La lucha de los peshmerga por recuperar Mosul y otros territorios

Han pasado pocos días desde la liberación de Bashiqa, la ciudad de mayoría yazidí de las afueras de Mosul que ha estado durante dos años bajo el control del Estado Islámico. Los peshmerga han...

Han pasado pocos días desde la liberación de Bashiqa, la ciudad de mayoría yazidí de las afueras de Mosul que ha estado durante dos años bajo el control del Estado Islámico. Los peshmerga han recuperado Bashiqa a base de artillería, granadas y tanques.

Los hombres de Abu Bakr al-Baghdadi dejaron minas y túneles tanto en la ciudad como en las colinas de los alrededores. Mientras tanto, los yazidíes finalmente pueden volver a celebrar sus servicios religiosos en unos templos saqueados y dinamitados por los yihadistas.

Después de 15 días de asedio, el 7 de noviembre los peshmerga (“Los que se enfrentan a la muerte”, en kurdo), el ejército del Kurdistán iraquí, consiguieron liberar Bashiqa, una pequeña ciudad que está a sólo unos 10 kilómetros de Mosul.

Aquí tuvo lugar una dura batalla contra las fuerzas del Estado Islámico que llevó a la destrucción total de esta ciudad, que antes tenía una población de 20 mil personas.

La inédita alianza entre el ejército iraquí y los peshmerga parece resistir. Las fuerzas del gobierno en Bagdad y las kurdas, que en los tiempos de Sadam Husein eran enemigas acérrimas, llegaron a un acuerdo y ahora, con apoyo de una coalición internacional liderada por los Estados Unidos, hacen frente común contra el potente grupo extremista que desde la primavera de 2014 controla Mosul, la segunda ciudad de Iraq, y los territorios vecinos.

Entre estos territorios estaba Bashiqa, que pertenece al distrito de Mosul y, por lo tanto, está bajo la administración del gobierno central de Bagdad. Por el momento los peshmerga aseguran que, una vez restaurado el orden, entregarán las llaves de Bashiqa a los colegas del ejército iraquí.

“Fue una batalla muy dura -explica el general Bahram, responsable de las operaciones en Bashiqa-. Hemos sufrido muy pocas pérdidas, mientras que los terroristas han sufrido enormes y graves pérdidas tanto en términos de hombres como de prestigio”.

Y añade: “Desde hace varios días estamos haciendo operaciones de limpieza de minas y de otros artefactos explosivos. Inspeccionamos una a una las casas en las que se escondieron los terroristas. Hemos encontrado algunos que se han hecho explotar, pero no han causado daños”.

“También hemos encontrado fosas comunes. El Estado Islámico estuvo aquí durante dos años y en este tiempo sembró el campo de minas. Además, los terroristas excavaron túneles y escondites difíciles de encontrar”, dice.

Durante su larga estancia en Bashiqa, los yihadistas a las órdenes de Abu Bakr al-Baghdadi, además de haber llenado las calles del centro y la periferia de minas en previsión de un asedio, excavaron numerosos túneles para continuar con la resistencia y procurarse una vía de escape.

Muchos de estos túneles están situados en las colinas que rodean la parte oriental de Bashiqa. Jabar, de 51 años, peshmerga de toda la vida, se ofrece como voluntario para hacer de cicerone en uno de los túneles.

Sube por un sendero empinado con la energía de un niño. “Cuidado con la cabeza -dice en la puerta-. Todos se golpean con el techo la primera vez que entran. Unos metros más allá el techo se hace más alto y se puede caminar tranquilamente. Pero cuidado dónde pisáis, está muy oscuro”.

Jabar ilumina con su linterna. El túnel lleva de un lado al otro de la colina. Los milicianos del califato utilizaban esta galería para hacer guardia desde lo alto de la ciudad y para refugiarse en caso de ataques aéreos.

En el suelo dejaron algunos suministros que incluyen cebollas, zanahorias, arroz y fideos, así como mapas, folletos y carteles de propaganda. A mitad del túnel también hay una habitación con camas para al menos ocho personas. No faltan alargues para la electricidad y ventiladores para el aire.

Desde la colina se vislumbra Mosul, la capital iraquí del Estado Islámico, que está a unos 10 kilómetros de distancia. La panorámica incluye el humo de los bombardeos y el eco de las continuas explosiones.

La ofensiva sobre Mosul comenzó el 17 de octubre y la caída de la ciudad parece todavía lejana. “A veces con los binoculares -explica Jabar- observo a los civiles que huyen de Mosul a pie y en coche. Es muy triste”. Según las últimas estimaciones de la Organización Internacional para las Migraciones, son 56 mil los civiles que han huido de la ciudad.

En Bashiqa los hay que están de celebración. Son los yazidíes, seguidores del yazidismo, una fe religiosa difundida en esta región antes de la llegada del islam. Los yazidíes, considerados “demonios” adoradores de un “falso” dios, han sido duramente perseguidos por los yihadistas.

Una vez capturados, sus hombres son brutalmente ejecutados, a las mujeres las venden como esclavas y a los niños los convierten en milicianos. De muchos de los templos yazidíes quedan sólo escombros. Aquí en Bashiqa los yazidíes representaban alrededor del 70 por ciento de la población.

“Tenemos que estar agradecidos a los peshmerga -exclama Aran, un yazidí-. Han echado a esos locos sanguinarios de nuestra ciudad. Hace dos años, tan pronto como nos enteramos de la llegada de los terroristas, abandonamos la ciudad. Cuando terminen las operaciones de limpieza de minas, volveremos”.

Los peshmerga han concedido a un centenar de miembros de la comunidad yazidí que entren en Bashiqa y celebren un antiguo ritual en su templo, profanado y destruido por los extremistas del califato. Sacrifican a una oveja para los buenos auspicios.

“La ocupación de los yihadistas -añade Aran- fue una operación contra la humanidad, no sólo contra los yazidíes. Fue una campaña de muerte contra los seguidores de todas las religiones, incluidos los musulmanes y los cristianos. Cuando los del Estado Islámico no consiguen mantener el poder, lo dinamitan todo. No tienen ni pizca de humanidad”.

Y, entre cantos y oraciones, flautas y tambores, la barba de Marwan atrae la atención de todos los presentes. “En esta barba, que no me he cortado nunca, está todo el dolor que sufrido mi pueblo”, dice y mientras la alisa lentamente, con la otra mano sostiene su inseparable rifle.

Y cuando se les hace notar que los yazidíes siempre han sido un pueblo pacífico, responde secamente: “Claro, pero cuando los demonios descienden a la tierra también hay que defenderse. Por eso me uní a los peshmerga”.