El rociamiento de denominado “Agente Naranja” durante la Guerra de Vietnam fue solo el comienzo de un largo camino lleno de muerte y enfermedades que llega hasta hoy.

El fenómeno cruzó las fronteras y llegó también a la vecina Camboya, un país del que todavía no existen datos fiables sobre esta herencia de los Estados Unidos.

Y mientras que en Vietnam hay varios centros dedicados a asistir a los afectados por esta sustancia química mortal, en Camboya hasta hace poco ni siquiera se hablaba públicamente de ello.

Los pueblos de Prey Ta Thoeung, Doun Ang y Kampot Tuk, en la provincia de Svay Rieng, están ubicados a lo largo de la frontera con Vietnam.

Al igual que otros miles de pueblos cerca de la frontera, durante la Guerra de Vietnam (1955-1975) fueron el blanco de bombas y de sustancias químicas estadunidenses debido a su ubicación.

Se trata de una dañina sustancia que se quedó en la región contaminando el ecosistema con sus toxinas: el Agente Naranja.

El Agente Naranja es un defoliante, producto de dos herbicidas diferentes, el 2,4,5-T y el 2,4-T. Y si se le añade tetracloro-dibenzo-dioxina, una sustancia extremadamente tóxica, se convierte en un arma letal.

Fue utilizado por primera vez en 1950 por parte del ejército británico durante la Operación Trail Dust para sofocar las revueltas en Malasia.

Después llegó el turno de los estadunidenses, que de 1962 a 1972, en el marco de la Operación Ranch Hand en Vietnam del Sur, rociaron 75 millones de litros de esta sustancia.

En los 20 años de conflicto vietnamita, los vietcongs, que jugaban en casa, fueron una piedra en el zapato para los Estados Unidos.

La solución por la que se decidieron fue erradicar su casa y dejar que el medio ambiente se deteriorase de una manera no demasiado descarada.

¿Cómo? Con la ayuda de 75 millones de litros de Agente Naranja. Sin vegetación, los vietcongs no podían refugiarse y, por lo tanto, eran vulnerables.

Privarlos de escondites y llevarlos a la hambruna mediante la destrucción de los cultivos parecía un buen método para amansarlos sin atraer demasiado la atención de la prensa extranjera.

Una estrategia que afectaba, sobre todo, a los civiles. Lo mismo ocurrió con el territorio de Camboya, donde los vietcongs se proveían de todo tipo de suministros.

"Los estadunidenses -explica Em Chhoun, el anciano jefe de la aldea de Prey Ta Thoeung- lanzaron una gran cantidad de bombas en esta zona. Luego pasaron a rociar un polvo químico de color amarillo que quemaba las hojas de los árboles en poco tiempo”.

“Todo el bambú desapareció. Los habitantes de la zona, incluida mi familia, fueron evacuados, pero algunas personas permanecieron expuestas a las sustancias que contaminaron el suelo”, recuerda.

Dice: “Aquí todos somos agricultores y granjeros, y con el tiempo nos dimos cuenta de que algo andaba mal. Desde entonces, algunos niños han tenido problemas en los brazos y las piernas, y otros se han vuelto mudos y ciegos".

La Guerra de Vietnam terminó el 30 de abril de 1975, pero 40 años después, a causa del Agente Naranja, continúan naciendo niños con graves deformaciones. La vida media de la dioxina presente en la tetracloro-dibenzo-dioxina depende de dónde se encuentre.

En el cuerpo humano perdura de 10 a 20 años, y en el ecosistema depende del tipo de suelo contaminado y de la profundidad a la que se encuentre.

En la superficie el calor del sol descompone la dioxina en unos pocos años, en cambio, si los agregados tóxicos están debajo de la superficie o en acuíferos, su vida media puede ser de incluso un siglo.

Lo que es más sorprendente en Camboya es la ignorancia generalizada sobre la cuestión, a pesar de los muchos miles de casos que existen a pocos kilómetros de distancia, en Vietnam.

Contribuye a ello, entre otras cosas, la difundida laxitud de las autoridades de un país extremadamente pobre.

I.J. París, de la aldea de Kampot Tuk, tiene cinco hijos. Dauk, de 14 años, la segunda, nació con una malformación muy grave en el brazo izquierdo.

"Parte del brazo -explica I.J.- nunca le creció, de manera que tiene la mano justo debajo del hombro. El cráneo tampoco se desarrolló completamente”.

“No acepta las reprimendas mías y de mi esposo, se pone furiosa. Si camina más de lo normal, le duelen las piernas. Sufre de frecuentes dolores de cabeza. Se enferma más a menudo que sus hermanos. Llora continuamente. Tenemos que ser muy cuidadosos con ella", señala.

"No sabíamos -continúa la mujer- cuáles eran los motivos de su enfermedad. Pero hace poco los científicos realizaron estudios según los cuales los productos químicos estadunidenses a los que estuvieron expuestos nuestros padres eran muy dañinos y fueron transmitidos a sus hijos y nietos”.

“Mis padres me dijeron que durante los años de la guerra los aviones arrojaban un polvo químico que incendiaba las hojas de los árboles. Ellos respiraron esa sustancia amarilla", indica.

"Mi hijo Hem -explica Lek Sareoun en la terraza de su casa, en Doun Ang- nació con grandes deformaciones y retrasos. Tiene 10 años y ni siquiera habla”.

“Depende completamente de mí y de mi esposa. Lo llevé a los principales hospitales de la capital y lo único que me dijeron es que no es curable. Los médicos no saben cuáles son las causas de sus problemas", cuenta Lek.

Y añade, sin ocultar su ira: "Nadie en Camboya habla abiertamente del Agente Naranja y nunca hubiese sospechado que un arma estadunidense podría causar un daño similar después de tantos años”.

“Un día, en la televisión –recuerda Lek-, vi un documental en el que hablaban sobre un pueblo de aquí cerca donde vive un niño con los mismos problemas que Hem.

Mencionaron el Agente Naranja, y saqué conclusiones. Los estadunidenses tienen una gran responsabilidad en Camboya y no hacen nada para remediar los errores que cometieron".

Es difícil tener estimaciones fiables sobre el número de víctimas del Agente Naranja en Vietnam, por no hablar de Camboya.

Actualmente Washington envía ayuda a Vietnam para asistir a los que sufren los síntomas de la exposición al Agente Naranja y, sin mucha convicción, lleva a cabo, junto al gobierno de Hanoi, operaciones de limpieza en las zonas contaminadas.

Por desgracia, no se puede decir lo mismo de Camboya. Las consecuencias de la dioxina en el cuerpo humano son monstruosas, pero la sensación es que la situación se les fue de las manos y que ahora no se puede hacer nada más que esperar a que la naturaleza siga su curso.