José Manuel Torres Origel es un sacerdote mexicano que desde su parroquia ubicada en el poblado de Castelnuovo di Porto, a las afueras de Roma y en el corazón de Italia, se dedica cada día a dar un poco de felicidad a refugiados.

A pocos pasos del templo de Santa Lucía, donde presta servicio desde hace seis años, se ubica un Centro de Atención para Solicitantes de Asilo (CARA), que recibió al Papa Francisco en la Semana Santa de 2016.

“Tiene capacidad para mil 200 personas, pero hay unas 800 o 900. Muchas familias de distintas religiones, vienen de Asia y de África, requieren una gran atención de todo tipo. Nosotros contamos con muy poca gente para ayudar”, explicó en entrevista con Notimex este religioso de los “Siervos de Jesús”.

Desde su llegada como auxiliar a ese templo de la diócesis de Porto Santa Rufina, asumió el reto de atender el CARA y cada miércoles por la mañana asiste al centro de detención para organizar actividades o, simplemente acompañar a los internos.

No le resulta fácil, el idioma es el principal obstáculo. Muchos no comprenden el inglés, otros ni siquiera son cristianos.

“Están detenidos porque no tienen sus papeles (migratorios) en regla y pasa un tiempo para que el Estado italiano reconozca su situación migratoria, para ver si pueden conseguir el permiso para estar aquí o irse a otro país con una condición legal”, precisó.

Muchos de ellos provienen de África subsahariana, de países como Nigeria, Ghana, Eritrea o Senegal. Otros de Medio Oriente: sirios, paquistaníes, iraquíes. Es difícil establecer largos vínculos, la mayoría se van de repente cuando obtienen sus papeles o se escapan.

“No cuentan sus historias porque tienen miedo, normalmente los escuchan las personas dedicadas al trabajo social o las psicólogas, porque muchos están deprimidos”, siguió. Por ello, el sacerdote decidió recorrer otro camino e ideó encuentros para compartir las culturas.

“Para divertirlos con algún animador de la Cooperativa Social Auxilium, responsable del centro. A través del juego bajan las barreras lingüísticas, sobre todo con los niños de Siria que rápidamente sonríen, con ellos sus papas, se integran y todo se vuelve más fácil”, contó.

Además, invita a quienes quieran asistir a la parroquia para que, a través de convivencias, puedan pasar momentos de alegría en medio de los dramas que viven, tras haber dejado su tierra y su familia por un destino final que, muchas veces, no tienen claro cuál es.

El mismo Papa Francisco se interesó de aquella realidad y celebró allí la misa del Jueves Santo de 2016, con el tradicional lavado de pies. Saludó de mano a los huéspedes y le entregó, a cada uno, una felicitación de Pascua con una ayuda económica.

“Estaba muy feliz y al final dijo que tenemos tantas diferencias, pero estuvimos todos felices porque en el fondo buscamos la paz que otros no quieren”, contó.

“Desde entonces yo he visto que en este centro hay un ambiente diverso, se nota que dejó algo. Muchas personas se confesaron antes de esa misa, muchos trabajadores, es un ambiente muy interesante”, siguió.

El padre José Manuel no deja de recordar a su México, muestra con orgullo una imagen de la Virgen de Guadalupe que colocó en la sacristía de su parroquia; mientras en su oficina destaca un reloj de talavera poblana y unos chiles se observan al ingresar a su cocina.

Para él, existe una dramática similitud entre los refugiados africanos y los migrantes que intentan ingresar a Estados Unidos.

“Siempre he pensado que existe un enorme paralelismo entre la situación de la frontera norte en México. Muchas veces las personas van por la necesidad de un futuro, van detrás de un sueño americano que no existe y terminan mal, en esclavitud como sucede acá también, donde son explotados, no encuentran la vida mejor que buscaban, como la habían soñado”, estableció.

Reconoció que entre los italianos existe ignorancia y prejuicios alimentados por los medios de comunicación. Pero también destacó que algunos de ellos son “conscientes y sensibles”. “No todo es negativo, no todo es xenofobia. Cuando conocen a las personas, cambia todo”, consideró.

Si bien aceptó que diversas corrientes políticas están interesadas en rechazar a los migrantes como si fuesen una amenaza para Europa, otros los ven como una “oportunidad de oro” para la integración, para ver con realismo un futuro multirracial y multicultural.

Al mismo tiempo sostuvo que lo mejor sería que los migrantes pudieran ser ayudados en sus lugares de origen, prioritariamente.

“Tenemos que ver cómo los ayudamos, como en México y en tantas partes. No es sencillo, es más fácil sacarse de encima a estas personas diciendo: ‘este no es mi problema’ y se acabó, como han hecho muchos países europeos al cerrar las fronteras", indicó.

"Esa intolerancia se paga mal, como el famoso muro de (Donald) Trump, es una situación semejante a la que ocurre acá”, ponderó.