Padre Tom, de anónimo misionero a ícono de la libertad religiosa

Hace apenas dos años, Thomas Uzhunnalil era apenas un anónimo misionero en una localidad de Yemen, pero su sorpresiva liberación tras 18 meses de desesperante secuestro lo han convertido en un ícono...

Hace apenas dos años, Thomas Uzhunnalil era apenas un anónimo misionero en una localidad de Yemen, pero su sorpresiva liberación tras 18 meses de desesperante secuestro lo han convertido en un ícono de la libertad religiosa más allá del mundo católico.

Padre Tom, como lo llaman quienes lo conocen, contó detalles de un cautiverio que debilitó su cuerpo, le hizo perder 30 kilos de peso, pero reforzó la fe religiosa que heredó de su familia en Kerala, región de su India natal.

“No tengo idea de dónde estuve, ni quiénes son mis secuestradores. No me maltrataron, no me lastimaron, jamás me amenazaron ni trataron de convertirme”, confesó el sacerdote de los Salesianos de Don Bosco, ante decenas de cámaras y micrófonos en la sede de esa congregación religiosa, ubicada a las afueras de Roma.

“¿Por qué me secuestraron? Tal vez porque buscaban dinero en una situación de guerra, eso creo, pero no estoy seguro. ¿Qué grupo fue? No tengo idea”, agregó, sin dar mayor importancia a los motivos de su captura, en marzo de 2016.

Desde su imprevista liberación, el 12 de septiembre, ha captado la atención de los medios, pero también de diversas personalidades dentro y fuera de la Iglesia católica. Un día después, el miércoles 13, fue recibido por el Papa, quien le besó sus manos.

Además de no sentirse digno de tal gesto, ríe con naturalidad al confesar que sólo la oportunidad de saludar a Francisco valió “toda la aventura”. Pero su cautiverio no parece haber sido una aventura, al menos por el relato del propio sacerdote.

Él se encontraba en Yemen desde 2012, para servir a la exigua comunidad cristiana en la región de Adén. El conflicto interno lo obligó a cambiar su residencia a un centro para ancianos y discapacitados gestionado por las Misioneras de la Caridad, religiosas de la Madre Teresa de Calcuta.

Se suponía que ese lugar era custodiado por el gobierno, incluso tenía dos guardias. Eso no impidió la irrupción de un grupo de hombres armados y el asesinato de 16 personas, incluidas cuatro monjas, el primer viernes de marzo de 2016.

El comando dejó vivo al padre Tom, al saber de su origen indio. Lo metieron a una cajuela y lo condujeron por 45 minutos a un lugar desconocido. Jamás lo maltrataron o lo lastimaron.

“Me dijeron: ‘No temas, tenemos doctores y te cuidaremos’. Estuve vendado, en la habitación tenía una cama, me dieron de comer, agua, me dejaron ir al baño, me trataron bastante bien”, reveló.

Los captores se informaron de sus contactos, buscaban el pago de un rescate y por ello grabaron varios videos. En algunos de ellos ellos se veía al sacerdote maltratado, pero él mismo aclaró que “todo era una puesta en escena”. El objetivo era causar estupor.

Tras el primer video, uno de sus captores le confesó: “Pensábamos que tu país no iba a reaccionar, pero finalmente reaccionó bien”. Sólo uno de ellos hablaba un poco de inglés, el resto se comunicaba en árabe. Ninguno quiso convertirlo al islam, ni lo obligaron a leer el Corán.

Nada parece indicar que el cautiverio tuviera objetivos religiosos, ni que los secuestradores fueran terroristas afiliados al Estado Islámico, como la prensa occidental publicó en diversas ocasiones.

Tampoco es claro que tuvieran intenciones de asesinarlo, como demuestra una anécdota del propio Uzhunnalil: “Una vez me preguntaron cuántos años tienes, yo les dije 58. Y entonces me replicaron: No te preocupes, vivirás hasta los 85”.

“¿Cómo pasaba los días? Estaba en la habitación, podía dormir cuando quería, me pidieron que hiciera algunos ejercicios ahí mismo. Dormía bien, rezaba, repetía las palabras de la misa aunque no tenía pan y el vino, rezaba por el Papa, por los obispos, por todos los fieles, por quienes están vivos y los muertos, por los enfermos y por todos los que lo necesitan, también por mis secuestradores”, relató.

Tres días después de su captura fue trasladado a un lugar menos cálido, tal vez en las montañas. Cuatro meses más tarde fue movido a una nueva localización, donde permaneció otros tres meses antes de ser ubicado en el último lugar previo de su liberación.

Mientras él contaba los días gracias a los blísteres vacíos de las pastillas, la comunidad católica internacional imploraba su libertad, el Papa alzaba su voz, la India manifestaba su preocupación y el Sultanato de Omán comenzaba a movilizarse.

“En estos 18 meses jamás nos sentimos solos, todo el mundo –de un modo o del otro- se hizo presente”, aseguró Ángel Fernández Artime. “¿Quién posibilitó la liberación? Nosotros no sabemos, él menos”, subrayó.

Fernández Artime, rector mayor de los Salesianos de Don Bosco, fue muy enfático en aclarar: “Nunca supimos que hayan pedido dinero, ni que algún Estado o institución haya pagado un rescate. A nosotros nadie nos pidió ni siquiera un euro”.

Por eso, su liberación y traslado a Roma fue una sorpresa en el entorno salesiano. De repente, sin mediar previo aviso, llamaron por teléfono a la cúpula de la congregación para anunciarles que dentro de una hora su “hermano” aterrizaría en el aeropuerto Fiumicino de Roma.

El llamado provenía de un avión privado del Sultanato de Omán, cuyo gobierno fue clave en la liberación y eso lo reconoció públicamente la Santa Sede.

Pero ninguna autoridad dio otra información. No se confirmó el pago de un rescate, no se conocen los lugares del cautiverio ni la identidad de quienes realizaron el intercambio en la frontera entre Yemen y Omán.

Sólo se sabe del protagonismo del Sultanato, que acogió al sacerdote con un “¡estás libre!” por boca de uno de sus hombres, lo trasladó en avión hasta la capital, Mascate, lo ubicó en un hotel, le proveyó de ropa nueva y hasta una valija.

Más allá de todas las interrogantes que levanta el caso, la liberación del padre Tom ha alimentado la esperanza en el mundo católico que denuncia, desde hace meses, lo que considera una persecución anticristiana global, sobre todo en los países del Medio Oriente.

En los próximos días, el religioso concluirá una serie de análisis médicos y una vez obtenido un nuevo pasaporte, volverá a su India natal donde lo espera su familia y su comunidad religiosa. Mientras tanto, él no deja de pronunciar palabras de gratitud.

“Agradezco a Dios por este día, porque me conservó bien, sano, con una mente clara y con sentimientos controlados. Dios usó a muchísimas personas para hacer realidad este día. Seguramente mucha gente estaba rezando y por eso estuve bien. La mejor arma contra la violencia es el amor, la oración y la misericordia”, apuntó.