Miguel Etchecolatz, uno de los represores más emblemáticos de la última dictadura argentina, violó la prisión domiciliaria con la que fue beneficiado el mes pasado gracias a una decisión judicial que provocó un escándalo en el país sudamericano.

Organizaciones de derechos humanos denunciaron que durante el fin de semana Etchecolatz fue a una cita médica sin custodia policial, sin esposas y en una camioneta sin identificación.

El expolicía de 88 años vive desde diciembre en Mar del Plata, una ciudad de la costa Atlántica ubicada a 410 kilómetros de Buenos Aires.

Varias fotos publicadas en las redes sociales probaron la denuncia, lo que reavivó la indignación provocada por los beneficios otorgados a un represor que ya fue condenado en seis ocasiones a cadena perpetua.

Durante la dictadura (1976-1983), gracias a su cargo como director de Investigaciones de la Policía de Buenos Aires, Etchecolatz cometió secuestros, torturas, asesinatos, desapariciones y robo de bebés.

La sola mención de su nombre remite al terrorismo de Estado que gobernó Argentina, ya que fue el principal cómplice de Ramón Camps, un exjefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires que dirigió varios centros clandestinos de detención.

En septiembre de 1976, Etchecolatz lideró, por ejemplo, un histórico y sangriento episodio conocido como “La noche de los lápices” y durante el cual fueron secuestrados y asesinados estudiantes de colegios secundarios, es decir, adolescentes.

En ninguno de los seis juicios por crímenes de lesa humanidad en los que fue condenado mostró arrepentimiento alguno, y en uno de ellos, incluso, demostró que los mecanismos de la dictadura seguían vigentes en democracia.

Etchecolatz fue el primer funcionario de la dictadura en ser llevado a juicio después de que en 2003 se derogaran leyes que permitieron la impunidad de los represores, y uno de los testigos en su contra fue el albañil Jorge Julio López, quien había estado secuestrado en cárceles clandestinas.

En 2006, después de declarar contra el represor, López fue nuevamente secuestrado y nunca más se supo su paradero, pero durante la condena, Etchecolatz escribió su nombre en un papel como un mensaje de que él sabía lo que le había ocurrido.

En los últimos años, el represor intentó por todos los medios acogerse al beneficio de prisión domiciliaria con el argumento de problemas de salud que eran descartados por los profesionales que lo examinaban.

A fines de diciembre, finalmente logró que le otorgaran la prisión domiciliaria en Mar del Plata, en donde ya se han realizado multitudinarias protestas en su contra y en repudio a las decisiones judiciales que benefician a represores.