El arte de trabajar y transformar el cartón en alcancías es el oficio que José Eduardo aprendió en la cárcel para ayudarse y ayudar a su familia, la que desde hace más de cuatro años lo visita por lo menos una vez a la semana en el Reclusorio Sur en la Ciudad de México.

Con lágrimas, la madre de José Eduardo recuerda el día en que la policía detuvo a su hijo: “Si él se hubiera quedado a cenar en la casa con nosotros, no hubiera pasado nada”, platica.

Desde que ingresó a la cárcel, por un delito que no cometió, fue necesario que aprendiera algún oficio que le permitiera solventar los gastos ahí dentro y ayudar a que los días no duren tanto.

Entonces, dice su hermano Roberto, las alcancías en forma de cochinitos regordetes llamaron mucho su atención, entro otros oficios que podía aprender, y un día de visita pidió que le surtiéramos el material necesario para hacerlos.

Doña Reyna, su madre, relata que en un principio cuando se los enseñó no pensó que los haría, pero en la siguiente visita se sorprendió mucho ver la cantidad de cochinitos que había elaborado ya.

"La idea fue venderlos dentro y fuera del reclusorio; ganar dinero con su propio trabajo le entusiasmó a José Eduardo", comenta su hermano Roberto, al reconocer que no es fácil solventar los gastos de su familia y la de él, "pues aunque sólo tiene un hijo pequeño, mantener a otra familia es difícil".

La familia Pérez, residente de la colonia San Gregorio Atlapulco, Xochimilco, ha aprendido que el trabajo es la única forma de salir adelante, y los oficios son una opción en estos casos.

Recuerda que la desgracia de ver a un integrante de su familia encerrado y luego ver su casa semidestruida por el sismo de septiembre, sirvieron para trabajar más duro y tratar de encontrar una solución a sus problemas.

Doña Reyna refiere que las manos de su hijo son como una "varita mágica" capaz de convertir las cajas viejas y maltratadas de cartón en coloridas alcancías en forma de cochinitos.

Poco a poco, con el tiempo, su trabajo se ha ido puliendo. Ahora en un día llega a producir el doble de alcancías que cuando empezó, a veces más.

"Cuando vamos a la visita, José Eduardo nos cuenta que hay ocasiones en las que está tan 'clavado' en su trabajo, cuando de pronto voltea y se da cuenta que ya no tiene material, y las llamadas que llega a hacernos a la casa es para pedirnos que le llevemos más material y para preguntarnos por su hijo", refiere su hermano.

Agrega que es entonces cuando su madre, la esposa y él van a recolectar o a comprar el cartón y las fichas de envases de refresco, que sirven para ponerle la trompa al cochinito. La pintura, la diamantina y los plumines de tinta indeleble para pintarle los ojos muchas veces los compran en el centro.

La elaboración de una de estas alcancías no sólo requiere de cartón, pintura, diamantina y fichas de refrescos, sino además de entusiasmo y coraje, con el objetivo de dar a la familia un poco de ayuda.

Con el rostro cubierto por las arrugas que aumentaron con el dolor de ver a su hijo en la cárcel, doña Reyna asegura que lo más importante para ella y toda su familia es hacer menos triste y desesperante la situación para José Eduardo.

Al principio, la elaboración de las alcancías fue una prueba para ver si este oficio podía dar algo de dinero necesario para las necesidades más apremiantes de él en el reclusorio, y hoy ven con agradecimiento que además alcanza para solventar un poco los gastos de su familia.

“El oficio es además una de las formas más sanas de ocupar el tiempo en un lugar como estos y controlar la desesperación, la frustración y el coraje que siente mi hermano”, dice Roberto.

Una fila de cochinitos de colores que sobresalen por su brillo, pese a la poca luz que hay en el andador de la Unidad Habitacional Narciso Mendoza, en el sur de la Ciudad de México, llama la atención de una mujer que busca un regalo útil para dar en la fiesta de su pequeño hijo. Los chicos cuestan 15 pesos, los medianos 20 y los grandes 35.

Tal vez el trabajo que significa hacerlos merece más, pero la necesidad de venderlos lo más rápido posible es mucho más importante.

Doña Reyna suspende la conversación para atender a la clienta. La venta de estos productos significa mucho para ellos. Entonces voltea la mirada para decir con un sentimiento de emoción, mezclado con tristeza, que este fin de semana lo volverá a ver.