El comportamiento y declaraciones sobre las mujeres del candidato presidencial republicano Donald Trump han impulsado, además de un nutrido bloque de votantes femeninas a favor de la demócrata Hillary Clinton, una amplia discusión sobre sexismo y misoginia en el país.

Como nunca antes en la historia de Estados Unidos, Trump pudo unificar a las mujeres en torno a un candidato presidencial, en este caso Hillary Clinton, algo que la ex secretaria de Estado no logró por sí sola cuando compitió en 2008 por la nominación demócrata frente a Barack Obama.

Las mujeres ahora apoyan a Clinton a un nivel inédito. Su respaldo supera los 20 puntos de ventaja en algunos sondeos, además de que incluso aventaja a Trump por un punto porcentual entre votantes blancas, según el más reciente sondeo de la agencia de información financiera Bloomberg.

El punto de inflexión fueron los comentarios difundidos a principios de este mes, en que Trump describía su comportamiento con las mujeres que le parecen atractivas, lo que incluía besarlas y tocarles los genitales sin su consentimiento.

La reacción ante estas declaraciones, que la campaña de Trump ha tratado de definir solamente como “conversación de vestidores” y no como la descripción de un ataque sexual de naturaleza criminal, fortaleció el apoyo de las mujeres a Clinton.

Un sinnúmero de legisladoras republicanas y de líderes identificadas con la derecha religiosas de Estados Unidos, han expresado su rechazo a los comentarios y, muchas de ellas, han incluso anunciado su respaldo a Clinton como candidata.

El cambio es significativo porque revela que para numerosas mujeres conservadoras es más importante unirse contra un comportamiento misógino que en torno a creencias religiosas basadas en el rechazo al aborto.

En un texto reciente de la revista Foreign Policy, Christina Asquith y Valerie Hudson indicaron que “la misoginia, por primera vez en la historia política de Estados Unidos, se ha convertido entre mujeres estadunidenses de todas las tendencias en un factor decisivo y que descalifica para la presidencia”.

El efecto de Trump en el electorado femenino en Estados Unidos no se limita sólo a unificar el voto en su contra, sino que ha generado una discusión sobre las prerrogativas de la que han gozado los hombres sobre las mujeres en la arena pública.

Trump no sólo ha agredido sexualmente a mujeres, según al menos 10 testimonios de supuestas víctimas, sino que ha manifestado contar con un sistema para calificarlas con un número de acuerdo con su apariencia, que para él representa el principal valor de una persona del sexo femenino.

“Es difícil que una mujer con el busto muy plano pueda ser un 10”, declaró alguna vez sobre una actriz de un programa de televisión antes de ser candidato a la presidencia.

Esas actitudes, que durante décadas han sido toleradas y vistas como un comportamiento común entre los llamados “macho alfa”, son ahora vistos como injustificables y como una manera de degradar mujeres.

“¿Será posible que la carrera de Donald Trump para la presidencia sea lo mejor que le ha pasado al moderno movimiento feminista en Estados Unidos en décadas?”, se preguntan Asquith y Hudson.

Las autoras destacan que aunque la crítica al sexismo casual y cotidiano comenzó hace muchos años, un nuevo rechazo bipartidista ha impulsado esta discusión a un nuevo nivel, tras el inicio de la candidatura de Trump.

Estas posiciones no han ocurrido en el vacío, sino que forman parte de un llamado de la sociedad a terminar con el sexismo y a reafirmar el punto de vista femenino como parte de una discusión que todos los sectores sociales deben abordar.

Vigorosos movimientos en el mundo han llamado a terminar con la discriminación de género, la violencia sexual y los feminicidios y parece haber más consciencia que nunca sobre el papel que juega la misoginia cotidiana y el sexismo casual en la recurrencia de estos flagelos.