Mientras que en Calais la evacuación de la jungla, el mayor campo de refugiados no oficial de Europa, comenzó hace una semana y está en curso, en Norrent Fontes hay una pequeña jungla al lado de una gasolinería donde se estacionan los camiones que se dirigen al Reino Unido.

Aquí, con la ayuda de contrabandistas, cientos de inmigrantes esperan el momento oportuno para subir sigilosamente a los vehículos y cruzar la frontera.

El desmantelamiento de la tristemente conocida jungla de Calais ha empezado. Bajo la atenta supervisión de la policía francesa, los inmigrantes, con sus pocas pertenencias, se ponen en la cola para subirse a los autobuses que los trasladarán a 450 centros por todo el país.

Unos folletos y unos cómics distribuidos en el campo explican a los inmigrantes cómo tienen que presentarse al centro de acogida, desde donde los distribuyen.

Son cerca de 10 mil personas que huyen de la guerra y la pobreza, que habían encontrado refugio en esta especie de ciudad que se había creado de manera ilegal, con la esperanza de poder llegar al Reino Unido.

Una esperanza que las barreras y los controles primero y ahora el traslado parecen haber hecho desaparecer. Muchos confirman que el sueño de cruzar el Canal de la Mancha es mucho más que difícil.

Mientras que la atención está puesta en Calais, por todo el norte de Francia prosperan pequeños campos no oficiales. Algunos, como el de Norrent Fontes, casi a medio camino entre París y Calais, tienen varios años.

"Tenemos refugiados en Norrent Fontes desde hace mucho tiempo -explica Nathalie, una voluntaria de Terre des Hommes, una de las pocas organizaciones que se ocupan de los inmigrantes de Norrent Fontes-“.

“Los primeros llegaron en 2009. El gobierno destruyó varias veces la jungla y en 2012 el exalcalde de la ciudad dio a los refugiados un lugar para alojarse, un bosque. Así construimos los refugios de madera", añade.

"Sin embargo, hace poco más de un año -sigue Nathalie- hubo un incendio en el campo y los refugios fueron destruidos. Pero actualmente el campo es aún mayor porque los refugiados han comenzado a plantar las tiendas de campaña en otro espacio cerca, por lo que hoy tenemos dos zonas”.

Señalan que ellos “eligen este lugar porque está cerca de la autopista, donde pueden encontrar un camión para llegar a Calais y desde allí cruzar la frontera. Es una especie de remanso en comparación con la jungla de Calais”.

“La comunidad es muy pequeña, hay mujeres y niños. Han elegido quedarse aquí, pero campos de este tipo hay varios en toda la región del Norte Paso de Calais", afirma.

Un centenar de tiendas de campaña y cabañas improvisadas, en medio de un pequeño bosque. No hay agua, ni electricidad, ni duchas, ni baños. Los escasos suministros que llegan son donaciones de organizaciones humanitarias.

Unas 500 personas entre etíopes, eritreos y sudaneses esperan el momento oportuno para colarse en camiones estacionados en una gasolinera cercana y así llegar a Inglaterra.

Los smugglers, los traficantes, en su mayoría eritreos, manejan todo lo que pasa dentro del campo. Ellos deciden quién puede quedarse y quién debe irse. No les gusta la presencia de periodistas.

"No queremos cámaras, aquí preferimos mantener un perfil bajo. Sería mejor que os fueseis”, amenazan sin rodeos.

"No soy muy buena gente, su trabajo consiste en abrir los camiones estacionados y dejar que suban las personas", explica Zayd, que accede a contar su vida en el campo con la condición de que no se revele su identidad.

"Los traficantes me podrían reconocer y echarme", asegura. Con 35 años y graduado en ingeniería civil, proviene de Addis Abeba y es de la etnia Oromo, la más perseguida en Etiopía.

Quiere llegar a Londres, donde se sabe que es más fácil que su solicitud de asilo se acepte y donde ya vive parte de su familia. "Lo intento cada noche por mi cuenta -dice-. La alternativa es dirigirme a los smugglers, pero no tengo la cantidad que piden”.

“Por 500 euros te abren la puerta trasera de un camión. No puedes hacer otra cosa que subir y esperar. Si tienes suerte, el vehículo te llevará más allá del Canal de la Mancha. A veces, sin embargo, van a Bélgica. Y entonces te ves obligado a empezar de nuevo", cuenta.

La hora x para intentar subir a los camiones, las siete de la tarde, cuando empieza a oscurecer, está muy cerca. Distribuidos en pequeños grupos, con un solo bulto de equipaje cada uno, los inmigrantes se dirigen a través de los campos a la gasolinera.

Allí, en un gran estacionamiento, aparcan decenas de camiones provenientes de toda Europa. Una multitud de camioneros comentan la situación.

"Ahora ya hemos llegado a un punto en el que tenemos turnos para dormir", dice Tomas, un lituano que hace de portavoz. "Antes -continúa- aquí se podía dormir con toda seguridad”.

“Hoy, sin embargo, de repente ves a inmigrantes que llegan armados con cuchillos y tijeras con la intención de formar parte de la carga. Y si no lo consiguen te provocan daños en el camión. Pasan patrullas de la policía continuamente, pero estas personas están tan desesperadas que corren riesgos de todo tipo. Como si el Reino Unido fuese el paraíso", enfatiza.