ritos e ideologías. 

Adscrita a la Dirección de Etnohistoria, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), la especialista recordó que los caminos vincularon a las sociedades del periodo Posclásico Tardío (1200-1521 d.C.) en más de un sentido.

Por ejemplo, para los grupos del Altiplano Central sirvieron para extender su dominio y poder llegar hasta geografías distantes como la Costa del Golfo, donde se adueñaron de hombres, tierras y materias primas.

Esas rutas también sirvieron para establecer alianzas matrimoniales y militares, además de crear redes de intercambio de productos que reforzaron las conexiones interétnicas y dieron unidad a Mesoamérica.

Las redes de intercambio, añadió, importaron técnicas de trabajo, ideología, rituales y, sobre todo, fueron el conducto del mestizaje entre diversos grupos culturales, que con la conquista española se hizo más notable.

“No es casual -expuso- que los huastecos tengan una lengua emparentada con el maya, lo que habla del intercambio cultural, además existen testimonios arquitectónicos y cerámicos de los estilos teotihuacano y tolteca en la zona maya”.

Según la experta, las rutas hacia la zona maya tenían su precedente desde la época teotihuacana y se usaban para mover los recursos desde las áreas donde se producían hasta los puntos de demanda como el Altiplano Central, donde existían expertos que trabajaban las materias primas, como los amantecas de Azcapotzalco, que hilaban las plumas preciosas.

El traslado de las mercancías se hacía a través de los pochtecas (gremio de comerciantes) que empleaban esclavos; los tamemes, que servían de cargadores en los caminos terrestres, mientras que en las rutas fluviales y marítimas eran los remeros de canoas.

Mientras que de la zona de Tierra Caliente, es decir, de la Costa del Golfo y de la zona maya, se llevaba a la capital mexica cacao, plumas suntuosas, mantas, escudos, trajes de guerreros, chile, algodón, sal, vainilla, liquidámbar, hule, ónix, oro, turquesa y productos del mar, que eran tributados a la Triple Alianza o bien intercambiados en los tianguis de las rutas comerciales. 

Hasta ahora, dijo, ha dibujado varios mapas sobre las rutas prehispánicas de Tenochtitlan al Golfo, así como de los tributos que brindaban los pueblos de la región costera a la Triple Alianza, los cuales ha hecho a partir de fuentes históricas, códices, matrículas de tributos, mapotecas, estudios lingüísticos, investigaciones y reportes arqueológicos, así como a la etnografía que habla de viejos caminos hoy en desuso.

En tales mapas se aprecian los caminos que siguieron los pobladores de sitios como Tuxpan, Cempoala y El Tajín para llegar a la capital mexica; así como los puntos de intercambio entre los que destacan Tepeyahualco, Tepeaca y Tlaxcala.

Amalia Attolini Lecón, quien también ha investigado sobre los tianguis prehispánicos, prepara ahora un mapa general de Mesoamérica con sus regiones culturales, en el que mostrará un esbozo de redes de intercambio, con el propósito de que los nuevos investigadores trabajen rutas como la del jade, que corría desde los yacimientos en Guatemala y llegaba hasta la zona olmeca, en el Golfo de México, donde era una materia prima muy preciada.