La elaboración de calaveritas de azúcar, personalizadas o llenas de colores vivos, forma parte de la vida de una familia de regiomontanos que las realiza desde hace más de 30 años y las distribuye a los comercios de la localidad.

Su gusto por trabajar este dulce, ha convertido a Alejandro Chávez Rangel y a su familia en uno de los principales distribuidores de calaveras en la ciudad, las cuales se pueden encontrar en negocios establecidos o directamente en el mercado de artesanías.

En Nuevo León solo hay dos personas que se dedican a la elaboración de este tradicional dulce, una de ellas en el municipio conurbado de Apodaca y la otra, en la popular colonia Independencia, ubicada a solo cinco minutos del centro de la ciudad.

Con más de 30 años de dedicarse a la elaboración de dulces, Chávez Rangel aprendió y mejoró la técnica de elaboración de las calaveritas de azúcar.

Refirió que en un principio, el proceso le resultaba muy laborioso debido a que la fórmula para realizar el dulce colorante no era del todo buena.

Las calaveritas de azúcar son producto de una técnica traída por los españoles: el alfeñique, especie de caramelo o confitura con base en azúcar pura de caña hasta formar una pasta moldeable.

La coincidencia en fechas de la celebración de muertos de los antiguos pueblos mexicanos con el Día de los Fieles Difuntos de los españoles dio origen a las calaveritas de azúcar, como parte de las ofrendas gastronómicas.

Chávez Rangel detalló que en la elaboración de las calaveritas, participan cuatro miembros de su familia y al menos tres empleados que desde el mes de julio comienzan a trabajar en los pedidos que se colocarán, principalmente a partir de octubre hasta finalizar noviembre.

Expresó que esta tradición la inició su padre, quien recibió la enseñanza de una persona originaria de Matehuala, y luego él aprendió la técnica, misma que tuvieron que adecuar conforme la llevaban a la práctica por diversos detalles con los que se toparon en su elaboración.

Para su preparación, dijo, se utiliza azúcar con agua hervida y glucosa, “esta mezcla se vacía en dos moldes, se espera a que sequen y después se pegan con la misma mezcla y se da otro tiempo de secado para posteriormente decorarla”.

“El colorante se mezcla con azúcar glas y agua, el proceso es un poco laborioso, sobre todo la decoración porque hay que ser precisos en los detalles para que no se corra y se manche, esto hace que nos tardemos en promedio 15 minutos para que cada calaverita esté lista”, comentó.

Precisó que por temporada, la cual comprende del 15 de octubre al 2 de noviembre, se elaboran unas 45 mil calaveritas, de las cuales 25 mil se distribuyen en algunos comercios importantes de la ciudad dedicados a la venta de dulces y repostería.

El resto, agregó, unas 20 mil se venden al público en un local que tienen en la feria de artesanías ubicada en el centro de la ciudad.

Resaltó que aunque la materia prima es costosa, sobre todo el azúcar, el precio de estos dulces es accesible, pues las calaveras chicas tienen un costo de 10 pesos, la mediana en 12 y la grande en 15 pesos.

Subrayó que la presentación con mayores ventas es la calavera personalizada, es decir, lleva en la parte superior el nombre de la persona a la que está destinada, ya que es una forma de recordatorio “de que lo único seguro que tiene el ser humano es la muerte”.

Chávez Rangel manifestó que en ocasiones no se vende todo el producto, debido a lo cual cuando está en buen estado se recicla y se utiliza para la elaboración del caramelo que se vende en las fiestas de la virgen de Guadalupe, mientras el que no está en condiciones de consumo se desecha.

Explicó que la elaboración y venta de estos dulces es toda una tradición familiar, por lo que se puede decir que los últimos 30 años han vivido del dulce.

Guanajuato, Morelos y el Estado de México son los estados que originalmente acogieron esta forma gastronómica, de los cuales, este último es uno de los más importantes en la producción de alfeñiques, al punto de realizar una feria anual dedicada a este manjar.

Las calaveritas no sólo sirven para recordar a los muertos y el destino que todos compartiremos, son también una forma de agasajar el paladar y mantener una de las tradiciones más ricas de México.