Con dudas de propios y extraños, un grupo de mujeres indígenas de Chiapas, cuya labor fue reconocida este mes por la FAO, se convenció con la construcción de fogones ahorradores y una casa comunal de que pueden lograr sus metas y mejorar su calidad de vida.

“La gente que pasaba y veía lo que estábamos haciendo se burlaba de nosotros y nos decía: ¿Cómo van a poder construir algo las mujeres? Como están haciéndolo no van a funcionar, se va a caer porque no lleva madera”, narró la tzeltal Esperanza Bautista sobre el proceso para edificar lo que llaman “Casa de Barro”.

En Amatenango, una comunidad dedicada a la alfarería, el grupo indígena Mujeres y Maíz -con una decena de integrantes- hizo una historia gráfica sobre cómo construyeron fogones ahorradores de leña y una casa, para rescatar técnicas tradicionales de construcción.

La narración recibió una mención honorífica por parte de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en un concurso de historias dentro de su campaña #Mujeres rurales, mujeres con derechos.

El reconocimiento de la FAO “es una manera de visibilizar el trabajo de las mujeres, que se reconozca que las mujeres en todos los espacios podemos y hacemos muchas cosas”, dijo Luz del Carmen Silva, de la organización Capacitación, Asesoría, Medio Ambiente y Defensa al Derecho a la Salud, que apoya la labor de estas mujeres.

“Esto nos ha dado la fortaleza de empoderarnos, de aprender, de compartir experiencias, de cómo otros grupos sobreviven”, dijo otra indígena tzeltal María Bautista en Amatenango, una comunidad tzeltal ubicada en los Altos de Chiapas, a unos 100 kilómetros al sureste de Tuxtla Gutiérrez.

La organización de estas mujeres inició hace unos 10 años para avanzar en la construcción de hornos ahorradores de leña -hasta un 60 por ciento- e incursionar también en huertos caseros y el mejoramiento de la alfarería.

Los fogones transformaron la vida de estas mujeres porque sacaron el humo y el tizne de la cocina, redujeron su gasto en leña y mejoraron su salud con una menor exposición al fuego y al humo.

“Muchas veces las cocinas en los espacios rurales están hechas con materiales que son como el desecho de la casa, no tienen ventilación, son muy oscuras; así que dijimos: 'Vamos a tratar de apostarle a dignificar la cocina como un espacio de las mujeres'”, dijo Silva.

Aunque las cocinas son el espacio donde las mujeres y toda la familia pasan más tiempo, el lugar está relegado porque “invisibiliza el trabajo que las mujeres ahí realizan”, puntualizó.

En el proceso de construcción “platicamos con la familia sobre por qué queremos el fogón. Y luego empezamos a conseguir los materiales, la furcia (paja), la tierra; hacemos la mezcla y luego usamos ladrillos para ir pegándolos. Cada familia prepara su base y luego en el proceso Mujeres y Maíz viene a apoyar”, explicó María Bautista.

“Ya no hay humo, nuestra ropa no huele a humo, ya no se pone amarilla; la vida es más feliz”, dijo Esperanza Bautista.

No obstante, María Bautista encuentra desventajas porque antes con el fuego abierto en época de frío la familia se reunía alrededor del comal. Ahora, dice, “si nos acercamos lo suficiente a la pared del fogón si logramos calentarnos”.

Además de apoyar el año pasado en la construcción de más fogones ahorradores, la organización de Silva acompañó al grupo Mujeres y Maíz en la construcción de una casa comunal con el apoyo de estudiantes universitarios y arquitectos del grupo Vacaciones Aprende, Construye y Apoya (VACA), con el uso de madera y barro.

“En primer momento, cuando nos dijeron de esta construcción pensamos que los arquitectos la construirían. Nunca nos dijeron que seríamos nosotros como mujeres; pensábamos que íbamos a ayudar haciendo el desayuno, la comida y cena”, recordó Esperanza Bautista.

Los arquitectos les preguntaron sobre qué incluir en la casa y “dijimos una cocina, una salita y empezaron a diseñarla, empezaron a trazar, y es ahí cuando nos dijeron que teníamos que trabajar: 'nadie lo va a hacer por ustedes, ustedes pueden hacerlo', nos dijeron'”, contó Esperanza.

“Fue muy duro cuando empezó y cuando terminó. Lo más pesado fue todo, nunca tuvimos descanso porque estuvimos trabajando diario; nos turbábamos; a tres les tocaba la cocina y a seis les tocaba trabajar aquí”, comentó.

La labor se complicaba porque los turnos los tenían que realizar con las otras labores de alfarería, de atender sus casas y sus milpas, donde cultivan maíz, frijol, chayotes y hortalizas.

Las mujeres también han incursionado en mejorar sus técnicas de alfarería al construir hornos ahorradores para cocer el barro, por lo cual tienen más espacios para sus huertos debido a que antes con fuego abierto necesitaban de amplias áreas para quemar la leña que cubriera sus artesanías.

Además de usar la Casa de Barro para recibir a otras compañeras y grupos con el fin de realizar talleres, Mujeres y Maíz acoge a turistas interesados en temáticas sociales. A ellos ofrecen sus artesanías de barro.

La venta de artesanía también se realiza a orilla de la carretera en Amatenango, “pero el dinero que reciben es menor al esfuerzo que realizan”, reveló Juana López, otra de las integrantes de Mujeres y Maíz.

“Las personas que compran no ven cómo lo hacemos, tal vez lo ven fácil por eso no lo valoran”, dijo López. El dinero por la venta es para “las necesidades que hay; ahí vamos sobreviviendo”.

Silva dijo que entre los planes para la alfarería figura “recuperar técnicas propias de la región, porque por cuestiones de abaratar los costos y de competencia se han ido perdiendo muchas formas tradicionales de producir el barro”.